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Reseña – Avatar: The Way of Water, una historia que se ahoga en su atmósfera

| 15 de diciembre de 2022
James Cameron finalmente nos trae la secuela de Avatar, en una película que muestra todos los avances técnicos y tecnológicos de la industria, impulsando así una atmósfera acuática exuberante y majestuosa que maravilla al espectador, pero que al mismo tiempo, ahoga por completo la historia.

Cada vez que escucho Avatar pienso en Aang, el calvo maestro aire de la serie animada de Nickelodeon, antes que en los criaturas azules y espigadas de James Cameron. La saga dirigida por el cineasta canadiense irrumpió en las salas de cine en el 2009 con una película que levantó una enorme expectativa por sus potentes e inauditas técnicas en 3D, que ganó millones de dólares en taquilla y que dejó lo suficientemente impresionada a la Academia como para recibir una nominación a Mejor Película.

Sin embargo, todo este escaparate, ruido y “éxito” económico no fue suficiente para que la franquicia logrará la relevancia cultural deseada. Tras salir de cartelera y finalizados Los Oscar 2010 es poco lo que hemos conversado de Avatar. No hubo ninguna serie animada, ni spin-off. Tampoco tuvimos figuras de colección épicas, algún Trading Card apasionante y cómics si que hubo pero no fueron lo suficientemente memorables como para incitar al público a seguir disfrutando de Pandora y sus habitantes. Incluso con la industria de los videojuegos en pleno auge, solo recibimos aquel James Cameron’s Avatar: The Game, un shooter en tercera persona desarrollado por Ubisoft y lanzado en 2009 para Wii, Xbox 360 y PS3 que paso sin pena ni gloria.

Imagen: 20th Century Studios

El impacto de Avatar a lo largo de más de una década ha sido sutil y silencioso: fue la punta de lanza de un boom 3D que comenzó a principios de la década de 2010, y normalizó un nuevo conjunto de tecnología CG, captura de movimiento radical y creación de mundos y entornos digitales totalmente formados que realmente transportan y sumergen al espectador dentro de universos tumultuosos, prolijos y maravillosos.

Esa es la forma de ser de Cameron. Sus películas se sienten impulsadas más por la tecnología que quiere innovar y menos por la historia que quiere contar. En este sentido, Avatar: The Way of Water se ajusta a la personalidad de su creador, haciendo ajustes notables y mejoras en la técnicas que presentó en 2009, en la que es claramente una experiencia destinada a ser absorbida en la pantalla más grande posible, y que a su vez, ahoga su narrativa en un guion cargado de clichés, cursilería y frases motivacionales.

Imagen: 20th Century Studios

El camino del agua

Avatar: The Way of Water está ambientada décadas después de la primera película. Nos muestra al marine terrestre Jake Sully (Sam Worthington) viviendo como un Na’Vi a tiempo completo: es el líder de su clan, un soldado respetado y ha formado una familia de cinco, convirtiendo su viaje en solitario del principio en una en una odisea familiar en el espacio.

La familia está compuesta por la madre, Neytiri (Zoé Saldaña), los hermanos Neteyam (Jamie Flatters), Lo’ak (Britain Dalton) Tuk (Trinity Jo-Li Bliss), y un par de mestizos: una es Kiri (Sigourney Waever, la actriz de 73 años interpreta a una versión juvenil gracias a la magia del CGI) y Spider (Jack Champion), un niño humano que se parece a Mowgli y que quedó atrás después del primer éxodo humano, siendo acogido por los Sully que le enseñaron las de costumbres de los Na’Vi.

Imagen: 20th Century Studios

Las escenas de los primeros minutos nos llevan de regreso a los frondosos bosques y la isla flotante de Pandora. James Cameron aprovecha de nueva cuenta para regodearse en su universo y entregarnos tomas fantásticas, llenas de colores vibrantes, texturas y paisajes extraídos de los sueños más placenteros. Pero no pasa mucho tiempo antes de que la “Gente del Cielo” (humanos de la Tierra) vuelvan con sus naves que parecen estrellas incandescentes descendiendo en el firmamento.

Pero en esta ocasión la colonización humana será todavía más voraz: no solo tienen más herramientas para conquistar Pandora, sino que también los guía la sed de venganza de un rostro familiar. Miles Quaritch (Stephen Lang), es resucitado como un avatar Na’Vi con poco más que una copia cargada des sus recuerdos humanos, pero sobre todo, con un profundo deseo de cazar y matar a Jake Sully.

Imagen: 20th Century Studios

Esta nueva amenaza obliga a los Sully a exiliarse, mudándose con una tribu lejana de Na’Vi que se ha adaptado para vivir y moverse en el agua. Y es justo aquí donde James Cameron comienza a darle rienda suelta a las técnicas de animación. Nosotros, junto con los Sully, contemplamos con asombro la vida marina extraterrestre y los misterios de los océanos de Pandora. Es esta segunda hora la que probablemente ofrece el mayor valor del boleto de entrada, pues es donde se presumen los avances tecnológicos que Cameron encabezó mostrando la detallada animación del agua cristalina, criaturas fotorrealistas y una asombrosa arquitectura acuática.

La secuela de Avatar funciona mientras nos baña en la construcción de su majestuoso universo, que complementa a la perfección la historia familiar de los Sully y el proceso de adaptación que deberán afrontar para aclimatarse a este nuevo entorno. Pero lamentablemente, esto solo sirve para mantenernos cautivos unos instantes, pues por mucho que intente darnos cosas nuevas que no hayamos visto antes, gran parte de la historia de Way of Water se siente como una vaga repetición de la trama de la primera. Claro, hay algunos giros novedosos, sobre todo en los relacionados al villano, sin embargo, en concepto es lo mismo: la destrucción del edén provocada por la intromisión y ambición desmedida del hombre.

Imagen: 20th Century Studios

Los problemas de los Sully para encajar con sus anfitriones acuáticos se abordan de distintos escenarios: sus colas son muy delgadas y están hechas para enrollarse en los árboles y no para surcar el agua, Jake aprende a montar nuevas bestias, el hijo mayor lidia con la responsabilidad de ser el ejemplo a seguir, uno de sus hermanos se comunica con criaturas místicas y se enamora de la hija del jefe de la tribu, y Kiri explora una curiosa y ancestral relación con Eywa, el alma de Pandora. A su tiempo también se desarrolla una pequeña e íntima relación entre el joven Spider y el antagonista Miles Quaritch.

Y estas interacciones en un principio en verdad logran sentirse como algo novedoso, una bocanada de aire fresco en la narrativa y construcción de personajes dentro de la saga, hasta que te das cuenta que la película termina y no han hecho nada realmente importante con estos protagonistas. De hecho, el tamaño del elenco principal deja a muchos personajes en el fondo marino.

Imagen: 20th Century Studios

Cameron te arroja muchas cosas durante las más de tres horas que pasamos en su planeta alienígena: ballenas inteligentes que hablan con subtítulos en papiro, Kate Winslet como una Na’Vi embarazada con código maorí, jóvenes de la tribu acuática que parecen surfistas, un chico de rastas gruñendo como gato a través de una máscara de gas. Hay personajes que en apariencia tienen algo que contarnos, pero al final, no hay tiempo para ellos. Todo se resume a lanzar $300 millones de dólares y la mejor tecnología que el cine tiene para ofrecer en una historia que no es capaz de afianzar a ninguno de sus personajes. Una vez más, me quedo con ganas de saber más sobre las historias que tienen por contar los habitantes de Pandora.

Incluso el mensaje ambientalista de la primera película se recicla y se lleva hacia los balleneros del sector privado que buscan un nuevo recurso en las aguas de Pandora, todo por supuesto acompañado de acción bélica genérica, con cientos de balas sin dar en el blanco, grandes explosiones, batallas montando a las bestias de Pandora y un tiro a mano limpia reservado para el final entre los dos protagonistas.

Veredicto

Avatar: The Way of Water posee un deslumbrante arte cinematográfico que se exhibe en cada uno de sus cuadros, y es claramente una vertiginosa demostración de que los nuevos trucos de Cameron y compañía se han perfeccionado para dar vida a nuevos rincones de su mundo de fantasía azul. Sin embargo, una vez más la historia que eligen contar se siente anodina y formulada de lazos familiares, guerras y ambientalismo cursi que no son lo suficientemente emotivos como para conmover, ni tienen el suficiente trasfondo como para inspirar. Hay una especie de naturaleza anticuada en la narración que exalta a una familia que se mantiene unida contra un mal indescriptible. Se trata de una fórmula que ha reproducido algunos grandes éxitos del cine, pero en el caso de Avatar: The Way of Water, no termina por funcionar.

Queda también, la esperanza de que con un videojuego en camino para 2023 desarrollado por Ubisoft, y con la promesa de que Avatar tendrá al menos un par de películas más, los personajes por fin puedan encontrar el tiempo en pantalla para consolidar sus historias. De la hermosa Pandora ya hemos visto mucho, y sabemos que es realmente majestuosa, ahora me interesa conocer a fondo la historia de alguno de sus habitantes.

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