Disenchantment no es la porquería que muchos denuncian… pero no por eso se salva de duras críticas.

Ya pasaron dos semanas desde que se estrenó la nueva serie de animación de Netflix, Disenchantment: se calmaron los ánimos, se relajaron las críticas, la gente pasó a otra cosa. Ahora es el momento ideal para hablar de esta serie: como con cualquier pelea de Star Wars, no se puede tratar con los ánimos exaltados de los fans en caliente.

¿Y por qué se levantan tantas pasiones? ¿Por qué tantos zarpazos? ¿Tantas peleas de oficina y patio escolar?

La respuesta a todas estas preguntas es sencilla: Matt Groening.

El creador de The Simpsons y Futurama no había sacado nada original desde hace casi veinte años y, cuando se supo que haría algo para Netflix, la expectación rebasó cualquier calma. Entonces vinieron las preguntas habituales, las preguntas que rondan sobre la continuidad de The Simpsons, que se hicieron cuando salió Futurama, que resurgen cada vez que alguien se entera de los extraordinarios cómics de Groening… ¿Para qué hacer algo nuevo? ¿Para qué seguir con algo más cuando ya se llegó a este grado máximo de perfección? ¿Se puede arruinar el recuerdo con nuevas mediocridades?

Muchos argumentarán que nuevas obras mediocres arruinan la memoria de un gran creador. Por mi parte, no creo que la basura de Tetro le quite algo a Apocalypse Now o The Conversation, no creo que los horrores recientes de Frank Miller arruinen en algo The Dark Knight Returns, y no creo que, porque Jerusalem sea insoportable de leer, la gente deba evitar joyas increíbles como From Hell.

Así que me gustaría dejar una justa medida sobre Disenchantment, una serie que no es tan mala como dicen ni tan buena como quisiéramos.

Había una vez una princesa, un castillo y un amor

(Netflix)

Disenchantment empieza con un principio muy sencillo: había una vez un reino en donde una princesa vivía infeliz. La madre de la princesa Tiabeanie Mariabeanie De La Rochambeaux Drunkowitz (chido nombre que se reduce, por cuestiones prácticas, a Bean) murió envenenada y su padre es un idiota autoritario que se casó con una madrastra extrañísima (cacho anfibio, cacho pulpo, cacho Morticia y cacho William Burroughs).

En el castillo de Dreamland todo es discordia familiar porque, para acabarla de armar, Bean es una adolescente bebedora, que disfruta de las drogas recreativas y el sexo casual. No es, pues, la típica princesa de Disney. Aunque, a decir verdad, sí tiene un dilema bastante clásico al principio de la serie: su padre necesita casarla por un matrimonio de conveniencia y ella quiere escapar a ese destino horrendo afirmando su libertad.

En el camino del primer episodio, Bean tendrá a dos compañeros con los que sorteará los pequeños dramas familiares que afectarán a todos los habitantes de este universo. Uno será el ángel bueno, Elfo, un pequeño elfo —vaya sorpresa— que es más un aborto del esclavismo de Santa Claus y un guiño a The Happy Little Elves de The Simpsons que un digno descendiente de Galadriel. El otro es un demonio llamado Luci —sorprendente nombre también actuado por el gran, grandísimo loco, Eric André—, que fue enviado por unos magos oscuros que observan la misma acción que nosotros vemos, a distancia, en el fuego de un caldero.

Estos seres mágicos parecen querer encaminar a Bean al sendero del mal —en el que ya tiene bien entrados los dos pies— por algún motivo misterioso. Y Bean, mientras tanto, trata de conquistar su libertad haciendo pequeños actos de rebeldía banal adolescente: fiestas en la ausencia de su padre, noches de juerga interminable, drogas, sexo, fugas casuales del reino… Hasta que se encuentra con una nueva forma de conquistar sus deseos.

El rey parece estar obsesionado por un objeto mágico que dota de inmortalidad a quien lo porta y, si Bean logra conseguirlo, tendrá la eterna servilidad de un padre anteriormente hostil. Con esta nueva misión en mente, Bean, Luci y Elfo sortearán toda clase de peligros, enemigos, vuelos en grifos y uno que otro animal racista para conseguir la ansiada libertad adolescente.

El fondo llano

Imagen promocional de Desencanto lo nuevo de Matt Groening
(Netflix)

La premisa de la serie no es muy complicada y eso es lo primero que se nota. En una serie nacida de la cabeza de Groening y, tomando en cuenta el nivel de complejidad referencial de Futurama, uno hubiera esperado que Disenchantment, situada en un contexto de fantasía medieval, sabría aprovechar al máximo todas las referencias a su disposición. Referencias que van desde Tolkien, C. S. Lewis, Ursula K. Le Guin, hasta los increíbles libros-juego de Ian Livingston y Steve Jackson, Fighting Fantasy, y el imaginario infinito de Dungeons & Dragons.

En la premisa de Disenchantment están todas estas inspiraciones, por momentos se notan en el contexto, por momento se pierden en los diálogos. Pero, en ningún episodio, encontramos el mismo nivel denso de referencias que poblaron el universo de Futurama. Aquí, más bien, el humor parece basarse en Life of Brian y The Holy Grial de Monty Python: es una recapitulación del absurdo en la edad oscura, absurdo de trabajo infantil, de mortalidad temprana, enfermedades incurables, arbitrariedad mágica, superstición religiosa, etc.

Esto no es necesariamente malo, pero ciertamente destantea. Es un primer elemento en la larga serie de cuestiones que no esperábamos de esta serie. Porque nadie esperaba que las referencias fueran tan llanas, ni que la historia se concentrara más en los berrinches de una adolescente que en la creación de un mundo. Porque, comparando de nuevo a Disenchantment con Futurama, el amor imposible de Fry con Leela, las misiones suicidas del Profesor Farnsworth o las aventuras nihilistas de Bender no eran la única guía de la trama; siempre hubo un trasfondo de crítica a nuestro presente, una recuperación de los hitos de ciencia ficción para hablar del consumismo, del capitalismo, del individualismo rampante.

Disenchantment, en cambio, no parece tener nada más elaborado que las menciones algo llanas sobre la dura vida medieval. No hay una verdadera relación crítica con el presente —como siempre la hubo en Life is Hell, The Simpsons y Futurama— y este pasado imaginario no llega a relacionarse profundamente con los temas apremiantes que antes, con mordaz ironía, Groening observaba.

Por supuesto, se entiende que este mítico creador quiso hacer una fantasía medieval centrada en la perspectiva de un acercamiento feminista, como él mismo señaló. De hecho, se nota la precaución con la que Groening se acerca ahora a temas políticamente incorrectos después de toda la controversia de Apu. Pero este acercamiento feminista que extiende la corriente sostenida por Lisa y Leelo fue más el trabajo de la co-creadora de Broad City, Abbi Jacobson, con el personaje de Bean que de Groening en sí. Y no es, tampoco, un feminismo comprometido o una crítica a la misoginia o una postura de liberación sexual la que guía la serie.

En ese sentido, Disenchantment no se siente ni lo suficientemente ñoña, ni lo suficientemente crítica, ni lo suficientemente conectada con el presente. Y estos tres elementos eran parte de lo que antes hacía tan grandes a las caricaturas de Groening. Eso, claro, y el desarrollo de personajes entrañables en situaciones intrigantes.

El carácter vacío

(Netflix)

Cuando vimos al perro de Fry esperar durante años, hasta su muerte, frente a la pizzería; cuando acompañamos a Bender a averiguar su origen fallido; cuando Michael Jackson le cantó a Lisa, cuando conocimos la historia de Ayudante de Santa; cuando vimos a Bart rogarle a Dios por su alma o a la madre de Homero abandonar a su hijo por segunda ocasión, se nos partió el corazón. La emotividad a la que llegaban ciertos episodios de Futurama o The Simpsons es algo que pocas veces ha tenido paralelos en la animación para adultos occidental.

Y estos tonos emocionales tan complejos, tan densos, no son fortuitos. Las historias de Groening están fuertemente condicionadas por sus personajes; personajes que uno llega a conocer, a querer y a sentir íntimamente aunque sólo los haya conocido por dos episodios. En Disenchantment pasa, sin embargo, algo curioso.

Por un lado uno siente que ya conoce a los personajes que aparecen en pantalla. Bean y sus dos acompañantes son una mezcla entretejida de Bender, Fry y Leela: Bean es Bender y Leela, Elfo es evidentemente Fry y Luci es otro tipo de Bender. Los diseños de los personajes, fuera de las coincidencias de carácter, tampoco son muy originales: fuera de Luci, Elfo recuerda mucho a Nelson y a Bart, mientras que Bean es un remanente de los dientes saltones en Life is Hell. En Disenchantment, además, Bean, Elfo y Luci no logran crear esa empatía natural de otros personajes de Groening, no hay una conexión instantánea y no puede haber, por la misma razón, las grandes tragedias de The Simpsons y Futurama.

Bean es una princesa mimada que hace locuras adolescentes: su situación es absolutamente excepcional y lejana. Así, a pesar de que muchos de sus sentimientos son comprensibles, es difícil relacionarse verdaderamente con su situación.

Luci tiene una sola razón de ser: llevar a Bean por el mal camino. Pero Bean es, tal vez, la persona más demacrada de todo el reino. Entonces, la misión fundamental de Luci se convierte en comentar situaciones y servir de alivio cómico. Está muy bien, pero carece de la fuerza bruta de Nelson como bully o del nihilismo egocéntrico de Bender.

Finalmente, Elfo empieza siendo un elfo cínico que quiere escapara de un país en donde todos fingen ser felices. En su mundo, Elfo es un malote, pero, cuando cruza al mundo de Bean, se convierte en un pequeño ser alegre, complaciente y con mucho menos profundidad. No tengo bronca en que un personaje cambie, pero, en esta serie, Elfo cada vez se desdibuja más hasta llegar a ser el interés romántico más antipático. En su obsesión lineal, este personaje que pudo ser el más interesante, se convierte en el más molesto.

Por otro lado, los personajes secundarios tienen momentos bastante buenos, pero, también, terminan por desdibujarse con las referencias anteriores. Merkimer, uno de los personajes mejor actuados y llevados es una repetición de Zapp Brannigan; el mago del reino es otro intento arcaico del Dr. Farnsworth; y Oona es tan extraña que se desdibuja entre referencias.

Esto hace que las tragedias y victorias de los personajes de Disenchantment no agreguen gran cosa, emocionalmente, a una historia que carece, también, de profundidad crítica, de una relación intrigante con el presente y de una verdadera veta ñoña. Sin embargo, en todo este relajo hay cosas totalmente recatables: porque Disenchantment puede ser, todavía, una grata sorpresa.

Lo nuevo no mata el recuerdo

(Netflix)

Con todo lo que he dicho en este largo choro, pareciera que Disenchantment es una completa basura. Dije que tiene una trama insustancial, que se queda corta en comparación a las anteriores series de Groening, que sus personajes no logran nada nuevo ni trascendente. Todas estas cosas son verdad y, sin embargo, la serie me gusta.

Disenchantment no es, en lo absoluto, la mejor serie animada que he visto, ni siquiera es la mejor serie animada que he visto en las últimas dos semanas (por ahí llegará la reseña de Final Space). Pero eso no quita que Matt Groening, en sus más bajos momentos, es mejor que muchos. En lo particular, aprecio el regreso de un humor que conozco, los guiños constantes a la locura inglesa de Monty Python, la forma en que, al final, la serie parece cambiar de rumbo para ser la aventura serializada que nos habían prometido.

Cuando Bean, hasta la chanclas de alguna droga de pantano, cuenta la historia completa del ascenso y descenso de una banda de rock sentí que estaba viendo algo aleatorio y genial (“nos formamos, no sabíamos de nuestro éxito, estábamos en la cima, nos empiezan a separa las tensiones, me fui por una carrera de solista para saber que no tengo talento, nos reunimos, somos felices, lo logramos, ¡Oh no! ¡Tengo cáncer! Adiós mundo, concierto en mi honor.”). Cuando un hombre se asoma por la ventana de su casa para discutir los límites de la ficción fantástica con un vikingo estacionado en su patio, sentí que estaba viendo algo aleatorio y genial. Por eso, creo que esta serie es simpática, tiene grandes momentos y, si uno no tiene el spam de atención de un ardilla, puede disfrutar su transcurrir lento.

Disenchantment es una serie que parece estar experimentando con su propio formato; que crea momentos absolutamente desiguales entre los personajes repetitivos y la simpatía ocasional que generan; entre los hermosos decorados y la animación que mejora agudamente en el transcurrir de la serie; entre la historia trabada de los primeros siete episodios y la acelerada trama de los últimos tres. Por su carácter sumamente desigual, la serie no puede competir con las grandes creaciones de Matt Groening, ni con muchas otras series animadas que nos han volado el seso en los últimos veinte años. Porque esta serie llegó tarde y distraída.

Parece ser una serie que no observó el surgimiento de Archer, Gravity Falls, Adventure Time, Bojack Horseman, Rick and Morty o, incluso, Bob Burgers. Está completamente obnubilada de las creaciones recientes, de las variaciones en la crítica, construcción de personajes, aleatoriedad y tremenda madurez de las series actuales. Disenchantment parece haber llegado diez años después de su época.

Esta serie no es, por eso, ni de cerca, brillante o contemporánea u original. Pero tiene su encanto. ¿Es un encanto que me esfuerzo en encontrar? Tal vez. Pero es un encanto de cualquier manera. Esta serie sufre de la distancia que han tomado sus creadores con formatos más novedosos. Corresponde a la inexperiencia de Groening con temporadas que salen de golpe y episodios libres (lejos de FOX, que no es poca cosa) que no están pautados por anuncios. Y se enfrenta, también, a las altísimas expectativas de la gente.

En este último sentido, quisiera acabar diciendo que Disenchantment no tiene que estar a la imposible altura de dos de las más grandes series animadas de todos los tiempos. Groening no tiene que superar siempre su creación. Y una obra nueva que no es genial no disminuye su legado (como tampoco disminuye la importancia de The Simpsons las pifias de las últimas veinte temporadas).

Disenchantment es mediocre en comparación a muchas genialidades actuales y pasadas. Pero su falta de genialidad no quiere decir que sea una basura. Además, la serie fue pensada para veinte episodios y llevamos apenas la mitad. Por eso, creo que debemos darle más espacio para respirar. Porque Disenchantment no se ha ganado todo el odio que ha recibido. Y sí, en efecto, creo que si algo le debemos a Matt Groening es un poco de espacio antes de tirarnos al piso rasgándonos las vestiduras.

(Netflix)

Lo bueno
  • La animación que mejora con cada episodio.
  • Los fondos en 2D que son maravillosos.
  • La música.
  • El humor que recuerda a Monty Python.
  • Los tres episodios finales.
  • Que no está exenta de tragedia.
  • Que todavía tiene posibilidades de mejorar considerablemente.
  • Los chistes de trasfondo.
  • Que Groening sigue trabajando después de tanta locura.
Lo malo
  • Que los personajes no logran crear la empatía necesaria para que la serie sea verdaderamente efectiva.
  • Que los personajes no son nada originales.
  • Que la historia no tiene grandes referencias críticas… ni ñoñas.
  • Que los primeros siete episodios son algo torpes.
  • Que la gente no tiene paciencia.
  • Que Groening genera demasiada expectativa.
  • Que se juzga siempre en comparación.
  • Que pocos están dispuestos a darle el beneficio de la duda.
Veredicto

(Netflix)

Disenchantment es una serie con muchos problemas: los personajes se sienten repetitivos, le falta la incisión crítica de Groening es palpable y tiene problemas con manejar el formato permisivo de Netflix. Aún así, es una serie de cocción lenta con un prometedor futuro. Por eso, creo que es hora de que dejemos trabajar a Groening y aceptemos que nada superará sus geniales creaciones del pasado y que eso está bien. En esta época de la nostalgia es importante dejar ir el pasado y esperar, tal vez, algo más del futuro.

Título: Disenchantment.

Duración: 10 episodios.

Director: Wesley Archer, Frank Marino, David D. Au, Peter Avanzino, Albert Calleros, Dwayne Carey-Hill, Brian Sheesley y Ira Sherak

Elenco: Abbi Jacobson, Eric André, Nat Faxon, John DiMaggio, Tress MacNeille, David Herman, Maurice LaMarche, Billy West, Jeny Batten, Rich Fulcher y Lucy Montgomery

País: Estados Unidos.

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