Reseña: Jojo Rabbit – Una fallida y manipuladora sátira

| 8 de febrero de 2020
Jojo Rabbit es una película manipuladora y banal que falla completamente en sus ambiciones satíricas.

Hay películas que te hacen sentir desolado, enojado, enajenado, incómodo. Y, luego, hay películas que logran hacerte sentir todo esto por las razones equivocadas. Jojo Rabbit es una cinta que trata de ser irreverente, que quiere demostrar un punto y que quiere transmitir una lección desde la superioridad moral de una bondad incuestionable. Pero, para su desgracia, la irreverencia y lo moralino rara vez se casan. Por eso, entre tantas otras cosas, Jojo Rabbit es una película profundamente incómoda y terriblemente mal lograda.

Jojo Rabbit es una cinta absolutamente disfrutable. Es el tipo de película que, cuando acabas de verla, te hacen sentir que la humanidad merece paz y felicidad. Es una película que transmite una idea de bondad universal y de esperanza. Una obra que, desde la estética, la forma y la adaptación demasiado libre de la novela de Christine Leunens, sabe cómo hacer sentir valor y valentía. Una cinta que, finalmente, no entiende cómo confrontar a los espectadores desde la sátira en vez de adularlos.

No es una apuesta muy riesgosa sacar una película para el beneplácito de los liberales de Hollywood con una premisa tan sencilla como “los nazis son malos y tontos”. “¡Levante las manos y aplauda quien piense que Hitler era un ojete!” La idea de esta película es una apuesta efectiva y manipuladora porque no tiene ninguna oposición. Pero no por eso es menos limitada y banal. Lo que quiero mostrar con esta reseña no es, pues, por qué esta película es tan efectiva conquistando el gusto americano, sino demostrar que, al hacerlo, está cometiendo una enorme estupidez ideológica. A contrapelo de lo que muchos pensadores lucharon por demostrar, Taika Waititi excepcionaliza el nazismo para decirnos, en estos tiempos tan complejos, que el odio no es algo común y que sólo los idiotas más ridículos son capaces de enarbolarlo como bandera.

Todo es una enorme broma

Pocos sabían, antes de las nominaciones a los premios Oscar, que Jojo Rabbit se basa en Caging Skies, una novela de Christine Leunens publicada en 2004. La novela, muy bien recibida en Europa, fue la continuación de una prometedora carrera literaria que había iniciado, algunos años antes con Primordial Soup. La novela, sin embargo, no fue publicada en Estados Unidos hasta hace un par de años. Taika Waititi probablemente la conocía porque su autora vive desde hace unos años en Nueva Zelanda, con su familia, después de gozar una beca para hacer un doctorado en creación literaria en la Universidad Victoria de Wellington. Ahora, la autora tiene tres novelas bajo el brazo, algún premio de guionismo, una maestría con honores en Harvard por una tesis brillante sobre Henry James y un doctorado en Oceanía.

Caging Skies es un reflejo de sus constantes preocupaciones sobre los martirios del sexo, de las obsesiones, del amor y de la fatalidad que causan las cicatrices emocionales. El libro cuenta la historia de Johannes, un joven que crece en Austria para ver la invasión de la Alemania Nazi y la caída de su país en el autoritarismo. Y Johannes se deja seducir completamente por la propaganda de las juventudes hitlerianas y la extraña seducción de la guerra hasta que un bombardeo lo deja inválido. De regreso en casa, el joven descubre que sus padres no piensan como él y que, de hecho, ocultan a una niña judía en un pequeño nicho. Johannes está conflictuado, pero, poco a poco, comienza a interesarse en Elsa…y ese interés se transforma en amor y luego en obsesión. Cuando sus padres y su abuela desaparecen, Johannes queda a cargo del hogar y de la oculta habitante. Ahora, el joven ruega porque la guerra continúe. Como los cínicos vendedores de armas de Kusturica en Underground, Johannes miente sobre el fin de la guerra para seguir cuidando de su invitada, de su enamorada, de su obsesión, de su presa y su proyecto.

Tengo entendido -porque no lo he leído- que es un libro que se torna bastante oscuro y que quiere explorar, en un contexto absolutamente complejo y ajeno (como lo es el del fanatismo de un joven nacionalsocialista en los años treinta), las relaciones que todavía mantenemos de codependencia y obsesión amorosa. En cualquier caso, estos no son los mismos intereses de Taika Waititi. En su adaptación, Johannes (Roman Griffin Davis) es un niño totalmente entusiasmado por las enseñanzas burdas y ridículas de los campos de juventudes hitlerianas. Sueña con capturar un día a un judío para entregárselo a Hitler y, con eso, convertirse en miembro de su guardia personal. Pero es un niño escuálido y de corazón sensible que no parece cuadrar muy bien con las sanguinarias ideas de sus compañeros del partido nacional socialista. Tampoco parece cuadrar muy bien con su madre (Scarlett Johannson), una mujer de carácter indomable que refugia a una niña judía (Thomasin McKenzie) en su casa y que alimenta redes de resistencia clandestinas.

Cuando Jojo descubre a la joven Elsa escondida tras un muro, empieza a tener un diálogo conflictivo con el que, hasta ahora, había sido su gran amigo imaginario: una encarnación paródica y exagerada de Hitler interpretada por el propio Taika Waititi. ¿Por qué esta niña adorable y sensible, colérica y encantadora representa todo lo que él debería odiar? ¿Por qué le ayuda su madre si va en contra de todo lo que, como nación, deberían creer? ¿Por qué no es tan sencillo encontrar el lado adecuado de sus afectos y debe desgarrarse entre la mortuoria ideología que, durante tanto tiempo, le han enseñado, y la amorosa concepción de la vida de su querida madre?

Como pueden ver, la adaptación poco o nada tiene que ver con el punto central de la novela. Waititi quitó todos los elementos obsesivos y más escalofriantes del enamoramiento de Johannes para convertirlos en algo tierno e infantil. En realidad, no hay nada de Jojo que nos parezca repulsivo: es un niño tierno y encantador que le gusta pertenecer. Johannes, por otra parte, es un personaje mucho más cuestionable. Y, más allá, de la construcción del protagonista, la película de Waititi pasa por encima de los elementos más terribles del imaginario de Leunens para darnos una parodia ligera, llena de humor gestual, de situaciones y repetición en un coming of age que quiere desdoblarse en enseñanza política. Lo primero, tal vez funciona… lo segundo, sin duda, es mucho más problemático.

El fuerte de Waititi

Taika Waititi es un creador de comedias. De hecho, se podría decir que es uno de los grandes creadores de comedias familiares pop en los últimos años. Muchos no vieron las cintas neozelandesas del director o están desconectados de sus inicios, pero cualquiera que haya repasado consecuentemente su filmografía sabrá que, antes de grabar una de las cintas más divertidas del MCU (junto a Guardians of the Galaxy (2014) y Ant-Man (2015)), Waititi se dedicó a hacer comedias irreverentes, inocentes y llenas de carisma. Hablo, claro, de la comedia romántica incómodamente geek Eagle vs Shark (2007); hablo de Boy (2010), un fascinante coming of age de alocada inspiración twainesca; What we do in the Shadows (2014), un falso documental genial sobre vampiros adolescentes; y Hunt for the Wilderpeople (2016), una cinta para enamorarse nuevamente de Sam Neil como viejito gruñón en los parajes perdidos de Nueva Zelandia.

Con todas estas películas, Waititi logra crear mundos imaginativos en los que personajes jóvenes se desarrollan con rebeldía y libertad. Son cintas feelgood, ciertamente; son comedias ligeras, sin duda; pero llenas de aristas inteligentes y un enorme corazón. En ese sentido, Jojo Rabbit tiene muchos de los grandes talentos de Taika Waititi. Por un lado, el director es un gran actor de comedia. A pesar de que este papel satírico de Hitler es bastante mediocre (y exagerado sin ninguna intención interesante), el delivery de Waititi sigue siendo impecable. Tanto como escritor, como como actor, este tipo sabe calibrar muy bien el humor y entregarlo en la forma de absurdas repeticiones, entonaciones y situaciones físicas. Lo vimos en su papel en What we do in the Shadows, en la escritura impecable de Flight of the Conchords o en el enorme personaje de CGI que hace como Rog en el MCU.

Aquí, Waititi logra que su Hitler sea simpático, ciertamente, en la relación demencial, desmesurada y absurda que tiene con un niño de diez años. Es la imaginación de una imagen creada por la propaganda y reproducida en una mente demasiado joven. En ese sentido, es tan grotesco como cenarse un unicornio asado o tener cuatro testículos. Sin embargo, el máximo logro de Waititi está aquí en la fortaleza de su escritura cómica (sobre todo al principio de la cinta) y la forma en que la entregan sus impecables actores jóvenes junto a Rebel Wilson, el enorme Stephen Merchant y el siempre maravilloso Sam Rockwell. Las repeticiones agobiantes de los saludos nazis, las estupideces del campo de las juventudes hitlerianas, de las descripciones de los judíos, del machismo imperante y de los formatos funciona bastante bien en la dirección de Waititi desde el aspecto puramente formal de la comedia.

También, desde la sátira, la primera media hora de la cinta parece contener un pensamiento afilado y crítico, metanarrativo e interesante. Me refiero, claro, a utilizar la estética taxonómica y color pastel de Wes Anderson para, superando lo cuestionable de los boy scouts, adecuarlo a un campamento de juventudes hitlerianas. Hasta ese punto, Waititi parece estar señalando con el dedo algo interesante: con el hermoso empaque simétrico y obsesivo de Anderson, te pueden vender cualquier basura ideológica y la consumiríamos golosamente. Ese planteamiento es interesante, como también es interesante mostrar que las estructuras detrás de los campamentos de veraneo americanos o instituciones como los scouts tienen mucho que ver con otras formas de endoctrinamiento más radicales. Aquí, el paralelo con el militarismo estadounidense y la cultura de competencia y violencia que impera en sus escuelas parecía convertirse en una crítica certera.Sin embargo, esta crítica no se sostiene durante el resto de la película y muy pronto es evidente que nada de esto era lo que interesaba a Waititi.

El también escritor de la cinta prefiere enfocarse en una reflexión sobre el amor y el odio y la posibilidad universal de vencer las barreras ideológicas que nos fueron impuestas culturalmente. Ahí, cuando deja de ser una crítica sobre un formato específico, sobre un estilo y sobre instituciones presentes y se convierte en un cuento moral y ligero que vuelve excepcionalmente caricaturesco al nazismo y banaliza el holocausto, la película se enfrasca en su propio discurso. Y de ese pantano infecto, ni el humor comprobado de Waititi, ni el talento de su elenco, logra rescatar una trama condenada.

Hacer reír es un acto revolucionario

Estoy seguro de que Taika Waititi tiene las mejores intenciones, pero las intenciones no bastan para hacer una sátira política efectiva. Sobre todo si estás tratando un tema tan espinoso y complejo como el holocausto. Entiendo lo que quería hacer; entiendo que quería cambiar la forma en que se piensa la Segunda Guerra Mundial, que quería utilizar la parodia para burlarse de un tema que sigue siendo tabú; entiendo que quería desmitificar y sacar de lo solemne de las cintas de guerra un tema abusivamente tratado por Hollywood. Lo entiendo. Y también entiendo que Waititi nunca había hecho una comedia política y que estaba fuera de su elemento. Sin embargo, no creo que entender atenuantes cambie nada en el resultado: Jojo Rabbit es una sátira política absolutamente banal que nunca entendió la enorme ambición -y el peligro inherente- de lo que pretendía hacer.

El gran problema con las épicas americanas sobre la Segunda Guerra Mundial es que tienden a ser maniqueas. Incluso cuando tratan de complejizar paradigmas morales (como Spielberg en Schindler’s List), las representaciones del nazismo como el mal absoluto no dejan espacio a ningún matiz. Así, el soldado alemán cobarde que ruega por su vida y que recibe la compasión de los buenos soldados americanos regresa para masacrarlos en Searching for Private Ryan (1998), también de Spielberg, mucho antes de que ondee la bandera americana de la bondad al final de la cinta. El caso es el mismo para cientos de otras películas desde Casablanca (1942) hasta The Pianist (2002) pasando The Great Escape (1963), horrores como Pearl Harbor (2001), Fury (2014) y Enemy at the Gates (2001). Por supuesto, hay cintas que complejizan el heroísmo americano. Cintas que, no por coincidencia, se sitúan más en la pelea de los americanos en el Pacífico Sur y que evitan así los retratos maniqueos de los nazis. Hablo, claro del magnífico tratado pacifista de Terrence Malick, The Thin Red Line (1998) y de Flag of our Fathers (2006) y Letters From Iwo Jima (2006) de Clint Eastwood.

Caso aparte también, es la maravillosa y poco entendida Inglourious Basterds (2009) de Quentin Tarantino. En esta cinta, el arte del pastiche de Tarantino se torna en contra de Hollywood y sus sueños masturbatorios de venganza. La película se convierte, así, en un comentario mediático sobre lo que siempre soñaron los productores que controlan la meca del cine estadounidense: un comando judío, simbólicamente, masacra a Hitler en un cine. Tarantino hace una película grandilocuente, que caricaturiza a los nazis y a los aliados, que crea situaciones cómicas imposibles y que se regodea en la sangre alemana derramada. Aún así, en ningún momento se siente que el maniqueísmo de la cinta sea algo improvisado. Éste es un artefacto crítico perfectamente engrasado y que tira una daga insidiosa en el corazón vengativo de Hollywood.

Frente a estos ejemplos, es evidente que Jojo Rabbit es algo muy distinto. A medio camino entre la comedia física de Chaplin en The Great Dictator (1939) y el atasque de ideas sin mucha coordinación de otra película de Spielberg, la menos conocida y poco querida 1941 (1979), la cinta de Taika Waititi es una comedia bufonesca que quiere convertirse en una tragedia enternecedora. En ese sentido, le debe más a la ingenuidad feelgood de La Vita é Bella (1997) que a la esperanza antifascista de Chaplin. Aún así, a diferencia de la película de Roberto Benigni (que bien puede considerarse más una tragedia que una comedia), esta cinta muestra algo absolutamente peculiar en el cine de la Segunda Guerra Mundial producido en Hollywood: la conversión de un joven nazi que escapa de su prisión ideológica. Ese es el gran mensaje que se concreta con la cita de Rainer Maria Rilke (muy mal interpretada en la traducción fuera de contexto religioso) al final de la cinta.

El problema aquí no es, sin embargo, preguntarse si las personas pueden librarse de ataduras ideológicas impuestas desde la niñez o si el bien puede finalmente vencer al mal. El problema de Jojo Rabbit es que asume que existe un bien inefable y un mal absoluto al mismo tiempo que trata de matizar lo peor del nazismo. La conversión de Jojo habla de vencer al odio, al igual que, en la mente de Waititi, lo es ver a dos homosexuales de clóset teniendo una última batalla gloriosamente llena de brillantina en un sacrificio tierno. Pero los oficiales homosexuales nunca niegan su postura ideológica y siguen convencidos de lo que hacen. Queman libros, repiten motos ideológicos y luchan, finalmente, contra los aliados. Los nazis que se redimen son los que, como mofa bastante inadecuada, usan como disfraz sardónico los triángulos rosas con los que Hitler mandó asesinar a miles de “desviados sexuales”.

Por su parte, Jojo se libra de las ideologías impuestas porque éstas son ridiculizadas hasta el tuétano. Aquí, los discursos raciales sólo se alimentan de la radical diferencia y no del resentimiento y del odio de años de antisemitismo alebrestados por una terrible crisis financiera. En ese sentido, Waititi plantea el pensamiento ideológico del que se libra Jojo bajo tres pilares fundamentales: el nacionalismo teutón, el culto a la personalidad de Hitler y un antisemitismo caricaturesco. El nacionalismo no se cuestiona, el culto a personalidad de Hitler se derrumba en un bunker y el antisemitismo caricaturesco cambia inmediatamente con el encuentro de una niña judía de la que se enamora el joven adolescente. Pero la transmisión ideológica puede ser muchísimo más insidiosa y muchísimo más difícil de vencer. Eso es algo que Waititi debería saber en este momento tan terrible del siglo XXI en el que las ultraderechas están subiendo como espuma en un mundo en crisis.

De acuerdo, está bien tener esperanzas y Chaplin fue el primero en decirlo. Pero esas esperanzas no pueden fincarse en que al enfrentarse con la alteridad, los prejuicios se convertirán en amor. Y la absoluta inocencia de este planteamiento no es ni siquiera lo más problemático en Jojo Rabbit. Para empezar, el planteamiento maniqueo que pone a los nazis como unos completos idiotas y a la resistencia alemana como personas mucho más valientes, inteligentes y de carácter vigoroso, permite crear una excepcionalidad muy alarmante. La idea aquí es que, para llegar a creer en la doctrina nazi, uno tiene que estar mintiendo (los comandantes homosexuales), ser un bufón apenas funcional (el personaje de Rebel Wilson), ser alguien absolutamente perverso y sádico (el agente de la Gestapo) o ser un niño inocente atrapado en ideologías impuestas (Jojo y Yorki).

Alguien, mucho más sabio que todos nosotros, alguna vez apostó por banalizar el mal en vez de excepcionalizarlo. Los nazis no eran monstruos, sádicos dementes, unos bufones, perversos. Los nazis eran, como tú y como yo, humanos. Lo terrible de la industrialización de la muerte en el Holocausto (y todos los genocidios coloniales y tantas otras masacres étnicas desde entonces) es que fueron perpetradas por humanos. Gente de carne y hueso, nuestros vecinos, nuestros parecidos. Eichmann no era un monstruo al mandar a millones a su muerte con sus rutas de tren, era un burócrata que decidió suspender el privilegio humano de pensar y decidió seguir órdenes.

Waititi, con su caricaturización de los nazis los está convirtiendo en seres excepcionales. En ese sentido, como los recipientes del mal absoluto, del odio intransigente, son los que doblegan a las mujeres bajo leyes patriarcales, los que se alimentan de prejuicios grotescos, los que militarizan, los que asesinan, los que sucumben al racismo sistemático. Por desgracia, esta idea es terriblemente limitada. Porque ni la misoginia, ni el racismo, ni la xenofobia, ni la violencia, ni el militarismo son cuestiones excepcionales que sólo los dementes o los idiotas defienden. No me malentiendan, a mí me parecen cuestiones absolutamente dementes e idiotas. Lo que digo, sin embargo, es que gente muy capaz y nada idiota las impone en el mundo. Prueba viva de ello es Estados Unidos, el país más poderoso de nuestra pequeña tierra.

Al mostrar a los americanos como el lado correcto de la historia, Waititi los pone, por su lógica maniquea, en el opuesto de los ridículos nazis. Pero Estados Unidos es un país militarista, profundamente racista, prejuicioso, lleno de violencia y misoginia. Al final de la cinta, Waititi parece proponer que todos los que estamos del lado correcto de la historia, que todos los que pensamos que Hitler es un idiota, nos demos una palmada en la espalda y respiremos tranquilos porque el odio será siempre vencido por el amor. Es una lección peligrosa típica de un Hollywood que cree, sistemáticamente, que el racismo descansa en un pasado condenado y lejano.

No vivimos en una sociedad postracista y por más premios que le den a películas como ésta o Green Book o tantas otras torpezas ideológicas disfrazadas de buenas intenciones, por más que Hollywood se ciegue en premiaciones sobre los problemas reales de este mundo, la verdad es que el amor no siempre vence al odio, los prejuicios existen, la violencia es parte de la condición humana y no podemos simplemente decir que los malos y los idiotas recibirán su lección. Todo esto, por supuesto, se puede escudar en que pasa a través de la imaginación de un niño de diez años y entiendo el punto. Pero la manera de romantizar la caída de la Alemania nazi con bailes y fondos en cámara lenta de niños, ancianos y mujeres muriendo no me parece un gesto sutil que hable de la perspectiva de un niño, sino de la muy desplazada forma en que un adulto quiere moldear una realidad para fabricar un punto. Ésta no es una película narrada por un niño de diez años, es la recreación de una imaginación inocente que sirve como excusa para dar argumentos infantiles, maniqueos, banales e inocentes.

Cuando Jojo Rabbit, al ver a su madre muerta, hace el gesto conmovedor de amarrar sus agujetas, entendemos lo que quiere decir el director/guionista: frente a la tragedia, Jojo debe crecer e independizarse. Este gesto de independencia marca, al mismo tiempo, su independencia de una ideología que le impusieron: por primera vez, Jojo puede pensar por sí mismo. En el juego mismo de la agujetas, el conejo sale de la madriguera. La imagen no es sutil (aunque es más interesante que patear a un Hitler imaginario por la ventana), pero es eficiente y funciona. Me gustaría decir lo mismo de todo el resto de una película que utiliza los cambios tonales de la manera más torpe, los pastiches de Anderson sin ningún punto, las simetrías para glorificar lo más sórdido y la belleza colorida para no crear ningún contraste. La independencia ideológica de Jojo es algo de lo que no puede presumir una película que busca crear acuerdos torpes para disculpar realidades incómodas. Una lección que tal vez Taika Waititi nunca aprenda: aprender a amarrarse las agujetas no te salva de inevitables tropiezos.

Lo bueno
  • Las actuaciones de los niños que son impecables.
  • El carisma cómico de Rebel Wilson, Sam Rockwell y Stephen Merchant.
  • Que, por fin, reconozcan a Tomasin Mackenzie después del descubrimiento que fue en Leave no Trace de Debra Granik.
  • El principio de la cinta que parece ser una sátira interesante.
  • Algunos momentos divertidos.
  • Que Taika Waititi sabe escribir y actuar comedias.
  • Que mucha gente la disfrutó.
Lo malo
  • Que me parece una película manipuladora y banal.
  • Que la sátira política no funciona como el director quiere.
  • Que la cinta no se da cuenta de su propia torpeza.
  • Que sus apuestas formales son absolutamente intrascendentes y repetitivas.
  • Que el humor que ridiculiza a los nazis los vuelve excepcionales.
  • Que hace sentir a los estadounidenses como ajenos a problemas de racismo, violencia y misoginia.
  • Que es una palmada en la espalda a los liberales que creen que viven en una sociedad postracista.
  • Que se siente como algo absolutamente bienintencionado.
  • Que puede llegar a ganarse varios premios Oscar.
  • Que fue nominada a mejor película en los Oscar.
  • Que eso es un terrible síntoma.
  • Que mucha gente se va a ofender por mi opinión.
Veredicto

Desconfío terriblemente de las películas que te hacen sentir que el mundo es un lugar mejor de lo que es. No creo que el amor pueda acabar con el odio, como no creo que los prejuicios pueden desaparecer mágicamente. Tal vez soy un terrible cínico, pero creo que es peligroso felicitarnos de la estupidez de los otros sin ver nunca los errores propios. La burla burda del nazismo ha funcionado en muchos niveles. Uno de los más geniales protagonizado por Chaplin y un globo terráqueo. Pero la sátira requiere un pensamiento estructurado para ser algo más que una crítica vacía. Aquí, fuera de la inocencia de una premisa optimista, Waititi nos dice que los nazis eran malos y tontos y que los que se oponían a ellos eran buenos e inteligentes. Una película banal, mal hecha y mal propuesta que, con un planteamiento muy poco consecuente, da pie a las más horrendas interpretaciones. Y, bueno, no creo que se tenga que decir mucho más: que la película esté planteada desde la visión de un niño de diez años, no quiere decir que el guión deba ser escrito con crayolas.

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