Que se diga lo que se diga, después de verla varias veces me convenzo más: hay más de un acierto inteligente en Dawn of the Planet of the Apes. El logro está, claro, en las actuaciones impecables –en especial la de Andy Serkis, con todo y la pesada computadora encima–, en un diseño de producción asombroso, en los efectos especiales que cada vez impactan más y en una dirección tan intensa como comprometida. Pero hay algo que va mucho más allá de todos los logros técnicos reunidos y que me hizo revalorar una película que no me convenció completamente a primera vista.

A pesar de algunas torpezas narrativas, a pesar de ciertos momentos desiguales –que hacen que Rise of the Planet of the Apes, la cinta anterior, sea una historia menos profunda pero mejor contada, esta segunda parte rompe con creces la maldición de las secuelas y se instala como una de las mejores entregas de la saga. El relato avanza en el tiempo y nos encontramos ahora diez años después del primer reboot en un mundo desierto en el que no existen los gobiernos y los hombres están al borde de la extinción. El principio de la película es tan idílico como insistente en el aislamiento de los simios: no vemos a un hombre hasta avanzados los primeros quince minutos de cinta. Y es este encuentro el que propulsará una serie de infortunadas consecuencias que llevarán a una guerra entre hombres y simios, una guerra tan absurda como inevitable en la que se lucha por la supervivencia de las especies.

En esta guerra evolutiva, en esta pelea desesperada de callejón genético por la dominación de un mundo, hay algo interesante que rebasa toda la intención pulcra de los efectos especiales y el diseño de producción: ésta es una historia inteligente, llena de referencias y simbolismos, algunos ya comentados aquí mismo por Fernando Barajas, y otros que quedan por leer con deleite y paciencia de mono sabio.

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¿Por qué no empezar con la referencia más geek? Ya lo decía bien un compañero de lecturas, cuando salió Black Hole de Charles Burns en pantalla se sintió un pequeño murmullo en la sala: muchos habían reconocido la memorable portada. Supongo que algunos recordaron la novela gráfica en la que se narra las desaventuras de un grupo de adolescentes empujados fuera de la sociedad por una enfermedad venérea que modifica grotescamente su apariencia. Aquí, encontramos esta referencia con una escena importante en la que se unen para conversar alrededor de la ya clásica novela un orangután brillante y un adolescente retraído y sensible con un visible trauma por un pasado particularmente violento.

Este punto de unión, este momento de paz en una película de guerra se asienta como el encuentro central, el único contacto cariñoso y comprensible entre changos y humanos. Hay escenas dulces que anuncian la tormenta (como cuando el hijo más pequeño de Caesar escala el hombro de la enfermera Ellie) pero nunca una escena en la que se muestre un entendimiento mutuo que pase tanto más allá del instinto a un contacto cultural real. Aquí el verdadero encuentro, aquí la verdadera comprensión y la unión de simios y hombres a través del cómic, pivote entre pintura rupestre, jeroglífico y la palabra escrita.

¿Por qué me parece tan importante esta escena? Porque finalmente marca la tendencia de toda la película. Éste es un hombre disculpándose por el comportamiento de otro hombre y regalando un objeto personal cargado de riqueza cultural y apego emocional, un hombre aceptando los errores de su especie y revalorizando sus aciertos, un hombre humilde, alguien, por fin, generoso. Y la generosidad va más allá de la disculpa. El orangután y el adolescente comparten alrededor de una novela gráfica que habla del aislamiento, la soledad y las relaciones amorosas cuando se es diferente, cuando la sociedad convierte a un puñado de adolescente en parias. Del miedo monstruoso a una enfermedad creada posiblemente por contacto con changos (SIDA) se pasa a otro tipo de gripe simiesca.La referencia aquí se vuelve transparente y de ahí la identificación del hijo de Malcom con la historia de Burns: no son los simios, como en otras entregas, algún tipo de sirvientes en un mundo humano, no son unos descastados ni apestados ni dejados al lado. Aquí los parias son los humanos, empujados lejos de sus comodidades, acampando alrededor de su propia locura, de su pequeña miseria, latas de frijoles y lo que queda de un escocés de malta mixta.

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Todo esto es un acierto indudable en la reelaboración de una trama que se había gastado en los años. Los changos cambian de papeles, no son ellos los que se rebelan contra los humanos. En Dawn of the Planet of the Apes, son los simios los de la esperanza, los del orden cívico y el balance utópico bajo la guía de un líder tan carismático como sabio. La base repetida de toda la comunidad simiesca son los valores de hogar, familia y futuro, elementos de los que fueron completamente privados los humanos: arrebatados de su planeta por el desorden anárquico, asesinadas sus familias por el virus o sus pares, negados de trascendencia, al borde de la extinción. Y lo que es aún más interesante es que en ningún momento los hombres buscan como los changos reforzar estos tres valores: la familia queda sólo como un recuerdo doloroso, el hogar es un refugio comunal dejado al azar por una cuarentena, el futuro depende más que de un progreso, del regreso eterno al pasado, a recuperar lo perdido, a reconstruir, reconquistar, retomar, rehacer, como buenos humanos, condenándose a repetir.

La superioridad de la especie se revierte, los hombres ya no están equipados para vivir en un mundo sin comodidades, sin electricidad, sin comunicación. Y es este último elemento esencial el que muestra la desesperación de los humanos a los que no les basta sobrevivir en comunidades pequeñas: toda la pelea, todo el meollo del problema es la búsqueda de electricidad para activar un radio y poderse comunicar con los vestigios de civilización que aún quedan en algún lado. Parte de la supervivencia humana depende entonces de su poder para comunicar, poder que los esclaviza y vuelve impotentes en el aislamiento. Los changos, ahora adueñándose de la cadena evolutiva, se adaptan, se comunican y se integran en núcleos pequeños, independientes, suficientes.

En este cambio de papeles en el que los simios dominan pacíficamente un mundo que pertenecía a los hombres, se intercambia algo más que roles dominantes. Hay algo de la naturaleza humana en los simios y, lo que es claro, algo más peligroso que bestialidad hosca en los seres humanos. Y de aquí otro simbolismo. Curiosamente, el símbolo que dejan los simios en su camino a la libertad por San Francisco en la película anterior es la simplificación gráfica de la ventana por la que Caesar ve al mundo en su infancia amorosa y feliz al lado de los hombres. En esta cinta, el símbolo se identifica con Caesar y con su tendencia moderadora, razonable, que busca el balance de fuerzas, fronteras delimitadas y paz entre especies frente al odio sanguinario de Koba.

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Hay algo de todo esto en el simbolismo frágil de la ventana, en su forma de separar lo privado de lo público, espacios diferentes entre familiaridades protegidas, exteriores e intemperies. Es, justamente, esta frágil frontera que se quiebra en la confrontación de simios y hombres. Porque Caesar busca delimitar espacios, proteger y guardar lo íntimo de una comunidad idílica sin darse cuenta de su inocencia utópica en la creencia de la superioridad de los simios. Éste es un poco el planteamiento que existió desde la película de1968 y que aquí se repite con singular crueldad cuando el líder simiesco admite que su error fue pensar al simio superior. Las fronteras se borran, los simios matan como humanos y los humanos huyen espantados como la madre de Caesar en Rise of the Planet of the Apes, acorralada en la jungla.

En la similitud de estos dos principios de película vemos también la fatalidad que se cocina para la siguiente entrega. La cinta con James Franco arranca con la caza del hombre al simio para la experimentación genética que finalmente los erradicará del planeta. La segunda parte arranca con una escena similar de caza, esta vez de los changos que persiguen a un antílope para alimentarse. Poca gente se fijó en este detalle de singular importancia: nunca, en ninguna de las ocho cintas, se había visto a un simio carnívoro. Aquí cazan y pescan, intercambian comida variada y en cada bocado se asemejan más a sus contrapartes humanas. Con esto se anuncia una fatalidad que se extiende hacia el final de la película.

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La cinta comienza y termina con el mismo motivo: un alejamiento y un acercamiento a los ojos de Caesar. En los dos casos Caesar está planeando una caza, considerando tiempo y estrategia, en los dos casos se avecina la sangre y la violencia, la confrontación más o menos calculada de fuerzas. El final de la película muestra la reverencia de los simios hacia su líder calcando la escena final de la cuarta entrega de la saga, Conquest of the Planet of the Apes. En esa escena de 1972 Caesar da su más violento discurso frente a hombres y simios rendidos a sus pies, un discurso de sangre y fuego que promete indulgencia hacia la humanidad ahora esclavizada. Algo de esto se verá, suponemos, en la siguiente cinta que, considerando el éxito en crítica y taquilla de esta película, ya fue anunciada con Reeves repitiendo en la dirección.

Entre simbolismos y guiños, entre poderoso contenido y grandilocuentes efectos, diseño y filmación, Dawn of the Planet of the Apes rompió más de una expectativa con lucidez e inteligencia. De la conformación anterior queda el resultado de la prepotencia humana: aislamiento, debilidad, desesperación. Pero el futuro de los changos no es menos gris y la frágil paz que buscaban conseguir Ceasar y Malcom –su interlocutor humano– se quiebra irremediablemente mostrando así la cercanía de monos y hombres. Mia Couto dijo alguna vez que la ventana era por donde la casa soñaba con ser mundo. Aquí, el símbolo de Caesar, la ventana por la cual quería considerar al mundo, reformarlo según su propio marco, se rompe uniéndose a la ya vieja idea de la supervivencia de las pulsiones instintivas más bajas, ahora en changos, retocadas por un virus, una evolución truncada y unas cuantas buenas intenciones. Con inteligencia esta cinta nos regresa un vistazo a nuestros comportamientos primitivos acusando también a los cercanos changos en su acelerada creación de convivio: lo que se verá ahora a través de la ventana rota es al simio mostrándose como hombre para el simio.

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Título: Dawn of the Planet of the Apes

Duración: 130 min.

Fecha de estreno: 25 de julio de 2014

Director: Matt Reeves

País: Estados Unidos

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