Reseña: Chilangolandia – Chingar, ser chingado y reírse porque así es esto

| 13 de septiembre de 2021
¿Qué es más chilango que conocer de memoria la más grande ley de por aqui? Ponte chingón porque si no te van a chingar.

No seremos ni los primeros, ni los últimos que se han puesto a reflexionar sobre el significado de habitar una hiperpoblada, caótica y a veces surreal Ciudad de México. Sin embargo si algo sabemos de sobra es que por acá hay una ley casi tan universal como la gravedad: aquí te pones chingón o alguien más te van a chingar. Para bien o para mal, habitar la CDMX es una tragicomedia y nuestra mente se ha moldeado a ella, a su influjo, necesidades… y eso es lo que en esencia nos cuenta Chilangolandia.

Chilangolandia, película del director Carlos Santos, narra dos historias paralelas que suceden en la Ciudad de México y que en algún punto convergen. Por un lado tenemos la odisea de un joven del barrio de Tepito que aspira a ser jugador profesional de futbol para sacar a su familia de la pobreza y que tiene un amorío con la esposa de un líder narcotraficante. Y por otro lado, vemos cómo una familia popular se encuentra con una maleta que contiene el millonario soborno para un político y, al elegir quedársela en lugar de devolverla, se ven perseguidos por los escoltas que intentan recuperar el dinero de su jefe.

Pese a la cantidad de personajes y situaciones, la película se llama Chilangolandia porque, de acuerdo con el director, la protagonista es la Ciudad de México y su idiosincrasia. En teoría, la película debería de ser un homenaje a la cultura popular chilanga y una sátira a la ley máxima del más chingón del barrio. Lo logra en parte y te lo detallaremos a continuación.

Imagen: Cinepolis

¿Qué le pedimos a una película mexicana de distribución masiva y de comedia?

Hay que reconocer que Chilangolandia no se queda en la clásica comedia romántica mexicana de whitexicans o una batalla de ricos vs pobres para obtener taquilla segura. De hecho, recuerda totalmente a lo que se intentó hacer en algún punto con otras películas como Todo el Poder (2000) o Matando Cabos (2004). Si las traes a tu memoria sabes que no son exactamente las cintas más exquisitas ni las más doctas, pero nos hicieron reír y señalan una dolorosa llaga en la experiencia de ser un chilango: la batalla para que alguien no te chingue.

Chilangolandia funciona si entras al cine haciendo ciertas concesiones. Ciertamente las historias que nos presenta son emocionantes, graciosas y hasta te dan sorpresas gratas, pero hay que aceptar que el guion está lleno de “casualidades” y conveniencias para que la acción inicie.  Cuando las identificas (porque son muy evidentes) uno no puede evitar entrar en un dilema: ¿Debemos exigirle un guion pulcro a una película que lleva por nombre Chilangolandia? ¿Debemos ser amables y apoyarla considerando su “valentía”? Son preguntas que por lo menos este redactor todavía no puede responder.

Sin embargo, no dudo en decir que la película de Carlos Santos me hizo pasar un gran rato en el tiempo que duró. Es más, me hizo reflexionar sobre lo que significa ser chilango y sobre cómo salir de la cadena de abuso a la que nos hemos acostumbrado.

La paradoja de Chilangolandia

El director dijo durante la premiere de Chilangolandia quequería que el espectador reconociera todas las tribus sociales de la ciudad” a medida en la que las dos historias se desarrollaran y convergen entre ellas. Pero no hay que ser un experto en sociología para saber que intentar reflejar la desquiciada diversidad de la Ciudad de México es virtualmente imposible. De hecho, la osada premisa solo indica que quien la menciona no conoce tan bien la Ciudad de México, o por lo menos, la conoce por “encima”, por estadísticas y reportes.

Como consecuencia de sus limitaciones temporales, Chilangolandia solo muestra sitios clichés que se usan para representar los destinos de la “gente común”:  El Zócalo de la Ciudad, la calle de Madero del centro histórico, alguna colonia genérica del Estado de México, un taxi, una estética, el metro…  un tianguis.  Con los personajes pasa lo mismo. Tenemos a la ama de casa chingona pero endeudada, al padre tonto pero leal, al policía extorsionador, al político corrupto, al joven enamorado y bebedor y al líder del narco machista. Chilangolandia parece no poder hacernos saber si es una sátira o una parodia.

Imagen: Cinepolis

Tampoco puede darse el lujo de explorar la complejidad del concepto “chilango” y se limita a la idea que una vez pronunció Alex Lora cantante del Tri: “un chilango se ríe de sí mismo, de la vida“. Por eso, la película pese a sus intenciones de enaltecer la cultura popular, termina pareciendo una caricatura sobre unos estereotipados chilangos que van a los lugares más identificables de la ciudad en busca de concretar sus sueños de superación.

Imagen: Cinepolis

Un buen rato asegurado

Pero no te confundas. Como te dijimos antes, Chilangolandia es una película que te asegura un buen rato si es que entras con la intención de divertirte. Liliana Arriaga, actriz que interpreta al personaje de “La Chupitos” en incontables programas de humor, es lo mejor de la película y solo por verla insultar a todos vale la pena el boleto. No puedo creer las carcajadas que me provocó escucharla decir un simple y banal “Quítate pendejo”.

En esta película nadie es bueno o malo (salvo claro, el líder narcotraficante). Aquí todos son personas que están luchando por subsistir en una cadena de corrupción, poder y violencia que experimentan solo por haber nacido en la Ciudad de México, pero quejarse y patalear por este mecanismo intrínseco de nuestra cultura, de la ley del chingar y ser chingado no es muy de chilangos y por eso mejor nos reímos de ello.

Imagen: Cinepolis

Lo bueno
  • Liliana Arriaga como la ama de casa
  • Una película mexicana que no se va por la clásica comedia romántica
  • El elenco es diverso y para nada hegemónico
  • Denuncia un claro síntoma de vivir en la Ciudad de México
Lo malo
  • El nombre de “Chilangolandia” le queda muy grande.
  • Los personajes son caricaturas de sí mismos.
  • Guion con muchas conveniencias

Veredicto

Carlos Santos nos ofrece su visión de lo que significa ser un habitante de la Ciudad de México. Chilangolandia es divertida y la historia que nos cuenta nos mantiene pendientes la mayor parte del tiempo. Tiene sus fallos como la mayoría del cine nacional, pero sabe a dónde quiere llegar y con quienes quiere conectar. ¿Alguna vez has escuchado aquello de que la representación importa? Esta película por supuesto que tiene puntos por dar visibilidad a ciertos cuerpos y colores de piel que normalmente no vemos en el cine comercial además de que, aunque muy por encima, no tiene miedo de mostrar escenas de barrios populares de la urbe.  En Chilangolandia se puede sentir un poco de esa Ciudad de México históricamente invisibilizada junto con toda la tragicomedia inherente a ella y que, para bien o para mal, nos da forma como chilangos.

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