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Reseña: A Beautiful Day in the Neighborhood – Un bello artefacto fílmico

| 16 de enero de 2020
A Beautiful Day in the Neighborhood es un bello y efectivo retrato intelectual de un entrañable personaje: el presentador de televisión Fred Rogers.

Es difícil creer en la bondad. Vivimos en la época del cinismo, de las conspiraciones paranoicas, de los políticos enajenados, los fandoms tóxicos y las peleas de Twitter. Ahora, más que nunca, las morales fáciles parecen imposibles. Y, sin embargo, en el mundo existen personas que creen en la humanidad. Una de esas personas murió hace casi veinte años y se llamaba Fred McFeely Rogers.

Mr. Rogers, como era popularmente conocido, fue un presentador de televisión que, durante treinta años seguidos produjo, escribió y condujo el programa Mister Rogers’ Neighborhood para PBS (la cadena de televisión pública y gratuita de Estados Unidos). Éste era un hombre comprometido con una labor que muchos atacaron y que muy pocos creyeron: la de darle herramientas a los niños estadounidenses para entender, de manera saludable, sus sentimientos. Una labor, como podrán imaginarse, titánica y loable.

La idea de Mr. Rogers era razonable. Él pensaba que, si enseñamos a los niños a entender la muerte, el divorcio, el racismo, la violencia, la discriminación, la guerra (y tantos otros temas complicados que los adultos evitan) tal vez pueden crecer como seres más compasivos. Tal vez, incluso, habría menos masculinidades trabadas, menos desesperación, menos enfermedades mentales… Mr. Rogers murió tratando de lograr esta ambiciosa idea, sin nunca derrotarse, siempre listo a lavar los pies del prójimo, siempre llevando un pensamiento espiritual sin imposiciones religiosas, siempre queriendo mejorar el mundo.

Este símbolo de la televisión educativa es muy poco conocido en México y es complejo transmitir el contexto de lo que significó para las juventudes americanas durante más de tres décadas. Sin embargo, la película de Marielle Heller hace una interesante labor para tratar de recuperar la importancia cultural de un hombre que, a pesar de no ser un santo, hizo una labor abnegada y se alimentó de la pura creencia en la bondad de todos.

El héroe que no se dijo

A Beautiful Day in the Neighborhood es una película basada en un perfil de investigación. Por eso, la cinta de Marielle Heller no es la típica biopic hollywoodense comprensiva y halagadora, cronológica y conservadora. Heller rescató un guión abandonado en la Black List hollywoodense (el lugar en donde van a morir los guiones nunca producidos) escrito por Micah Fitzerman-Blue y Noah Harpster. El guión está basado en un perfil de Mr. Rogers en sus últimos años de vida cuando conoció al periodista Tom Junod. El artículo se llamaba Can You Say…Hero? y fue publicado por la revista Esquire en 1998.

¿En qué sentido es más interesante este acercamiento que un esquema clásico de biopic hollywoodense? En el perfil mismo de Junod. El periodista investigativo de GQ que siguió al enorme editor David M. Granger a la revista Esquire durante sus años de gloria, escribía artículos complejos, violentos y controversiales antes de escribir el perfil de Mr. Rogers. Sus artículos más premiados habían abordado la compleja historia de un médico de abortos itinerante, cínico, conservador y violento en el estado de Florida (The Abortionist); y la terrible historia de los violadores en serie más peligrosos del estado de Washington (The Rapist Says He’s Sorry).

Los artículos de Junod consideraban siempre la complejidad moral de lo que investigaba. En The Abortionist, el articulista no simpatiza con el sujeto del artículo y, aún así, respeta su profesión y los riesgos que asume. En The Rapist Says He’s Sorry, Junod explora, quirúrgicamente, empáticamente, la mente del criminal arrepentido que violó brutalmente a dos hermanas de 14 y 16 años. Su desprecio es evidente y el artículo se encarga de dejar clara la postura del que escribe y, sin embargo, Junod también cuestiona los abusos legales del sistema penal en Washington y se da tiempo para escuchar pacientemente a una persona que confiesa crímenes aberrantes.

Así, frente a la tarea de hacer el perfil de un hombre que parece ser la encarnación misma de la bondad abnegada, Junod intenta encontrar un balance de maldad. Algo tiene que esconder este hombre de sonrisa afable y modos amables: todos tenemos esqueletos en el clóset porque, si el mal absoluto no existe, tampoco puede existir el bien intachable. La historia de esta película es, entonces, la historia de una búsqueda moral detrás de uno de los artículos más leídos de Esquire. Aquí no se utiliza el nombre de Junod como tal, pero se representa a su figura en el personaje de Lloyd Vogel (Matthew Rhys), un reportero cínico y enajenado con su trabajo que, de pronto, se encuentra en la rarísima tarea de ir a entrevistar al excéntrico Mr. Rogers (Tom Hanks).

Vogel, al mismo tiempo, acaba de tener un hijo y tiene una pelea constante con un padre ausente (Chris Cooper). Al principio, los intercambios de Vogel con Rogers son escuetos y poco comunicativos. Pero, poco a poco, el peculiar presentador empieza a mostrar que su verdadera persona no es diferente a la del personaje que representa en televisión. Éste es un hombre transparente y bondadoso que cree en una misión evangelizadora; no hay un ápice de cinismo en su ser, está singularmente interesado en cada persona que conoce, es tierno y compasivo, empático y directo.

Poco a poco, Vogel se va quedando sin armas para enfrentarse a la devastadora bondad de Fred Rogers. Y la relación que empieza a establecer con él cambia su vida. Vogel empieza a pensar la forma en que se enfrenta a ciertas emociones: piensa en perdonar en lugar de alimentar resentimientos; piensa en compartir y dejar de encerrarse en el trabajo; piensa en su relación y piensa en lo que pensará su hijo. Al final, la relación con Fred Rogers lo lleva a recuperar a su moribundo padre y a pensarse nuevamente como persona, como marido y como periodista.

Con Vogel, esta cinta nos propone buscar, en el personaje de Fred Rogers, lo que lo hacía excepcional y lo que lo hacía humano. El punto aquí no es ver el perfil de un santo -porque, como explica, con mucho sentido, el personaje de Joanne Rogers, “un santo es inalcanzable”- sino el de un hombre complejo, lleno de dudas que, a pesar de violentas inseguridades y el terrible mundo que lo rodea, se sigue esforzando por perseguir un mejor horizonte. Esto parece algo absolutamente increíble en nuestros días, pero es un ideal que, por ser escaso, no deja de ser importante.

Feel Good Inc.

Hollywood es una fábrica de buenas intenciones. De ahí que produzcan una cantidad impresionante de películas feel-good. El término se refiere a cintas hechas para hacerte sentir mejor con este mundo enfermo y triste. Y eso, en principio, no debería estar mal. La cosa es que, en manos de Hollywood, las buenas intenciones se transforman rápido en mecanismos perversos. Cintas como Forrest Gump de Zemeckis, As Good as it Gets de James L. Brooks, o las terriblemente cuestionables The Pursuit of Happyness de Gabriele Muccino y The Help de Tate Taylor no muestran solamente al mundo como un lugar hermoso. No, estas películas también condicionan cómo debe ser la imagen de un mundo hermoso. Y las condiciones son, en muchas ocasiones, terribles: ama a tu país y las guerras que declara; la compasión solamente existe entre iguales; trabaja duro porque algún día el capitalismo te recompensará; el racismo es un pasado consumado entre blancos de perfecta compasión, etc…

Los mecanismos de las películas feel-good pueden enmascarar, detrás del alivio final y la tranquilidad que causa su optimismo, una torcida idea de lo que debería ser este mundo y de lo que deberíamos sacrificar para verlo florecer. Por supuesto, el ejemplo más reciente es Green Book, una producción que acabó conquistando el Oscar a mejor película y que, en el fondo, busca retratar de forma condescendiente y problemática la idea de que Estados Unidos superó el racismo desde la época de Kennedy.

En todo caso, siendo Hollywood el lugar de las empresas feel-good, A Beautiful Day in the Neighborhood pudo ser algo terriblemente aleccionador. Porque Mr. Rogers invita a ver la vida desde una perspectiva optimista y bondadosa; y una película sobre un investigador cínico que recupera el amor por lo humano a través de la bondad religiosa daba terror en garras de los ideólogos de Hollywood. Sin embargo, A Beautiful Day in the Neighborhood es una cinta mucho más inteligente que tantas otras producciones feel-good de Hollywood. Sobre todo, yo creo, porque Marielle Heller es una director mucho más interesante que tantos otros ganadores del Oscar.

Ésta es la tercera producción de la directora californiana y todavía no le hemos visto una mala cinta. La primera que dirigió fue una hermosísima adaptación de una novela gráfica de Phoebe Gloeckner, llamada The Diary of a Teenage Girl. Después, Heller hizo la impresionante adaptación del libro auto confesional Can You Ever Forgive Me? de Lee Israel con Melissa McCarthy y un impecable Richard E. Grant. Y, ahora, con A Beautiful Day in the Neighborhood, Heller continúa su racha con una cinta que pudo ser aleccionadora y que, sin embargo, termina siendo intensamente conmovedora y humana.

Marielle Heller logra evitar los resbaladizos dogmas de Hollywood con personajes complejos y matizados; personajes que captura con una mirada inmersiva y paciente. Aquí, la directora utiliza a fondo un casting tan impecable como evidente en el balance expresivo de Matthew Rhys (acostumbrado al cinismo doble cara de The Americans) y la bondad natural de Tom Hanks (reconocido mundialmente por sólo interpretar personajes de amabilidad canadiense). Así, tanto la transparencia bondadosa de Rogers como la derrota de Vogel frente a la podredumbre humana se despliegan emotiva y consecuentemente.

La dirección de Heller logra, con sutileza, que te importen los personajes y que te interese su mundo. Pero sus logros van mucho más allá de una precisa dirección de actores y la elegante forma de filmarlos. Heller entiende muy bien su sujeto en una película consciente de sus mecanismos. Aquí, todo es un juego entre las personas detrás de la pantalla y la realidad de sus vidas cotidianas; los que hablan de moral y los que pueden vivir moralmente. Y, así, A Beautiful Day in the Neighborhood es un fino artefacto cinematográfico que retrata, con pertinencia, la importancia de las enseñanzas de Mr. Rogers en este mundo que siempre fue su maqueta.

El cine como artefacto

En una secuencia clave, a la mitad de la película, Vogel tiene un ataque de pánico y se colapsa en el set de televisión de Mr. Rogers. Lo que sigue es un delirio onírico en el que el periodista confunde realidad y ficción adentrándose en el vecindario de Make-Believe (una parte del set de televisión diseñada para mostrarles a los niños la diferencia entre realidad y ficción, entre un concepto y su aplicación). Él mismo se convierte, de pronto, en una marioneta en el castillo del King Friday the XIII, su esposa toma el papel de Lady Aberlin y Mr. Rogers manipula las marionetas. Vogel, de pronto, está al centro de un conflicto que se resuelve como los programas de Fred Rogers: se trata primero con la imaginación en Make-Believe para analizarse, recapitulando, de regreso en el vecindario de lo real. De pronto, en el pleno centro del conflicto una intensa música de piano, emotiva y trascendente, fija el sentimiento desesperado de Vogel.

En ese momento, el periodista despierta… Pero la música continúa. En un juego entre música diegética y extradiegética, Marielle Heller señala la continuidad entre la ficción de Mr. Rogers y la realidad que afecta. Aquí, la realidad es simplemente la vida emotiva de un periodista que, en algún momento de fin de milenio, pudo conocer a un excéntrico personaje televisivo. Pero, mucho más allá, este juego entre la realidad y la ficción sirve como un ensayo para entender la importancia de la labor pedagógica de Fred Rogers y discutir sus mecanismos de transmisión.

La película empieza con una introducción al mismo vecindario del programa televisivo, con la misma maqueta tierna de un Pittsburg soñado, con la misma canción cantada de la misma manera y con Tom Hanks, en personaje, haciendo los mismos gestos, las mismas pausas, emulando el mismo tono dulce e hipnótico de Mr. Rogers; poniéndose el mismo suéter con zipper y jugando con los mismos zapatos de tela. A partir de ahí, cada vez que aparece la maqueta de Mr. Rogers, pintada con los mismos colores cálidos y filmada con la misma textura setentera, sabemos que Heller está extendiendo el vecindario para abarcar toda la película.

Cada que un personaje viaja, en esta cinta, cada que llega a una nueva locación o regresa a la gran ciudad de Nueva York, está la misma maqueta introduciendo un nuevo contexto. El mundo amistoso y familiar del programa televisivo se expande al mundo fílmico de la película y Heller nos señala cómo esta cinta es un artefacto para transmitir ideas. Como Fred Rogers enseñó durante tantos años, aquí se valora la reflexión y Heller quiere, con A Beautiful Day in the Neighborhood, pensar la obra de Junod y el impacto duradero de Mr. Rogers más allá de la cultura televisiva americana.

Es por eso también que, al final de la cinta, mientras corren los créditos que muestran a todos aquellos los que trabajaron en la fabricación de este peculiar artefacto, vemos un detrás de cámaras con la construcción de todas las maquetas. Todo aquí fue fabricado y Heller nos muestra los hilos que movieron los telones y las manos que animaron las marionetas. La directora admite que todo esto fue un truco para hablar de una idea que trasciende al personaje y a la biopic: la idea de que la bondad, en este mundo enfermo, todavía puede vencer al cinismo.

¿Acaso puedo creer en esa idea? No, tal vez, no. ¿Por eso me parece banal? No, tampoco. La reivindicación de Mr. Rogers importa porque, fuera de un fetiche romántico, esta película no se interesa en su vida. Ni siquiera en la historia detrás de los muy reales tormentos que enfrentó y que podemos ver en el bello documental de Morgan Neville, Won’t You be My Neighbour? No, Heller se queda con las ideas en vez de enfocarse en los hombres. Aquí está una aplicación del minuto de silencio de Fred Rogers, aquí está el perdón como valor supremo, la libertad religiosa, el amor como fuerza única, y la bondad que impide que nos demos por vencidos. Los hombres pueden olvidar estas ideas, pueden olvidar a los predicadores que las sostuvieron… y, aún así, estas ideas siguen vivas.

Cuando, al final, Mr. Rogers golpea las teclas graves del piano, entendemos la soledad de su empresa y este artefacto fílmico se cierra. Entendemos a un personaje en las ideas que mostró sin decirlas y lo entendemos a través de una película muy consciente de su propio poder audiovisual. Al condensar así la vida de Fred Rogers a través de sus ideas, Heller no nada más hace un homenaje serio y comprometido; sino que le da sentido a la lucha de un hombre demostrando que la reflexión y el silencio pueden todavía vencer nuestro mundanal ruido.

Lo bueno
  • El perfecto casting.
  • La dirección inmersiva y consciente de Heller.
  • El score diseñado alrededor de la música de Fred Rogers.
  • El guión que entiende bien la vida icónica de este personaje.
  • La forma de retratar creativamente las ideas de Mr. Rogers.
  • El cuidado diseño de producción.
  • Que Heller se está consolidando como una interesante voz en Hollywood.
Lo malo
  • Que muchos desconocen el contexto cultural de la película.
  • Que, por lo mismo, puede pasar como cualquier drama feelgood.
  • Que hemos dejado de creer en el poder del silencio y de la reflexión.
  • Que Mr. Rogers se diluye en la memoria colectiva.
  • Que seguimos siendo profundamente cínicos.
Veredicto

Con A Beautiful Day in the Neighborhood, Marielle Heller hizo un retrato consecuente de Fred Rogers, el famoso presentador de televisión infantil. Alejándose de las evidencias feel-good de los biopics hollywoodenses, la directora utiliza los medios audiovisuales educativos de Mr. Rogers para darle nueva vida a sus ideas. Así, mostrando las costuras de un interesante artefacto fílmico, la directora transmite la importancia de un pensamiento reflexivo e intenso que el mundo no debería olvidar. Conmovedora experiencia que, a través del trabajo formal, invita a reflexionar sobre las torpes formas en que procesamos lo que sentimos.

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