Una cinta con ideas interesantes y de gran impacto visual que, al tratar de abarcar demasiado, pierde de vista algunas de sus virtudes más esenciales.

José Antonio Bayona saltó a la luz pública con El Orfanato, una película de horror con elementos de drama familiar producida por el gran Guillermo del Toro. Después, hizo esa peculiar película de supervivencia familiar, The Imposible, que ha causado reacciones diversas a pesar de las sólidas actuaciones y el serio trabajo de dirección de Bayona. Ahora, cinco años más tarde, el director español vuelve a sacar una cinta que mezcla elementos de horror y fantasía, de realismo crudo y de ese drama familiar que tanto lo caracteriza.

En A Monster Calls, Bayona retoma un libro de Patrick Ness con enorme respeto y fidelidad dándole, sin embargo, un sello propio y visualmente distintivo. El resultado es, ciertamente, hermoso. Sin embargo, al adaptar la ficción de Ness, Bayona también olvida importantes detalles en la construcción de los personajes originales para intentar enmarcar una trama íntima en un canon mítico. Esta ambición es lo que hace de esta película una cinta tan intrigante. Esta ambición es, también, el máximo pecado de una adaptación que pudo ser genial y que sólo resulta en un bello experimento.

Una premisa conocida

A Monster Calls está basada en un libro para niños y jóvenes publicado en 2011. El libro fue escrito por Patrick Ness y está basado en una idea original de Siobhan Dowd, prolífica autora de literatura juvenil que murió, a los 47 años, de cáncer de mama. Antes de fallecer, Dowd pensó en un libro sobre un adolescente que acepta, progresivamente, la enfermedad terminal de su madre. Después de la muerte de Dowd, un contacto editorial pasó la historia a Ness que la plasmó en papel para recibir importantes premios en Reino Unido. El autor escribió que la autora original “tenía los personajes, la premisa y el principio. Lo que no tuvo fue el tiempo.” Ésta es, entonces, desde su concepción, una historia sobre el tiempo. Es la historia de “un niño demasiado joven para ser un hombre y demasiado viejo para ser un niño”, la historia de una enfermedad y la historia de un monstruo que narra historias.

Conor O’Maley vive en un pequeño pueblo. Desde la ventana de su casa puede ver un gran árbol de tejo, un cementerio y una iglesia. Conor hace lo que todos los niños hacen: dibuja, va a la escuela, escucha música. Pero Conor no es como los otros niños. Su madre se está muriendo y todos los saben: los demás alumnos lo ignoran en la escuela, los que no lo ignoran lo bullean, los maestros le dan todo tipo de concesiones, la gente se apiada de él constantemente… Conor no se siente como un niño normal porque todo le recuerda que su madre se está muriendo y que este proceso tan difícil sólo termina con el comienzo de lo malo: la vida en soledad, lejos de un padre que lo abandonó por otra familia y cerca de una abuela rígida y fría; la vida sin su madre, sin su cuarto, sin sus cosas, sin su vida.

Es la historia de “un niño demasiado joven para ser un hombre y demasiado viejo para ser un niño”, la historia de una enfermedad y la historia de un monstruo que narra historias.

Todo parece ir de mal en peor para Conor. Tiene pesadillas en las que trata de rescatar a su madre de un abismo que se abre, repentinamente, a sus pies. Le toma la mano, trata de salvarla, pero ella termina cayendo y él despierta, aterrado, en llanto. De pronto, además de su pesadilla recurrente, Conor recibe la visita de un monstruo que sale, por las noches, del árbol de tejo junto al cementerio. El árbol le cuenta historias y le exige, al término de tres narraciones, que él hable la verdad de su pesadilla; una verdad que esconde mucho más de lo que Conor quiere admitir…

Como pueden leer, la premisa de la cinta toma muchas cosas de muchos lados. Ésta no es la primera vez que leemos un libro o vemos una película en la que la fantasía se inmiscuye en la vida real para hacerla más llevadera, para enseñarnos una lección o para darnos el ejemplo de una vida insigne que puede guiarnos. Es la forma clásica de lo que llaman low fantasy, es decir, un escenario de fantasía que se inserta, sin dar explicaciones, en un universo realista. Es el caso, por ejemplo, de Pinocho o The Green Mile de Stephen King. Pero también, temáticamente, aquí aparece el tema de la fantasía que salva a un protagonista atormentado de una realidad cruel. Es lo que fundamenta, por ejemplo, El Laberinto del Fauno de Del Toro, The Little Princess de Alfonso Cuarón o Brazil y Tideland de Terry Gilliam.

A diferencia de estos ejemplos, en A Monster Calls, la fantasía no sirve, necesariamente, como un escape de la realidad. La presencia del monstruo (que se basa, a su vez, en el tema fantástico del monstruo amigable de Frankenstein, Harry and the Hendersons o The BFG) es algo inexplicablemente cercano a la realidad. Porque el monstruo aquí aparece como la presencia oculta de un mítico psicoanalista que le enseña a Conor a admitir miedos de culpa y pensamientos impensables que se esconden en su atormentado inconsciente.

El monstruo le enseña, a través de sus narraciones, que no todas las historias tiene un malo y un bueno; que no todas las historias son justas; que no todos los finales necesarios son felices.

Así, la relación del niño con el monstruo es la de un alumbramiento: a través de diferentes historias y experiencias que se acercan cada vez más a confrontar el momento esperado de la muerte de la madre, el niño aprende a olvidar la culpa fundamental que lo paraliza y lo aterra. Esta culpa que alimenta sus pesadillas es un sentimiento muy humano: Conor quiere que se acabe el proceso, quiere que su madre muera para no sufrir la esperanza siempre alimentada y fútil de que otra medicina pueda salvarla. Al admitir que teme el desenlace pero que sufre, en el presente, de la incertidumbre, Conor puede aprender a desprenderse. Y la función de las historias del monstruo son las de alumbrar, justamente, esta admisión, este desprendimiento, en el niño.

El monstruo le enseña, a través de sus narraciones, que no todas las historias tiene un malo y un bueno; que no todas las historias son justas; que no todos los finales necesarios son felices. Paralelamente, esta enseñanza se teje sobre la idea de que los mitos –o las historias que se comportan como animales salvajes– no son sencillos de interpretar y que su enseñanza es, tal vez, la enseñanza de una complejidad, y nunca de una solución. Es por eso que esta historia no es una fábula, a pesar de que, sin duda, alecciona. La moraleja de A Monster Calls es más una enseñanza de psicología popular aplicada al duelo. Porque esta historia no habla de lo correcto o lo incorrecto sino de la abstracta línea que los separa: básicamente, enseña que se le puede desear lo peor a alguien por amor.

La reinterpretación mítica de Bayona

El elemento de psicología popular funciona aquí de la forma en que Joseph Campbell lo aplicaba para explicar viejos mitos. La idea es que los mitos cumplen, en muchas culturas, una función terapéutica: enseñan los caminos inexplicables del universo, acercan el misterio de nuestra existencia sin resolverlo, nos hacen sentirnos más cerca de lo incomprensible que nos rodea. En particular, por ejemplo, en el hermoso documental de PBS en el que Campbell discute la mortalidad a dos años de su propia muerte, el famoso mitólogo hablaba de la forma en que los mitos le han ayudado a aceptar su propia fugacidad.

Aquí, las historias del monstruo se enfrentan a una cierta moral como se enfrentan en ellas el apotecario y el pastor, como se encuadran, en la mente del niño y en su ventana, en su dibujo y en sus sueños, el milenario árbol de tejo y la iglesia, esas dos enormidades de significado mítico que vigilan a los muertos en el camposanto que los separa. Las historias del gigante, como los mitos en la lectura de Campbell, están ahí para aceptar la complejidad humana y mostrarnos que no siempre es evidente la moralidad, la culpa y la necesidad de castigo tan típicamente judeocristianas. Por un lado se encuentra, entonces, la sabiduría ancestral de una cosmovisión olvidada, del otro la culpa siempre apremiante de la iglesia. Pero el monstruo es mucho más que el viejo recuerdo de consuelos míticos.

En la interpretación de Bayona, que añade un epílogo al final del libro de Ness, es la madre quien guía y despierta al monstruo a través del llamado inconsciente del niño; es ella que monta sobre el hombro del gigante, susurrándole al oído; es ella la que invoca el poder de la ficción, desde pequeña, en el diario de dibujos. En el llamado de la madre se mezclan Gulliver, Moby Dick, Frodo luchando contra Ella-Laraña y las historias del monstruo. Y es en este llamado que la madre comparte un vínculo único con el hijo, que puede hablarle sin hablar, que puede escucharlo sin que él tenga que decir nada.

La madre lo aterra y le da esperanza, es una estructura invencible y frágil, es quien le ayuda, finalmente, a aceptar lo inevitable del enojo, el dolor, la violencia y la fatalidad.

La madre lo aterra y le da esperanza, es una estructura invencible y frágil, es quien le ayuda, finalmente, a aceptar lo inevitable del enojo, el dolor, la violencia y la fatalidad. Cuando, al final de la cinta, la madre le dice que no necesita decirle nada, que todo lo sabe, que rompa cosas, que exprese su ira, que está bien estar enojado con la injusticia de lo natural, se entiende el epílogo de Bayona como una interpretación: el monstruo es una representación amorosa del perdón de la madre hacia el hijo que, en sueños, deseó su muerte. Es la madre que entiende, compasivamente, el lugar terrible del hijo al que abandona a pesar de ella.

Aquí no hay dos monstruos, como en el libro, no existe el monstruo de la enfermedad y el monstruo de las historias. El monstruo aquí es justicia e injusticia; es enseñanza y enigma; es muerte y vida; es un dibujo, un sueño y la realidad; es el cáncer y es la cura. El monstruo es la compasión sabia de una madre que, al partir, quiere librar de culpas imputadas a su hijo y, de paso, dar una lección: Conor tiene que aceptar que su abuela no es necesariamente mala, que su padre no lo abandonó por falta de cariño, que ella no lo deja por elección o por la injusticia de los dioses.

Así, se teje una historia íntima con pretensiones más universales que las del libro. La novela corta habla de un caso sin explicaciones, de una culpa que se libera a través de un contacto fantástico inexplicable. En la cinta de Bayona, en cambio se invoca el poder del mito en el marco de tantas ficciones, de Melville y de Tolkien, para tratar de colocar la historia de este niño en el enorme canon de los mitos que nos enseñan algo sobre la complejidad del mundo. En este sentido, a pesar de hacer un poderoso cuento de la relación culposa de una madre con su hijo, Bayona trata de alcanzar una universalidad diferente de la del libro. Y ahí es donde, tal vez, encontramos las debilidades de esta cinta.

La tragedia original

En A Monster Calls Bayona intentó, claramente, expandir el universo del libro según una interpretación propia. El epílogo de la película, que no aparece en el libro, muestra bien esta intención: el director español quiso llevar más lejos su historia, quiso expandirla al registro universal, quiso portar la anécdota íntima del libro a una reflexión más amplia sobre la ficción. Al hacer esto, Bayona perdió la oportunidad de dar una lección sin aleccionar, de contar una historia de alcance poderoso sin pretender guardarla en las míticas filas de Melville, Tolkien o Jonathan Swift. Porque, en origen, las intenciones del libro son muchísimo menos universalizantes y ahí reside, justamente, su profundo poder.

La novela corta de Patrick Ness tiene el amplio marco de low fiction que se explota de manera hermosa en la adaptación de Bayona: ahí está la presencia inexplicable del monstruo, las historias llenas de fantasía, las coincidencias ominosas de las horas que pasan y el inevitable final. Pero también hay un trasfondo de realismo crudo que el escritor explota mucho más que su contraparte en la versión fílmica. Porque la novela no olvida nunca que la fantasía acude a este niño, que el monstruo lo visita, como una reacción, entre muchas otras, a la enfermedad de su madre.

El monstruo terapéutico viene como una contraparte a otras reacciones: Conor está mancillado por una enfermedad ajena, sobre la que no tiene ningún tipo de injerencia; una enfermedad que, al destruir a su madre, destruye también sus relaciones con el mundo. Cuando una niña, que siempre fue su amiga, cuenta, en el terrible patio de primaria, que la madre de Conor está terminalmente enferma, la vida de este niño cambia radicalmente. Los demás niños lo aíslan, instintivamente, porque no saben cómo tratar con una tragedia que parece contagiosa. Las reacciones de otros compañeros es diametralmente opuesta: lo bullean, lo golpean, lo amedrentan para conjurar el miedo y la ansiedad que les produce su presencia.

En A Monster Calls Bayona intentó, claramente, expandir el universo del libro según una interpretación propia.

En el retrato de esta mancilla, en el punto cúspide de esta distinción que vuelve a Conor tan infamemente distinto, están los maestros, padres y directores de escuela. Porque los adultos no saben cómo tratar con él mejor que los niños: todos le ofrecen pláticas serias y una absoluta relajación de cualquier tipo de medidas disciplinarias; todos, al querer ser compasivos y comprensivos, aíslan más a un niño que vive todo como anormalidad y estado de excepción. Por más que olvide tareas, por más que falle en exámenes, por más que destruya preciosos relojes antiguos, Conor nunca será castigado. Y ahí está el punto crucial de la historia. Este niño tan aislado, que sufre tanto la distancia de todos, no puede regresar a una vida normal mientras todos lo traten con lástima condescendiente.

Dentro de la novela, todo el sufrimiento de Conor se encuentra en este círculo vicioso. La tercera historia, aquella que habla de un hombre invisible, aquella que termina con el protagonista mandando al hospital a su bully, es una consecuencia natural de este desgaste emocional. Porque Conor no puede soportar que su única fuente de castigo desaparezca como si nada, no puede soportar que Harry comprenda su necesidad constante de castigo y se la niegue; porque la máxima tortura de Conor es la tortura interna de saberse poco merecedor de lástima y compasión, de sentirse responsable de la próxima muerte del ser que más quiere, de calcular, de antemano, que no habrá consecuencias a sus acciones más terribles porque nadie tiene el valor de castigarlo.

Este círculo vicioso de la mancilla que tan exactamente se representa en el libro, no se proyecta de la misma manera en la cinta. Porque Bayona prefiere privilegiar el aspecto fantástico y trascendente de la historia en vez de enfocarse, de manera más meticulosa, en la dolorosa cotidianeidad de Conor. Un ejemplo perfecto de esto es que, en la cinta, los episodios de bullying no están directamente relacionados con la enfermedad de la madre. La novela específicamente explica que Harry y sus compinches empiezan a bullear a Conor después del cáncer de su madre y como reacción específica a esta tragedia. Al obviar este detalle, los episodios de acoso escolar parecen ser un problema añadido a las ya constantes y enormes preocupaciones de Conor. Pero, en verdad, los bullys son un paso necesario hacia el alumbramiento de la culpa de Conor y no un simple añadido a su desgracia personal.

Bayona prefiere privilegiar el aspecto fantástico y trascendente de la historia en vez de enfocarse, de manera más meticulosa, en la dolorosa cotidianeidad de Conor.

También, observando las mismas diferencias, encontramos que, en la cinta, no existe el personaje de la amiga, esa compañera cercana que lo traiciona al contar a todos el estado de salud de su madre; esa amiga que, sin embargo, sigue siendo una de las únicas personas para las que Conor no es invisible. Todas estas relaciones desaparecen en una película que se enfoca mucho más en las aventuras fantásticas de Conor. Y, en realidad, al obviar las razones de la culpa de Conor, de su aislamiento, de su frustración, se pierde algo del impacto original de la trama: al querer abarcar con ella aspectos universales, Bayona dejó escapar la intimidad única de una historia de tragedia profundamente personal.

Claro, todo esto no hace de A Monster Calls una mala película. Por el contrario, creo que ésta es una buena cinta que trata apasionadamente y con un ángulo nuevo un viejo tropo repetido hasta el cansancio en el cine occidental. Si las historias son, como dice el monstruo, animales salvajes que pueden tener comportamientos absolutamente arbitrarios y moverse hacia lugares inesperados, esta historia parece llegar a un lugar esperado, conocido y evidente. La universalidad que quiere lograr Bayona le quita, además, algo de la originalidad que una trama intimista hubiera podido lograr. Igual, independientemente de cualquier decepción particular, no podemos dejar de decir que esta historia domesticada, esta historia cerrada a sus pretensiones es, sin embargo, una historia hermosamente contada.

Lo bueno
  • La gran actuación de voz de Liam Neeson como el monstruo.
  • Las enormes actuaciones de Felicity Jones, Sigourney Weaver y el joven talento Lewis MacDougall.
  • Las increíblemente bellas secuencias animadas basadas en el movimiento de la acuarela sobre el papel.
  • La espectacular fotografía.
  • La creación narrativa perfectamente llevada de la trama.
  • La dirección meticulosa de Bayona.
  • El lujo visual de los movimientos de cámara virtuosos.
Lo malo
  • El giro universal que quiso darle Bayona a una historia íntima.
  • Que se pierde algo del impacto crudo y real de la novela en la adaptación.
  • Que la cinta parece repetir viejos tropos cansados.
  • Que, por su tema, no se considere adecuada para niños.
Veredicto

A pesar de no salir en los créditos, Liam Neeson aparece como el abuelo de Connor en una fotografía; ese mismo abuelo que le heredó el King Kong de los años treinta y que tanto extraña la madre. La figura de este personaje ausente es también una peculiaridad de la película que nos muestra lo que Bayona quiso decir: las voces de enormes figuras literarias se mezclan, en cada uno, con las enseñanzas heredadas de generación en generación. El monstruo es así la madre y el abuelo, es algo nuevo y es, también, el más viejo King Kong, aberración amorosa. Así, en honor a ese viejo simio que murió en el Empire State, Bayona quiere transmitir su propia versión del monstruo amigable, de la historia con dos vertientes, del miedo a lo desconocido y de la soledad en la diferencia: lo que carece este planteamiento en originalidad, lo gana en corazón, proezas técnicas y, sobre todo, una ambición honesta y transparente.

Bayona logra, en A Monster Calls, afirmar un estilo visual único. Con un enorme respeto a las ilustraciones de Jim Kay y la intromisión de hermosas animaciones, esta cinta muestra una valentía innovadora que sale muy bien parada. Y, sobre todo, hay que resaltar la increíble capacidad de este director para elegir entre una amplia variedad de encuadres que sirven, con lujo visual, a los distintos propósitos de la historia. Así, con una cinematografía deslumbrante, actuaciones impecables y una dirección precisa, la cinta es una historia impecablemente realizada. Los problemas a los que se enfrenta están, más bien, del lado de la trama. Porque, en su reinterpretación de la historia, Bayona quiso expandir un universo que funcionaba mucho mejor en el registro íntimo de la novela. Con todo, ésta es una cinta peculiar que debe verse con espíritu amplio y sentimientos a flor de piel: el drama de la realidad nunca es tan apremiante como cuando la fantasía viene a vernos.

https://www.youtube.com/watch?v=WMgm20Di9Wg

Título: A Monster Calls.

Duración: 108 min.

Director: J. A. Bayona.

Elenco: Lewis MacDougall, Sigourney Weaver, Felicity Jones, Liam Neeson, Toby Kebbell.

País: España, Reino Unidos, Estados Unidos.

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