Jason Bourne intenta revivir una franquicia que corresponde a un momento histórico ya lejano.

Nacidas del pensamiento rebuscado y paranoico del ex marine Robert Ludlum, las películas de Jason Bourne trataron de exorcizar varios demonios americanos. En parte reivindicación del soldado americano, en parte crítica al intervencionismo de los espías tipo James Bond y en parte ataque violento hacia las libertades de vigilancia del gobierno, esta saga es el documento moral de una época atormentada de los Estados Unidos. Al mismo tiempo que se justificaban todo tipo de barbaridades en nombre de la guerra al terrorismo, el pueblo americano empezaba a dudar de las libertades de un gobierno cada vez menos restringido. Y eso es lo que vimos en la primera trilogía de Bourne: la idea de una agencia de inteligencia corrupta que perdió su brújula moral y que terminará pagando sus errores a través de un letal experimento humano. Bourne es el arma egoísta que se revierte contra su creador; y el éxito de esta franquicia está en ver cómo el camino de un hombre hacia la comprensión de sí pasa por la destrucción de poderosos y abusivos.

Ahora en la quinta parte de la saga, encontramos que los argumentos siguen siendo básicamente los mismos y que, casi una década después, el regreso de Bourne se fundamenta en viejos principios narrativos. A pesar de que intentaron cambiar la paranoia de entonces con una paranoia más actual (más cercana a Edward Snowden, más digitalizada), los argumentos de la cinta se sienten como un esquema gastado y genérico que no logra recuperar la emoción progresiva que causaron las primeras cintas. Frente a la repetición inútil de esta película, no queda mucho que desmenuzar. De nuevo, tenemos un elenco de reparto con grandes actores que se desperdician, tenemos grandes secuencias de acción en un enredo repetitivo y tenemos exactamente las mismas pautas temáticas con los mismos personajes en las mismas situaciones. Si algo puede darnos esta película es, entonces, una mirada hacia un pasado cercano con preocupaciones distintas y decirnos que no todas las sagas concluidas deben tener un presente.

El héroe de una época

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La primera trilogía de Bourne se instala justo después de los ataques del 11 de septiembre (11-S) en Nueva York: es una época marcada por la paranoia sobre las consecuencias que esa enorme brecha de seguridad podía causar en las agencias de inteligencia. A partir del 11-S, todo quedó permitido para el gobierno americano en sus intervenciones extranjeras y nacionales: se firmó el Patriot Act que le daba libertad de vigilancia sin precedentes; se llevaron a cabo intervenciones militares del otro lado del mundo; y se abrió la prisión de Guantánamo fuera de las reglas carcelarias de Estados Unidos… y de la jurisdicción de la convención de Ginebra.

En esta época de libertades sin precedentes para la vigilancia estadounidense, las sospechas en torno a los crímenes del gobierno comenzaron a crecer. Y éste era el momento perfecto para que entrara Jason Bourne a la escena cultural. Porque, finalmente, éste es un personaje que muestra un hilo de esperanza dentro de una Agencia Central de Inteligencia (CIA) representada como un ente maligno, omnipresente y todopoderoso. Bourne es el experimento fallido que mató al Dr. Frankenstein, es el orgullo que se revierte contra su creador, es el engranaje mal aceitado que frena el andar inexorable de una maquinaria corrupta. La agencia central de inteligencia aparece, en estas películas, como una perversión de las libertades que justificaron la guerra al terrorismo después del 11-S. Y Bourne era el equilibrio que podía restaurar el balance de la bondad en el país de los justos.

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En Jason Bourne, la presencia de Vikander es electrizante y Tomy Lee Jones se adueña, sin sudor, de un papel que le queda como guante.

En las cintas de esta saga (quitando, por supuesto, The Bourne Legacy), el personaje central de Matt Damon parece representar la bondad externa que sirve, sin saberlo, para regular a una agencia que olvidó sus principios. En su sed de poder y vigilancia, la CIA mata a diestra y siniestra, derroca gobiernos silenciosamente, urde la política internacional y no parece tener límites al empujar su agenda. Bourne, como bala perdida, representa un error creado por el enorme ego de la agencia. Un error que, al buscar su pasado, descubre en cada nueva aventura un abuso de poder, un oscuro programa de asesinos o alguna otra perversión de la decadente CIA. Bourne no quiere derrocar a la CIA, no quiere salvar al mundo ni desenmascarar las injusticias de un gobierno corrupto: su cruzada es una búsqueda de sentido por la paz propia y algo de tranquilidad. Pero la corrupción misma de la agencia impide que el personaje encuentre la felicidad alejado del mundo: son los viejos fantasmas de la agencia los que terminan matando a Marie, es la pista de viejas operaciones y de nuevas amenazas lo que lleva a Bourne a revelar Blackbriar…

Bourne es, entonces, un James Bond crítico y con consciencia. Sus motivos son fundamentalmente egoístas pero sus pretensiones son completamente distintas a las del agente británico. Bourne se enfrenta a lo que representa el MI6 de Bond: una agencia con poder casi ilimitado de intervención que despacha agentes asesinos para limpiar lo que les estorba. Después de la amnesia, Bourne quiere salir de todo el programa porque ya no puede pensar que sea correcto arreglar los problemas del mundo a balazos. Este personaje es la respuesta moral de los Estados Unidos al espionaje británico. Una respuesta que aquí se tiñe, además, con los colores de la era digital en un momento en dónde el desprecio del gobierno americano no pasa por las cárceles extranjeras, ni las interminables guerras, ni la política internacional, sino sobre la vigilancia gubernamental indiscriminada. Esta última entrega es una película de Bourne hecha y derecha, con todos los mismos traumas y los mismos patrones. Pero también es una cinta de Bourne fabricada para el 2016, después de Edward Snowden y de Julian Assange, de los Panama Papers y de Facebook. El miedo americano se desplazó: ya no se trata de la CIA asesinando indiscriminadamente, sino de la CIA observándonos a todos. Mismo peligro, mismo enemigo, distinto realismo.

La inspiración muerta

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Tony Gilroy parece ser un hombre de muchos talentos. Tal vez el nombre no les suene conocido, pero estoy seguro de que han visto más de una de sus películas. Gilroy fue el escritor de The Devil’s Advocate con Keanu Reeves y Al Pacino, de Armaggedon con Liv Taylor, Ben Affleck y Bruce Willis, de las cuatro primeras películas de Bourne y, más recientemente, del flamante spin-off de Star Wars, Rogue One. Tocando toda clase de géneros, de la ciencia ficción más descabellada al space opera, pasando por la fantasía religiosa y el espionaje realista, Gilroy ha mostrado un extenso alcance en sus intereses. Pero nada lo ha obsesionado tanto como el universo de Bourne. Fue él quien quiso revivir la franquicia cinco años después de la conclusión de la trilogía original con The Bourne Legacy; fue él quien adaptó libremente la novela para burlar el hecho de que Matt Damon no quiso participar en su proyecto; fue él quien dirigió cuando Paul Greengrass le dio la espalda.

Pero nada de esto evitó que la película fuera un rotundo fracaso. A pesar de Jeremy Renner, de la genial Rachel Weisz y de Edward Norton, había algo que definitivamente faltaba. Y no es nada más el carisma de Damon en su personaje insigne… hay algo de oportunidad y de momento en la decisión de hacer otra película de Bourne. Nada puede regresar al momento original de paranoia que se vivía, como subtexto perfecto, en los dosmiles; nada puede encontrar, de nuevo, el balance exacto de tragedia personal y espionaje internacional, de creación de personaje y subtramas de seguridad política, que fueron los grandes logros de la trilogía original. Y nadie puede reproducir la enorme e inesperada recepción que causaron estas cintas en su estreno: las tres primeras fueron éxitos internacionales de taquilla que, también, contaron con una enorme aprobación de los críticos.

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Nada puede regresar al momento original de paranoia que se vivía, como subtexto perfecto, en los dosmiles.

Estos aciertos no eran, solamente, la conjunción única de Greengrass, el director encargado de las dos últimas entregas de la trilogía y Matt Damon. Porque entre este director talentosísimo para las narrativas de acción y el carisma del personaje principal, estaba la pasión de Gilroy. Como McCarney sin su Lennon, Gilmour sin su Waters, o Plant sin su Page, Jason Bourne tiene a Damon y a Greengrass pero sufre de la terrible ausencia del gran guionista que le dio vida a las películas anteriores. Y hay algo que se pierde por su ausencia, algo importantísimo que, tal vez, importaba más que todo lo demás: la pasión por adaptar las historias de Ludlum.

Ésta es una buena cinta de acción, con secuencias de acción creadas con precisión, realismo, encanto y adrenalina. El uso de grúas en las increíbles persecuciones, el trasfondo de una protesta callejera genialmente representada en Atenas, la coreografía de golpes crudos y las balaceras despiadadas son, de nuevo, impecables. La dirección de Greengrass es acertada, apasionada y precisa; la actuación de Damon es exacta y nostálgica, brutal, física y frágil; la presencia de Vikander es electrizante y Tomy Lee Jones se adueña, sin sudor, de un papel que le queda como guante. En este sentido, junto a la maravillosa edición visual y de sonido, la película tiene todos los ingredientes para ser una enorme cinta de acción. Y, sin embargo, uno se siente decepcionado al salir del cine. Porque lo que le falla a esta película es la emoción detrás del proyecto; le falta la sensación de que a alguien, fuera de los productores que van a recoger las carretillas de dinero, le importa la idea.

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Ésta es una buena cinta de acción, con secuencias de acción creadas con precisión, realismo, encanto y adrenalina.

La intención honesta de esta película es la de volver a dar vida a una franquicia que el mundo ya había olvidado. La traición final de Heather Lee muestra el regreso cíclico a un villano encabezando la CIA bajo la mirada inocente de los altos mandos de defensa que no entienden la profunda corrupción de la institución. Y sí, después de ver la cinta entendemos que Bourne tendrá que regresar para enderezar los errores de una agencia que siempre tiene un jefe poderoso en problemas y que siempre necesita eliminarlo. La búsqueda de su origen vuelve a avanzar sin resolverse completamente, el misterio sigue teniendo aristas y todo parece preparar la continuación de la saga. ¿Pero por qué? ¿Es necesario seguir alimentando este compendio de traumas dosmileros? ¿Vale la pena seguir repitiendo la fórmula genérica de Bourne como se hizo en algún momento con Bond?

Cuando digo que esta película se siente como una fórmula poco inspirada, no estoy exagerando. Aquí encontramos exactamente las mismas estructuras: tenemos un problema que saca a Bourne de su aislamiento, tenemos una mujer dentro de la agencia que no confía en sus jefes y quiere ayudar al héroe, tenemos un director perverso, un “asset” que busca asesinarlo y con el que habrá al final una pelea a cuchillazos en la que Bourne se defenderá con un objeto cualquiera, tenemos la misma canción final con las mismas intenciones finales, tenemos el eterno regreso cíclico, tenemos al mismo héroe herido e invencible. Todos los giros en la trama, todos los guiños tecnológicos, todas las novedades en el reparto, no cambian en nada la verdadera naturaleza de todo este asunto. Una naturaleza tan transparente como carente de sentido; una repetición tan desagradable como evidente; en una película tan bien fabricada como absolutamente innecesaria.

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Vincent Cassel es el asset de esta película, hace un papel serio y amenazante con un dejo único de venganza.

Jason Bourne es la cinta que demuestra el agotamiento de una franquicia que ha durado más de lo que su corta historia y su larga paranoia pueden mantener; y es un lujo innecesario para una época en la que ya se agotaron las premisas de espías. James Bond fue un hito de la Guerra Fría, Tom Clancy era un obsesivo de la supremacía militar americana ochentera y Bourne es el producto de la insatisfacción estadounidense con su gobierno. A pesar de que las críticas siguen siendo grandes y que la paranoia sigue aumentando, en una época en la que el 50% de la población estadounidense piensa votar por Trump, vemos que el miedo de la era Bush se ha volteado en contra de las políticas más liberales de Obama. A pesar de que la presente administración soportó los escándalos de Snowden y un número pasmoso de ataques con drones, parece que los americanos quieren el regreso de un gobierno aislado, de fuerza desmedida e intenciones bélicas. Ojalá todo esto sea mi absurda interpretación. En todo caso, Bourne se siente ahora como un personaje fuera de lugar, perdido entre viejos miedos y nuevas realidades, fallando en conquistar a su público y sintiéndose, con el paso del tiempo, cada vez más irrelevante. Sin una remodelación seria, esto puede ser lo último que veamos del último gran espía.

Lo bueno
  • La dirección de Greengrass.
  • Las secuencias de acción que son maravillosas.
  • La sólida actuación de Damon y el gran elenco de reparto.
  • La coreografía de peleas cruda y violenta.
  • La genial edición de sonido y video.
Lo malo
  • La falta de inspiración en el guión.
  • La ausencia de Gilroy.
  • La repetición innecesaria de tropos.
  • La aburrición que llega a causar ver, de nuevo, lo mismo.
  • El agotamiento de la franquicia.
  • El intento mediocre de adaptarla a esta década.
Veredicto

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Jason Bourne es una buena cinta de acción, eficientemente dirigida y bien actuada, con seguridad técnica, precisa edición y un gran sonido. Pero eso no es suficiente para salvarla de su propio aburrimiento. Porque sin Gilroy, el guionista comprometido de las entregas anteriores, la cinta cae en lo repetitivo, se enreda en las mismas fórmulas genéricas y termina siendo una parodia de toda la saga. Jason Bourne es otro ejemplo de una cinta absolutamente innecesaria, de un intento forzado para revivir una franquicia que corresponde a un momento histórico ya lejano. Esta película puede entretenerlos, puede parecer algo fabricado con cuidado, puede causar una adecuada nostalgia, pero al final no es más que un intento más de vender un gran producto sin ninguna pasión en el proceso.

https://www.youtube.com/watch?v=F4gJsKZvqE4

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Título: Jason Bourne.

Duración: 123 min.

Director: Paul Greengrass.

Elenco: Matt Damon, Alicia Vikander, Tommy Lee Jones, Julia Stiles, Vincent Cassel, Riz Ahmed.

País: Estados Unidos.

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