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Reseña – Pinocho, el gran triunfo de Guillermo del Toro y el stop motion

| 24 de noviembre de 2022
Una conmovedora historia de rebelión, un trabajo artístico artesanal exquisito y un proyecto de una década que desborda pasión en cada una de sus facetas le da nueva vida a uno de los cuentos clásicos más queridos del mundo.

Pinocho de Guillermo del Toro es un proyecto que tardó más de 10 años en realizarse, y al cual, más que el tiempo invertido se le nota la pasión por contar historias. A través de una animación stop motion realizada de forma prolija y una poderosa y conmovedora historia que nos habla sobre la aceptación frente al dolor y el fascismo, el cineasta mexicano nos vuelve a mostrar todo su genio, maestría y enorme cariño que profesa por los monstruos, en la que sin duda, es su mejor película en la última década.

Il Duce

Pinocho está ambientada en la década de 1930 en Italia, con el fascismo y la Gran Guerra arrasando la nación. Desde el principio, Guillermo del Toro deja claras las intenciones: estamos ante una versión más oscura y madura del cuento clásico del niño de madera al que le crece la nariz al mentir. Desde los primeros compases somos testigos de cómo las ideas del fascismo se propagan rápida y silenciosamente en un pequeño pueblo italiano. El herrero obsesionado con la uniformidad y el orden, hordas de fanáticos que gritan por Il Duce, carteles de propaganda y paredes con lemas que fomentan la disciplina, niños enviados a campos de entrenamiento militar, y sobre todo, un profundo sentimiento y convicción de que todo aquello que es diferente debe ser excluido son una clara muestra de una sociedad impregnada de la ideología autoritaria que prevaleció en gran parte de Europa durante la primera mitad del siglo XX.

En este contexto se nos presenta a Geppetto, un humilde y optimista carpintero querido por todos, al menos hasta que la tragedia y crueldad de la guerra azotan su puerta. Tras un ataque aéreo en el pueblo, su hijo Carlo pierde la vida. Geppetto se convierte en un borracho afligido, y una noche, bajo la lluvia y junto a la tumba de su retoño, maldice a Dios y las leyes naturales.

Cegado por un dolor beodo, decide devolverle la vida a Carlo, tallando un títere del tamaño de un niño, y es entonces donde el cuento clásico de Pinocho toma una nueva dimensión, más oscura y madura, pero al mismo tiempo, cálida, familiar y conmovedora.

Imagen: Netflix

La magia de lo artesanal

El equipo de animación ha sido capaz de ir más allá de los límites de la técnica de Stop Motion para entregar una las mejores actuaciones de marionetas que hayamos presenciado jamás, un auténtico homenaje y carta de amor para el arte de los titiriteros. Pinocho lleva la forma más antigua de animación a nuevos lugares y, como el propio títere, da vida a los objetos inanimados de una forma revolucionaria y asombrosa de principio a fin.

Cada fotograma dentro de la película es mágico, un trabajo artesanal que ha sido cuidado hasta en el más mínimo detalle, creando un nuevo estándar dentro de la industria. Son marionetas, pero las emociones que son capaces de reflejar son las de una persona de carne, hueso y sangre. El más claro ejemplo de ello lo tenemos en una escena donde Geppetto se derrumba y llora debajo de un árbol sobre la tumba de su hijo. No solo sientes el dolor con el diálogo, también con los movimientos y gestos del personaje. Se aprecia la dificultad para respirar del títere, la desesperación absoluta en su mirada, el temblor de sus piernas y manos; la ropa empapada que se mueve y fluye naturalmente con el cuerpo de la marioneta y el viento.

Imagen: Netflix

Cada personaje se mueve y se comporta como un individuo completamente diferente, con actuaciones animadas llenas de movimientos imperfectos pero paradójicamente repletos de armonía y fluidez. Quizá sucede, que nosotros tampoco somos perfectos. Todo es prolijo, los protagonistas tienen peculiaridades, gestos y comezón, cometen errores y cambian de postura según el contexto. Parpadean, miran y se relacionan con el mundo a su alrededor de la forma más natural posible.

Así como el cuerpo de madera de Pinocho cobra vida por arte de magia, Guillermo Del Toro, junto a Mark Gustafson y un grupo de más de 40 animadores, dan vida a los títeres de madera para crear actuaciones impresionantes, conmovedores y en extremo convincentes. Se nota el amor por el trabajo, la dedicación y pasión puesta en cada uno de los fotogramas para tener el mejor resultado posible, y ese amor por lo que se hace se refleja y transmite en pantalla.

A esto debemos agregar que el director de fotografía Frank Passingham aporta iluminación de acción real y técnicas de bloqueo a la película, haciendo que parezca que fue filmada con luz natural y utilizando el espacio negativo, tal y como lo hace el director japonés de Studio Ghibli, Hayao Miyazaki. Si a esto agregamos el estudio arquitectónico y ambiental de un pueblo al sur de Italia en la Segunda Guerra Mundial, el resultado no podría ser más que maravilloso, con escenarios perfectamente bien logrados que nos transportan a la época.

Imagen: Netflix

Pinocho, un monstruo de Del Toro

En su dolor ante la pérdida, Geppetto hace un niño de madera que termina cobrando vida gracias a los poderes de espíritus del bosque que, en contadas ocasiones, deciden interceder en los problemas mundanos de los hombres.

Su creación no es natural y además tiene su origen en la rabia y la tristeza, por lo que esta versión de Pinocho poco tiene que ver con el aspecto lindo y uniforme que nos presentó Disney en la versión animada de 1940 e incluso en su más reciente adaptación live-action de 2022. De hecho, el trabajo de Geppetto ni siquiera está terminado, por lo que Pinocho luce algunas marcas en la cara y el cuerpo, además de que se mueve como un monstruo que acecha en la oscuridad del ático.

En ese sentido, Pinocho de Guillermo Del Toro es una afrenta para la “disneyficación”, tanto de la historia original de Carlo Collodi como de los cuentos de hadas en general. Es una película que toda la familia puede ver, sin embargo, nunca baja el tono oscuro ni cede ante su narrativa madura para hacerla más digerible a los niños. Todo lo contrario, conforme más avanza la historia, más se va asentando. La estructura del cuento original permanece, como el tiempo que Pinocho pasa en el circo, las lecciones que aprende sobre la moral y la aventura en el estómago de la terrible bestia marina, pero la historia se reinventa como una de rebeldía contra las expectativas.

Imagen: Netflix

Las lecciones se presentan como un rechazo al conformismo y la complacencia, la huida al circo no es una pecaminosa elección de la pereza, sino una desesperada súplica de aceptación, no hay panfletos de ética y valor que valgan, la rebeldía es un grito contra la guerra, la ideología fascista y el culto a la personalidad del caudillo que somete a un pueblo.

Y es que el escenario durante la Italia de Mussolini no es un mero escaparate. La amenaza del fascismo se plasma en todos los aspectos de la película, como en los actos circenses de Pinocho. El guion tiene que ver con la desobediencia, con el rechazo del héroe a lo establecido, con la oposición a lo establecido y socialmente aceptado.

La narrativa no le da a Pinocho el objetivo primordial de ser un niño real, y tampoco rehuye los horrores de la vida cotidiana como en versiones más infantiles del personaje. La criatura que le da vida al niño de madera no es un hada tradicional, sino un ser aterrador e inquietantemente hermoso que evoca a un ángel, con alas llenas de ojos y sabiduría ancestral. Por otro lado, Pinocho es un niño curioso, arrojado a un mundo que no conoce, un chico que aplasta, rompe, responde y transgrede al status quo y las estructuras de poder. Su mundo no es uno de lecciones moralinas y recompensas fáciles, sino un mundo lleno de crueldad, muerte y violencia.

Imagen: Netflix

Y pese a todo ello, y tal y como nos tiene acostumbrados Del Toro, Pinocho está lejos de ser una película amarga o triste, todo lo contrario. Se trata de la belleza de la vida y su fugacidad; no es sobre un monstruo que quiere ser un niño de verdad, sino sobre un monstruo que quiere que su creador lo ame y acepte tal como es. Es una historia sobre padres, hijos y personas imperfectas, una aventura que nos enseña que hay que aprender a vivir con el fracaso de nuestras expectativas, que nos instruye a aceptar que la vida termina, que los seres queridos nos dejarán, y que es justo lo efímero de la existencia lo que da sentido a nuestro paso por el mundo, y es por ello que debemos abrazar el tiempo que pasamos junto a nuestros seres queridos, con la conciencia plena de que su recuerdo nos acompañará por siempre en algún lugar del pecho muy cercano al corazón.

Hay horror, claro, pero también calidez, risas y canciones. Hay comedia, particularmente gracias al sarcástico aspirante a escritor Sebastian J. Cricket, nuestro querido Pepe Grillo que toma el rol de narrador. La película aprovecha mucho los chistes que involucran su pequeña estatura y que lo vuelven propenso a ser constantemente aplastado, además de la interrupción periódica a su canción, situaciones que siempre logran arrancar una carcajada y que justo hacen que esta película sea para toda la familia.

Imagen: Netflix

Veredicto

Pinocho se siente como la mejor mezcla de Guillermo del Toro, con la sabiduría y la melancolía que viene con la edad y la experiencia, pero con su amor de ojos brillantes por los cuentos de hadas y sus monstruos. La artesanía en cada uno de los fotogramas y en la creación de las marionetas, el trabajo de cámara y musicalización, el guion y la pasión y amor que desborda esta película en cada uno de sus poros la hace una auténtica obra maestra, un imperdible que se convertirá en un referente de la industria y que trascenderá a generaciones enteras de espectadores.

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