Nadie lo puede negar, la película 300 de Zack Snyder fue un hito cultural. Ya sea que se le considere por su esplendor visual, por la innovadora técnica de traducción del cómic que ya se había adelantado en Sin City con las omnipresentes pantallas verdes, por toda la polémica que trajo la adaptación a una novela gráfica clásica o simplemente porque les tocó, en la época, soportar los gritos de algún grupo lleno de testosterona y alcohol. Sí, el “AU! AU! AU!” se convirtió en una extraña plaga.

En todo caso, quedó la cinta grabada en la memoria de un amplio público que respondió en taquillas, alabanzas y críticas. Tal vez las últimas fueran las más intensas e insistentes: que esto no era más que un carnaval de hombres semidesnudos bañados en sangre, que si era más bien un video musical largo, o que, de plano, la adaptación y el cómic tenían un mensaje muy americano de libertad, heroísmo y virilidad ridícula. En otro momento, pienso dar mi opinión sobre los logros y decepciones de esta adaptación a la novela gráfica, ahora sólo me interesa como preludio para hablar de la secuela, 300: Rise of an Empire, que recientemente se estrenó en nuestro país y de la forma en que retoma a su recordada primera parte.

¿Más de lo mismo?

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Es necesario pensar en la película del 2006 porque en la más reciente producción, dirigida esta vez por un poco conocido Noam Murro, se repiten algunos de los mismos patrones de errores y aciertos. Volvemos al mismo lujo visual con una filmación completamente recreada en una trabajosa postproducción que convierte en estética espectacular peleas en mar y tierra sobre fondos verdes. Los mismo principios se mantuvieron sin que hubiera demasiado injerencia de nuevos medios, ni mucha voluntad de cambiar el camino adoptado por la cinta anterior. En cierto sentido, esto se agradece. No nada más porque sirve para crear un hilo conductor mucho más sólido entre cintas, sino porque no se dejaron llevar demasiado por las tentaciones del 3D. Bueno, es un decir: la cinta sí gira en torno a los acercamientos brutales de las batallas y a ciertos mecanismos recurrentes de saltos y sobresaltos que quedan tan adecuados a este formato comprendido por las necesidades del blockbuster hollywoodense. Sin embargo, esto no llega al extremo de pervertir completamente la cinta para únicamente salpicar la pantalla de sangre: volvemos a encontrar los fondos espectaculares de una naturaleza tratada al punto de lo artificial que tanto habían servido en la primera para calcar los dibujos de Miller y el color de Varley; volvemos también a los cambios de ritmo coreográfico en la batalla entre cámara lenta y aceleración violenta; y regresamos sin duda a los mismos montajes impresionantes en donde las bambalinas se roban la atención de los primeros planos.

Así, se retoma el hilo de la historia anterior y regresan muchos de sus personajes principales: la reina Gorgo, el hábil narrador Dalios, el jorobado traidor e incluso algunas apariciones rápidas de Leónidas y sus fieles 300. A pesar de esta pervivencia de la primera cinta, del regreso de la violencia, la sexualidad cruda y los discursos épicos, es tal vez el mayor acierto de la cinta el no abusar de un regreso narrativo trillado. No se trata entonces propiamente ni de una secuela ni de una precuela, sino de una nueva historia que se despliega antes, durante y después de los eventos retratados en la primera película. Y tal vez debamos de agradecerle a la novela gráfica por ello. Digo, es imposible saberlo aún con certeza porque Miller ha retrasado la publicación de la serie Xerxes en que se basa esta película. Sin embargo, podemos ya suponer que la innovación narrativa en la forma de contar esta nueva historia mucho tiene que ver con la libertad habitual que encontramos en las novelas gráficas: éste sigue siendo un reino de creación en el que las convenciones pueden quebrarse por el bien de lo insólito. Hollywood, en cambio, sufre de la repetición mecánica de patrones narrativos previsibles y funcionales: podemos ver el riesgo de la traducción en el final de Watchmen de Snyder.

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En cualquier caso, esta cinta sorprende por la forma orgánica en que retoma los acontecimientos de la película anterior sin realmente necesitarlos. No abusa en referencias e intenta labrar su propio camino narrativo alrededor del nuevo personaje central. En esta ocasión la cinta gira en torno al general ateniense Temístocles que lidera las fuerzas de Grecia en los enfrentamientos con los persas desde Maratón hasta la derrota de Xerxes en Salamina. La cinta pasa entonces por un trayecto de más de diez años y cuenta los pormenores de otra parte de la guerra Médica: la defensa marítima contra los invasores, la caída de Atenas y la victoria griega final. Lo interesante, narrativamente hablando, es que las películas se complementan sin necesitarse. Y esto es un verdadero logro considerando, en general, la dependencia de las franquicias y su terrible tendencia a abusar de logros anteriores.

El poder de la seducción y la seducción del poder

Por otra parte, en el personaje de Temístocles y en la tensión con su contraparte persa (Eva Green) encontramos la misma fascinación histórica que mostraba la cinta anterior. No se trata, en ningún caso de una fascinación por la realidad o referencialidad, si se prefiere, sino por los dramas comunes, las historias mínimas e insondables que provocan los grandes acontecimientos históricos. En eso, Miller siempre estuvo más cerca de la novela histórica, de la biografía y sus supuestos, que de la historia como tal: de ahí que sean incomprensibles las críticas que se le hacen por su retrato de personajes históricos que sólo se recrean aquí en la ficción. No importa tanto, nuevamente, lo relatado por Heródoto ni lo que se reconstruyó posteriormente sobre las ocurrencias reales, sino la forma novelesca en que se proponen las motivaciones íntimas, ficcionales de personajes históricos: la locura guerrera de Leónidas en la primera se responde aquí con la inteligencia militar y abnegación de Temístocles. No es una clase de Historia, sino un relato interesante. En esta entrega es central entonces la escena de confrontación, seducción y sexo violento entre el general griego y la comandante persa. No nada más por la tremenda belleza de una de las chicas Bond más discretas y reales, sino porque la historia, considerada desde la cinta como la importancia de pequeños eventos que modelarán los siglos a venir, gira en torno a pequeños celos, enfrentamientos y seducciones. El viejo cuento de la calentura que destruye imperios, de la frustración que eleva conquistadores.

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La película es entonces la ampliación al grado de fundación histórica de una seducción trabada entre dos personajes comandando dos armadas. Desde el principio de la cinta, se tejen las dos historias paralelas de los protagonistas que despuntan de la lucha entre pueblos, reyes y democracias. No por nada la comandante persa se llama Artemisia, como si toda la batalla de Artemisio se redujera a su figura. Las pequeñas victorias griegas, su derrota momentánea y el importantísimo triunfo de Salamina se calcan entonces sobre el coqueteo de Temístocles con su contraparte persa: cada victoria, cada derrota, son un acercamiento carnal que se reproduce sobre la escena central del encuentro sexual violento.

Hasta ese punto, Miller no nada más sortea las críticas que se le hicieron sobre la falsedad histórica de sus recreaciones ficticias sino que la subvierte. Parece decir entonces, a todo pulmón y con renovada injundia ¿qué tal que todo esto, tan importante históricamente, fuera un tremendo coqueteo entre sexo, poder y violencia? La propuesta es ciertamente tentadora. El problema que encuentro en la película es totalmente distinto y a la vez el mismo. En un punto me parece, y esto se podrá comentar en algún otro lugar, que Miller se quiso disculpar. Las críticas que le llovieron desde la salida de su novela hasta la película de Snyder no fueron, en lo absoluto, clementes. Y tal vez, en algún momento, Miller se sintió obligado a redimirse. De nuevo, nada se puede suponer con más certeza hasta que salga la novela gráfica de Xerxes. Aun así, puedo aventurar mi hipótesis. Entre la criticada homofobia de los espartanos y la feminidad de Xerxes, toda una serie de recriminaciones se le imputaron a Miller y al director de 300. La cosa es que aquí parece como si hubieran querido disculparse cuando los atenienses regresan los insultos homofóbicos a los espartanos al mismo tiempo que demuestran su importancia guerrera; y cuando se contrapone la visión de un Xerxes amanerado con la virilidad de su padre Darío, un trasfondo mítico para justificar su aspecto y la brutalidad de la comandante Artemisa.

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La película, finalmente, cumple su propósito, revive la franquicia, divierte y propone una visión que no se ciñe a las terribles fallas narrativas de otras secuelas. Las batallas quedan espectacularmente coreografiadas, la propuesta de una historia íntima resulta siempre interesante, y Eva Green es una presencia imponente y seductora que la mantiene. Sin embargo, en este mismo esfuerzo, la cinta dejó ir la oportunidad de continuar sus relatos de propaganda guerrera y la posibilidad de delegar todas las críticas a un narrador inmiscuido por los hechos. En esto, parece que Miller se estuviera disculpando de la manera menos elegante, parchando algunas de las cuestiones que más se criticaron y dejando ir la invaluable ocasión de enmudecerlas desde la forma narrativa. Espero con ansia la novela gráfica para ratificar mis opiniones pero, mientras tanto, no es la falta de elaboración de los personajes atenienses, ni la repetida fórmula épica, ni los discursos, ni el mensaje lo que me puede doler al ver esta cinta atinada en otras cosas, sino la terrible intuición, que muchos venimos teniendo desde hace cierto tiempo, que tal vez Frank Miller esté acercándose a su propio agotamiento.

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Título: 300: Rise of an Empire

Duración: 102 min.

Fecha de estreno: 7 de marzo de 2014

Director: Noam Murro

País: Estados Unidos

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