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Reseña: Bad Boys for Life – Un churro honesto y divertido

| 8 de febrero de 2020
La tercera parte de la saga de Bad Boys es exactamente lo que esperan… y eso no es necesariamente malo.

No necesitan que les resuma esta película para que sepan de qué trata. Ésta es una cinta que ya vieron y que, en sus memorias a futuro, se confundirá con tantas otras películas atrapadas con el atisbo de un sueño en un camión o el zapping eterno de un domingo condenado. Pero es justamente lo intrascendente de esta película lo que me parece atractivo. Bad Boys for Life sabe cuál es su propósito y no lo esconde: es una película de entretenimiento, de acción anacrónica, fabricada específicamente para vender taquilla y que nos atiborremos de palomitas pasando un buen rato de adrenalina prestada y risas fáciles.

Todo hay que tomarlo con pinzas. No digo que esto sea alto cine, ni que esté de acuerdo con las banalidades ideológicas de Estados Unidos. Sin embargo, esta película me conquistó en risas y madrazos por el simple hecho de admitirse y dejarse ir en una vena olvidada de vieja e incómoda aventura noventera hollywoodense. Si tienen nostalgias de Nakatomi Plaza, si vieron las anteriores películas de Bad Boys y si piensan que el género de acción más chapucero americano murió hace veinte años, esta reseña es para ustedes. Si creen, de entrada, que este cine basura no merece ni tres palabras en un pie de página, den media vuelta y huyan despavoridos. En cualquier caso, no me digan que no les advertí: aquí no vamos a ningunear lo evidente, sino admitir nuestro amor por lo ninguneado.

La vida es un riesgo, carnal

Mike (Will Smith) y Marcus (Martin Lawrence) no pueden congelar el tiempo. Por más trajes elegantes que use uno y por más jornadas en el SPA se compre el otro, la vejez los alcanza. Marcus piensa en retirarse, en acabar todo, en liberarse por fin del estrés, de la locura, ponerse unas pantuflas y dedicarse a vivir en familia y romper cosas. ¿Qué más puede hacer? Acaba de tener un nieto (y sí, lo adivinaron, el padre es Reggie, un hombre que pasó por el infierno). Mike no puede dejar su vida de pistolero sin ley dentro de la ley. Es un policía famoso, renombrado y querido en Miami, pero si para un solo minuto, si se relaja un poco, siente que la vida lo alcanza y que finalmente, tendría que aceptar la inevitable vejez. De pronto, todo cambia. Después de una noche de tragos en un bar retacado de policías, un misterioso motociclista ametralla a Mike en el pecho.

El policía célebre por esquivar balas se está desangrando en la plancha de un hospital y su compañero, día con día, frente a un coma prolongado y una enorme desesperación, no puede hacer nada. Finalmente, Mike lo logra: sobrevive una vez más, encabronado, pero gallardo. Sin embargo, Marcus no puede continuar y decide retirarse. Mike está sólo y alejado de todo: el capitán se niega a darle el caso de su propia balacera, el cuerpo de policías se está modificando con drones y tecnologías que no puede llegar a entender y todo parece indicar que un viejo rencor resucitó de las entrañas de una cárcel michoacana para perseguirlo con la constancia de una sentencia. En este momento incierto, Mike deberá ganarse de nuevo la confianza de su compañero y crear nuevas alianzas con policías más jóvenes para desenterrar el pasado y enfrentarse a su más grande miedo: la evidencia de la vejez… y la posibilidad de otras herencias.

Como pueden ver, Bad Boys for Life no quiere inventar el hilo negro. Ésta es la continuación directa de las dos películas anteriores y sigue los mismos esquemas. Siempre es Mike el que lleva la batuta de la locura, siempre es Marcus quien busca la solución más cómoda, menos problemática y más conciliadora. De nuevo, la dinámica cómica en estas situaciones funciona para lograr una película de acción que, a falta de frescura, tiene la confianza completa en una fórmula ganadora y en un dueto de actores que trabajan juntos como una maquina bien aceitada.

Por supuesto, como buena película de acción, ésta es una cinta burda, llena de clichés, que juega siempre con dicotomías fáciles y comedia de situación. Los time lapse de la ciudad desde una cámara elevada para acelerar el tiempo, el montaje frenético en pequeños detalles durante las persecuciones y las peleas, los contrapicados en cámara lenta para mostrar el tremendo estilo de Will Smith poniéndose un traje y caminando bajo el sol, el espectáculo ridículo de armas, mujeres con poca ropa y coches deportivos… todos son los mismos motivos burdos de antaño, motivos que se refuerzan cuando, sin ningún tapujo, aparece un cameo de Michael Bay en la boda de la hija de Mracus. Sabemos de dónde vienen estos tropos y la película, de manera bastante directa y metanarrativa, admite sus padrinazgos.

Bad Boys For Life es, entonces, una película absolutamente predecible que admite exactamente de donde viene y que sabe precisamente hacia dónde va (no es por nada que tiene una escena entre créditos y que, apenas unas semanas después de su estreno, se confirmó el rodaje de una cuarta parte). Pero, todo esto ya lo podíamos saber desde el póster, desde el primer teaser, desde el anuncio del nombre. Ésta es una película hecha con la artesanía radical de mercadotecnia barata de Hollywood, sin más, sin menos. Y, así, como obra de cultura pop basura, es igualmente descartable como rescatable. Aquí, por mi propia nostalgia y el enorme ímpetu de mi formación noventera, me permito rescatar la sinceridad de una película que nunca pretendió ser más de lo que es.

Había una vez en Hollywood

Conocemos las viejas fórmulas y, de todas maneras, no parecen aburrirnos. Somos el resultado de hilos narrativos que se cruzan y se repiten: la forma en que nos han contado historias se convierte, también, en la forma en que nos contamos. Aquellos que nacimos en esos tumultosos años ochenta, crecimos en la era del Videocentro antes del Blockbuster, vivimos un momento en el que las grandes producciones americanas dominaban nuestras pantallas y la gran pelea comercial del cine hollywoodense se daba entre comedias románticas y acción desparpajada.

Recordamos esas épocas con nombres inmortales que se convirtieron en memes de otras generaciones, nombres como Chuck Norris, Steven Seagal, Jean-Claude Van Damme, Roger Hauer, Arnold Shwarzenegger, Silvester Stallone, Bruce Willis, un australiano con gusto por mostrar el trasero llamado Mel Gibson y un pequeño mocoso llamado Keanu Reeves. En esos años salvajes, la corrección política no existía y Rambo le daba consejos a los Talibanes para evitar cualquier invasión. Eran los años noventa, tal vez, pero el muro acababa de caer y Trevelian era un espía ruso. Estábamos al borde de un nuevo mileno, seguro, pero todavía las pesadillas americanas estaban infestadas de chinos, coreanos, cubanos y vietnamitas.

Las historias que consumimos en esa época, las grandes épicas de acción tenían siempre un cierto esquema. Había buenos y había malos; a veces los buenos eran parias, relegados del sistema, soldados convertidos en cocineros, ex policías con problemas de divorcio, veteranos caídos en desgracia por traumas, cicatrices y emocionales heridas. Los malos eran siempre ideológicamente condenables para el concepto básico del mass media americano: hombres que restringían las libertades del mundo, que se oponían a la democracia o que querían, con un sesgo autoritario que siempre se inclinaba a la izquierda, uniformar las decisiones de los libres pensadores humanos. Y los esquemas se repetían con un heist o una misión, con un secuestro o un compañero abatido que sacaban al bueno paria de la apatía y lo hacían vencer por encima de todas las instituciones que siempre quisieron contener su bravura.

En este esquema del cine americano de los años ochenta y noventa en el que reconocerán tantas películas hay numerosos subgéneros (desde el revenge exploitation hasta el buddy cop que aquí nos concierne) e innumerables repeticiones. Ésta fue una tendencia cultural única que producía películas en serie y que, como ahora sucede con los superhéroes, creaba, a contrapelo, una industria independiente y el auge de las pesadas etiquetas de cine de autor y cine de arte. Las cintas de acción de esa época eran el chewing gum imperialista americano para el mundo: un golpe de azúcar que, tras algunas masticadas sin sentido, se quedaba sin sabor y te dejaba con un hueco en el estómago. La comida chatarra de la industria, los cheetos que comíamos con cuchara grande, enorme placer y ningún remordimiento. Those where the days

Algo cambió, sin embargo, en la industria. Al relevo de las grandes películas de acción, con sus héroes parias enfrentados al sistema, llegaron los superhéroes. Las instituciones americanas, en el régimen conservador de las películas de acción de los noventas eran inoperantes y estúpidas. El hombre común y corriente, el hombre de cuello azul, el trabajador honrado o desgraciado por el sistema era el héroe que tenía que salvar la noche. Casey Riback rescatando portaviones después de que los Navy Seals lo destruyeron; John McClane rescatando la Torre Nakatomi como un pequeño vaquero americano que vio demasiadas películas de John Wayne; Silvester Stallone, descongelado después de tantos años por un fallo en la justicia penal, regresando como el hombre varonil de antaño al que no le importan los buenos modales, la comida macrobiótica y el sexo a distancia y que, gracias a su desfachatada actitud, puede salvar al futuro con los malos y entrañables modos del pasado. ¿Qué ejemplo más extremo de este sentir que ver el equipo de mineros en Armaggedon callar a los científicos de la NASA? “Tal vez ustedes sean expertos en muchas cosas, pero nosotros sabemos perforar”.

Ese era el verdadero espíritu de los noventa y nunca podrá ser recuperado. Porque, después del 11 de septiembre, las instituciones americanas no podían parecer tan estúpidas y los políticos no podían parecer tan cínicos. El hombre común y corriente dejó de ser el héroe. Era el momento del hombre excepcional, del hombre que acata órdenes de una institución sin fallas morales y que pelea por los mismos principios por los que pelea Estados Unidos. Murieron los grandes héroes de acción que tan bien parodió el Jack Slater de Arnold Schwarzenegger y nacieron los patriotas renegados como Iron Man y los patriotas abnegados, como Captain America.

Ahora, en este nuevo relevo que implica otras narrativas, otras formas de transmisión ideológica, otros héroes, otros villanos y otros regímenes de lo maniqueo, las películas de acción noventera son un recuerdo, nostálgico para algunos, penoso para otros. Claro, todavía existe la saga de Fast and the Furious y, por supuesto, tenemos a John Wick. Pero la primera franquicia tiene un contexto muy distinto, entre coches y familias de forajidos; y la segunda es más una mezcla de las fórmulas de acción explosivas asiáticas y el mismo patrón de los superhéroes. En medio de este extraño momento, volver a ver una película de acción digna de los noventa, llena de prejuicios, sobrentendidos raciales, chistes grotescos, persecuciones ultraeditadas, lluvias de balas y coches derrapando sin sentido es algo extraño y anacrónico.

Al mismo tiempo, cuando una película está tan consciente de los mecanismos que emplea, de la estupidez fundamental de la trama y de la época perdida a la que apela, hay una cierta transparencia que permite tomarla por lo que es. Esta cinta no se disfraza y eso está bien. No me malentiendan, éste es entretenimiento chatarra, ideológicamente torcido y cinemáticamente burdo. Pero, también es algo que se asume como tal y que no presume disfrazar una botana torcidita de langosta termidor.

 

Un brindis por lo auténtico

El extraño grito de guerra de Mortaugh se reproduce en un policía muriendo sobre una palmera en The Last Action Hero y resuena como un eco constante en todo concepto de buddy cop: “I’m to old for this shit…” Lo vemos de nuevo y lo vemos siempre: dos policías envejecen de manera dispareja; uno de ellos está terriblemente consciente de su edad, del retiro, de la familia y de pensar una vida fuera de las aventuras desquiciadas a las que gusta entregarse su compañero; el otro, un soltero empedernido, se niega a las mieles de la familia y el descanso y quiere perseguir malvados, sin ningún tapujo, sin seguir ninguna regla, sin pensar en las consecuencias. Uno se sabe viejo; el otro, se niega a aceptar su vejez. Ésta era la enorme dupla de Mel Gibson con Danny Glover y de Eddy Murphy con Nick Nolte; ésta es, ahora, la dinámica entre Will Smith y Martin Lawrence.

Después de casi veinte años, esta dupla de policías llega a completar una trilogía que se quiere convertir (con bastante descaro, debo añadir) en una franquicia que los explotará hasta la puerta del asilo. Pero la dinámica no puede ser la misma. Ahora, en vez de simplemente contrastar la vida familiar de uno frente a la soltería empedernida del otro, la dupla de policías irreverentes de Miami se enfrenta a la vejez, al desgaste y, ¿por qué no? A ser abuelos… La maquinaria el marketing, como el tiempo, no para. Es evidente que no podían continuar estas películas con las mismas dinámicas y es evidente que, a pesar del impresionante estado físico de Will Smith, no es lo mismo la basquetera feliz que treinta años después.

Todo esto nos da una fórmula de buddy cop choteada hasta el cansancio que se mezcla, por la misma necesidad de marketing, con guiños constantes a la cultura latina y, en particular, a los pilares que apantallan más a los americanos: el reggaeton, las telenovelas y el narcotráfico. Miami ya no es cubano, sino un campechaneo multicultural dominado por las obsesiones mexicanas y los sonidos reggaetoneros encarnados en la primera actuación casi estelar de Nicky Jam. Por aquí y por allá, también, aparecen burlas y pastiches a las telenovelas, tomas en sepia de la Ciudad de México, la Santa Muerte y Kate del Castillo siendo una “Bruja” con hijos pochos. Y en esta amalgama cultural basada en el esquema de los buddy cops que envejecen reconocemos los demás tropos de acción noventeros: el maniqueísmo, los villanos absolutos y autoritarios, los héroes parias, los ayudantes tecnológicos, las persecuciones y el showdown espectacular con peleas a puño y cuchillo.

Con todo esto, se podría decir que hemos visto Bad Boys For Life cientos de veces antes, podríamos comentar sobre su pobreza narrativa y cinematográfica y hablar de su guión burdo y predecible. Pero eso sería constatar lo evidente. Sobre todas las deficiencias que debe (y subrayo, debe) tener una película de este tipo, Bad Boys for Life es cumplidora diversión chatarra. Martin Lawrence y Will Smith siguen teniendo una química única y siguen soltando chistes con un delivery perfecto. Si bien, los actores de reparto (incluyendo a un hermoso, pero paupérrimo Charles Melton) son terriblemente malos y Kate del Castillo es la cosa más acartonada y afectada del mundo, las escenas de acción siguen siendo pulcras y brutales, las persecuciones rabiosas y epilépticas y la comedia predecible, pero enormemente eficaz.

Aquí le pido peras al peral y disfruto el riesgo calculado de ver una película así en estos años tan alejados de los salvajes noventa. Bad Boys for Life es diversión honesta y desfachatez que no se oculta. Lo entiendo, no es para todos y el desprecio general de los críticos bien pensantes será el combustible de ventas de esta máquina para tragar palomitas. De cualquier forma, como hijo de los noventa que extraña las banalidades absurdas de un pensamiento menos insidioso, de una pedagogía más burda, y de una diversión menos acomplejada, Bad Boys for Life me pareció puro oxígeno. Tal vez disfruté más esta película de lo que debería. Pero, ¿qué diablos? Si los Cheetos no se disfrutan se convierten en pura culpa y la culpa, algún sabio dijo, es como una mecedora: te entretiene, pero no te lleva a ninguna parte.

Lo bueno
  • Casi nada, salvo su honestidad transparente y lo terriblemente divertida y nostálgica que es.
Lo malo
  • Casi todo, salvo su honestidad transparente y lo terriblemente divertida y nostálgica que es.
Veredicto

En una doble función que nadie imaginaría, el mismo día fui a ver Jojo Rabbit de Taika Waititi y Bad Boys for Life. Inmediatamente, se dirán, todo crítico se inclinaría hacia la cinta nominada al Oscar por mejor película y no hacia el churrazo que revive, con completo anacronismo, el fenecido cine de acción noventero. Y, queridos lectores, se equivocarían. Me gusta Bad Boys for Life por la misma razón que me disgusta Jojo Rabbit: una es una película honesta que muestra su ideología chapucera como una bandera para que la descartes entre balas y persecuciones; la otra es una película ideológicamente insidiosa, bastante tramposa y maniquea que te manipula sentimentalmente para que aceptes sus preceptos inútiles. No me gusta premiar la honestidad en el artificio, pero si me hacen elegir entre la basura que se asume y la basura que se maquila en oro, siempre voy a escoger las cosas que se quieren y que se admiten exactamente como son.

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