La anticipada secuela –o “secuela espiritual” como le gusta decir a J. J. Abrams– de Cloverfield por fin llegó. Pero, ¿qué relación tiene con la primera película? ¿Cuáles son sus méritos? ¿Cuáles son sus desventajas?

Desde que salió Cloverfield (2008) en una época en la que un giro imaginativo al asunto del found-footage fue bastante agradecido, nos quedamos con muchísimas dudas sobre qué era exactamente esa cosa que atacó Nueva York con monstruos miniaturas y toda la ira necesaria de una buena y sincera adaptación estadounidense a la temática Kaiju. Por supuesto, lo que funcionó tanto en esta película, desde su concepción, era esa visión mercadológica única de J. J. Abrams que suelta pequeños pedazos de información en tráilers y medios expandidos sin nuca decirte realmente qué está pasando. Exactamente lo que hizo con Lost o, después, con  Super 8 (2011) (película que, por un momento, parecía una cinta de horror extraterrestre y que acabó mostrándose como un homenaje sentido a los encuentros del tercer y cuarto tipo de Spielberg en melcocha familiar). Ahora, con 10 Cloverfield Lane encontramos la misma anticipación con un título que relacionaba esta nueva entrega a la original película de Drew Goddard y Matt Reeves, mientras nos distraía de los monstruos gigantes con un tráiler increíblemente bien hecho en el que sólo vemos el interior de un extraño búnker.

Así que sí, fuera de los terribles últimos pósters y tráilers que revelaron más de lo que normalmente Abrams acostumbra, nuestra anticipación por ver esta película y por fin contar con algunas respuestas al misterio anterior era enorme. Ahora nos toca comentarla a fondo y, para eso, es necesario llenar esta reseña de los tan odiados SPOILERS. Como esta película es, por su construcción narrativa, una peculiar entrega de suspenso y falsas pistas, es muy importante mencionarlo: si no la han visto y quieren disfrutarla en todo su impacto, vayan a verla y regresen después a comentarla con nosotros. Bajo advertencia no hay engaño y aquí les dejamos nuestra sincera opinión sobre una de las cintas más esperadas y mejor ocultas de este año.

Los orígenes

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Desde hace ya cuatro años, John Campbell y Matt Stuecken habían trabajado en un guión original que llamó la atención de varias grandes casas productoras en Hollywood. La idea se llamaba The Cellar y contaba la historia de una mujer que despertaba confinada en un bunker y tenía que lidiar con un psicópata extraño entre paranoias y un falso sentido de seguridad hasta que, librándose de su captor, encuentra que todas las locuras de su poco agraciado anfitrión eran verdad y que su ciudad natal de Chicago estaba en ruinas. El guión fue comprado por una rama de películas de bajo presupuesto de Paramount y la productora de J. J. Abrams, Bad Robot. De ahí nació la idea de juntar la interesante premisa del guión original con la espina clavada que tenían, desde hace casi diez años, Abrams, Reeves y Goddard de hacer una secuela a su misteriosa Cloverfield.

La idea se puso en marcha con la ayuda de la reescritura del talentoso Damien Chazelle (Whiplash) que entró a cambiar el guión original para adentrarlo al universo de la cinta del 2008. Pero ahí también empezaron las dudas. El director designado para llevar a cabo el proyecto insistió sobre el asunto de que no, en realidad, no se trataba del mismo universo y de que el término cloverfield es más bien un principio de franquicia para una serie de películas que trataran temas más o menos similares sin necesariamente tener relación narrativa entre ellas. Al mismo tiempo, como bien sabemos, Abrams nos la vendió como una continuación y los guiños a Cloverfield parecen tambalearse entre todas las incertidumbres que también nos deja esta cinta. Así que sí, finalmente, podemos interpretar 10 Cloverfield Lane de dos maneras: como una secuela de Cloverfield en otro lugar y otro momento de Estados Unidos; o bien como una parte más en una antología que no comparte nada con la película original salvo el nombre de una calle que, por pura coincidencia, aparece por ahí.

De cualquier manera, si tomamos alguno de estos caminos interpretativos, nos quedan muchísimas cosas que comentar. En 10 Cloverfield Lane se siente verdaderamente la división de una película que fue reescrita para guardar celosamente el secreto de su final. Así, la cinta se divide en dos partes claras que necesitan de un comentario separado: toda la película, por un lado, hasta que el personaje de Mary Elizabeth Winstead (Ramona Flowers en Scott Pilgrim vs the World) sale del bunker, por un lado; y los polémicos últimos diez minutos de acción alocada, por el otro. Entre las divergencias interpretativas del final y la separación de esta cinta en dos partes desiguales, tenemos que empezar con lo primero, con aquello que le dio tantas buenas reseñas alrededor del mundo, con esa visión tan bien lograda del encierro, del poder y de la miseria humana en la claustrofóbica construcción inicial de la cinta.

Una visión oscura sobre el poder y la seguridad

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Si alguna vez vieron The Divide (2012) sabrán de lo que estoy hablando: se puede lograr mucho con un corto presupuesto, el encierro en un bunker y la paranoia de un apocalipsis incierto. La primera parte de 10 Cloverfield Lane toma mucho de la premisa de esa cinta sin caer en sus peores tropiezos: la película reposa en la enorme calidad de las actuaciones y nunca te deja suponer un desenlace evidente. Claro, todos los que habíamos seguido con pasión las posibles especulaciones después de Cloverfield sentíamos que los guiños iban creciendo y que las menciones a “gusanos mutantes alienígenas” no eran, en lo absoluto, casualidades. De cualquier forma, esperáramos o no a los aliens del final, esta primera parte logra cultivar a sus personajes de manera gloriosa, siempre con la perspectiva de la única chica inocente y el latente peligro de los otros dos hombres. Mientras comienza a revelarse la naturaleza afable y empática del personaje de John Gallager Jr., John Goodman logra una de sus mejores actuaciones oscilando entre la ternura, la sensación de protección y la siempre presente amenaza de algún profundo trastorno mental.

Al desarrollar pacientemente la premisa del bunker, el director Dan Trachtenberg, de la mano de un grandioso soundtrack y las composiciones grandilocuentes del aclamado Bear McCreary (Battlestar Galactica, The Walking Dead), acumula la tensión con inventividad y soltura. Se intercalan los momentos de optimismo y relajación de humor negro con la incesante presencia del peligro y momentos francamente aterradores. Basta pensar en la escena de la vecina desesperada que asegura “solo haber sido rozada” para preguntarnos qué demonios está pasando afuera del paraíso endeble en el que se encuentran encerrados los personajes. O la simple frase de “si te quedas atascada nadie podrá ir a rescatarte” para hacer de una secuencia en ductos de ventilación un momento de particular claustrofobia en una película que pasa sus primeros 90 minutos en el encierro más absoluto.

Todo este incesante vaivén entre relajación cómica y tensión dramática crea un suspenso inigualable que acumula cuestionamientos. Ya no nada más nos preguntamos sobre los horrores que se encuentran en la superficie sino que estamos pensando constantemente qué es lo que sucede en la cabeza del increíble personaje de John Goodman. Los posibles monstruos de afuera empiezan, poco a poco, a sonar menos aterradores que los cada vez más reales monstruos del encierro. Y claro, fuera de que ésta es la premisa principal de la película para crear una tensión insostenible de peligro en donde el refugio se convierte en una prisión espantosa, se lee detrás de la idea una reflexión contemporánea sobre las paranoias de Estados Unidos en su guerra contra el terrorismo. Después de las revelaciones de Edward Snowden y del increíble aumento de tiroteos domésticos, los vecinos del norte por fin se están preguntando si la falsa sensación de seguridad del interior se equipara con la potencial amenaza de un exterior convertido en mito y dudas.

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Ya no nada más nos preguntamos sobre los horrores que se encuentran en la superficie sino que estamos pensando constantemente qué es lo que sucede en la cabeza del increíble personaje de John Goodman.

Es por eso que funciona finalmente tan bien la manía descubierta del personaje de Goodman: es un padre sobreprotector que, al perder a su hija, se empecina en encontrar –o crear– otras víctimas desprotegidas para resguardarlas de todo mal y jugar a la casita. Como el estado sobreprotector americano que, en su empecinamiento por dejar libre circulación a las armas de fuego y vigilar el más mínimo movimiento de sus ciudadanos, comienza a demostrar que la sensación de seguridad es una fachada que se acerca peligrosamente al totalitarismo (y sí no, pregúntenle a Frank Underwood en el último episodio de House of Cards). Así, la idea paranoica del peligro adentro del refugio es una revelación completamente atinada para crear un giro a la lectura pesimista de la humanidad de The Divide que, por más atinada que sea, sólo se limita a explorar la más profunda maldad de nuestra especie. Aquí la oscuridad del hombre queda matizada por la ternura y la seguridad: un padre sólo quiere salvar a los suyos… aunque esto signifique encarcelarlos, vigilarlos y, finalmente, aniquilarlos por su propia mano. Amor y destrucción son dos caras de la misma moneda.

Muchos de los horrores contemporáneos se almacenan en ese pequeño bunker junto a las latas de conserva y los juegos de mesa: tenemos las manías sobreprotectoras del estado, las paranoias de un terror indefinido, la elección moral imposible de salvar a unos cuantos sacrificando a muchos otros, la tortura psicológica, las patologías del control, el asesinato indiscriminado, los tiros de gracia, el utilitarismo militar y las tan infames pero muy conocidas desapariciones de cadáveres con ácido perclórico. De pronto, la humanidad se encuentra a sí misma en sueños de supervivencia a cataclismos planetarios: una vez que nos salvamos de una hecatombe, debemos enfrentarnos, en otra escala, con los problemas de siempre. El horror humano no se diluye en un grupo de tres personas.

Sin embargo –y aquí está la diferencia principal con The Divide–, 10 Cloverfield Lane no se deja sumir en la desesperación de estas conclusiones terribles. La idea es que, finalmente, el espíritu humano puede más, puede encontrar la unión para superarse, puede lograr cosas increíbles para salvarse y, aun así, abnegar su propia seguridad para correr a socorrer al prójimo. La construcción del personaje de Elizabeth Winstead, con todos sus traumas de infancia e impotencia contenida, se libera finalmente para mostrar a una nueva guerrera que se suma a la causa de la gran batalla humana contra el invasor. Fuera de la sobreprotección y el encierro, la naturaleza del hombre queda representada, al final, como algo imbatible y abnegado, como esa lucha gallarda encarnada en el militar menos esperado que todos llevamos dentro. Y es ahí, en ese optimismo luchón de la humanidad, en donde creo que la película empieza a perder su fuerza. Porque sí, en efecto, me parece que el final polémico de 10 Cloverfield Lane  desperdicia toda la tensión inteligente que había logrado crear para darnos unos minutos de acción que se sienten diminutos frente a la grandeza inicial del planteamiento.

Alguna decepción, algunos clichés

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Estoy de acuerdo, soy un fanático de la ciencia ficción más descabellada, crecí viendo –y disfrutando enormemente– locuras patrióticas sin sentido como Independence Day y, con 10 Cloverfield Lane, fui a ver una película que continua la historia de un monstruo gigante salido de la nada que decapita a la estatua de la libertad para dejar en claro sus intenciones… Así que no puedo decir que me esperaba otra cosa al final de la película. Y, sin embargo, hay algo que me decepcionó en esos últimos diez minutos. Pongamos un escenario reducido de ejemplo: qué tal que, en vez del final alocado que presenciamos, el personaje principal hubiera escapado sin ver nada raro alrededor; después de activar, sin querer, la alarma del coche, se refugia en el cobertizo y encuentra las llaves en el cadáver de la vecina; escucha ruidos afuera pero no ve nada; arranca el coche, tumba el buzón, vemos la dirección, escuchamos el radio con el mensaje de alarma, escoge ir a Houston y, en el cielo nocturno iluminado por un rayo, percibimos de reojo la silueta amenazante de una nave desconocida; corte a negros, fin. Ese hubiera sido un final completamente frustrante en el que nos hubiéramos quedado con las mismas dudas de la película anterior y un elemento más –la nave espacial– que nos alocaría en nuevas predicciones alucinadas.

Pero, en vez de eso, el final de la cinta nos deja en la duda sobre si este universo es el mismo que el de la entrega anterior, nos deja preguntándonos sobre la necesidad obtusa de poner el nombre cloverfield en un buzón relacionándolo con el código militar de la primera película y, para darle algo de sabor a la acción contenida, nos tira una serie de clichés gastados que choquean después de la increíble originalidad de la premisa del bunker. Porque no me pueden decir que todo esto no les pareció familiar: la casa alumbrada por la nave espacial, los tentáculos de un objeto volador medio mecánico, medio orgánico, el ojo escrutiñador son referencia directa a todos las adaptaciones de War of the Worlds; la resolución dudosa de una bomba molotov improvisada con whisky y papel (¿?) en el ojo del invasor como recuerdo del sacrificio del piloto en Independence Day; el mensaje de radio y la resolución guerrera como guiño a todas las películas de invasión marciana o apocalipsis zombi…

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De pronto, no nada más la película se gira hacia una resolución que no apantalla, sino que utiliza muchos elementos que otras películas ya habían explotado con mejores dividendos.

Entonces, de pronto, no nada más la película se gira hacia una resolución que no apantalla, sino que utiliza muchos elementos que otras películas ya habían explotado con mejores dividendos. El asunto es que, después de la reelaboración reflexiva de la premisa de The Divide al principio de la película, después de toda la tensión acumulada, esta pasmosa falta de originalidad inocente puede resultar algo anticlimática. Y no me malentiendan, siempre estoy a favor de ver a alienígenas atacando la Tierra. Pero esta repetición edulcorada de lo mismo no se compara a la genial reinvención del mito Kaiju de Cloverfield. Al final de Monsters (2010) muchos se quejaron de que Gareth Edwards mostrara a los extraterrestres que tanto habían espantado por su ausencia. La diferencia es que los mostró de una manera particularmente original: como los humanos que sólo buscan sobrevivir y, en el camino, encuentran a una pareja para reproducirse, estos alienígenas sólo quieren adaptarse a un nuevo ambiente y tener, ellos mismos, la posibilidad de aparearse. Digan lo que digan, esa idea funciona, al menos, con puntos de originalidad.

Pero aquí el militarismo orgulloso de la especie humana venciendo al invasor suena gastado y soso, el escape final de la protagonista choquea contra la desesperación amorosa que cierra Cloverfield y las preguntas insistentes que nos quedaban desde el 2008 se topan con un muro sordo que ni siquiera logra apabullarnos como lo hizo la explosión nuclear de Manhattan. Con esto no quiero decir que 10 Cloverfield Lane sea una película completamente desperdiciada ni que esos 10 minutos del final no puedan, finalmente, integrarse con cierta dignidad a los anaqueles de la historia de las invasiones espaciales. Pero, como sucedió con Tomorrow Never Dies, hay una increíble sensación de frustración en escalar tan alto un edificio narrativo sólo para aventarse, al final de toda gloria, por una ventana evidente.

Lo bueno
  • El soundtrack y la música original.
  • Las sólidas actuaciones de todo el corto elenco.
  • Como mención aparte la maravillosa presencia de Goodman.
  • La sólida y minuciosa dirección del primerizo director.
  • La increíblemente funcional, tensa y reflexiva primera parte.
  • El perfecto diseño de arte en el bunker.
  • Que muestra la posibilidad de renovar constantemente el cine de género.
  • Que muestra la capacidad de hacer cintas de bajo presupuesto y alto impacto.
  • Que demostró la enorme capacidad de lo no dicho frente al espectáculo, del misterio frente a las resoluciones masticadas.
Lo malo
  • Que toda la construcción narrativa culmina en un final débil.
  • Que las relaciones con la cinta anterior son confusas –en el mal sentido de la palabra–.
  • Que no supo explotar la originalidad que la caracterizó en un principio.
  • Que tomó de forma sosa varios clichés del género después de querer renovarlo.
  • Que puede dar pie a terriblemente malas secuelas si se opta por la premisa militar (como en Monsters: Dark Continent).
Veredicto

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Esta película tiene inmensos logros: es una idea muy original que logró conservar el misterio de su premisa para continuar los éxitos mercadológicos del enorme espíritu geek de Abrams. El final queda abierto para las múltiples interpretaciones de todos y, entre la indecisión sobre si es o no es una secuela, para algunos puede resultar en una experiencia satisfactoria mientras que para otros, en los que me incluyo, puede mostrarse como un buen intento de final anticlimático. En cualquier caso, espero que esto no dé pie a convertir al personaje de Elizabeth Winstead en una nueva Alice para locuras de franquicias que substituyen zombis por extraterrestres mientras continúan los éxitos taquilleros de las terribles adaptaciones de Resident Evil. Esta cinta, entre todas las posibles decepciones de su final, muestra que todavía se pueden renovar los géneros desde Hollywood y que las producciones de presupuestos humildes pueden sorprender al público acostumbrado a las fórmulas ganadoras que se repiten al ritmo de la moda. Esperando lo que seguirá, 10 Cloverfield Lane queda grabada para la posteridad como un intento digno que desaprovechó, finalmente, el increíble misterio que le dio vida; una cinta original que se diluyó en clichés; una renovación de género que pudo ser grandiosa y que se limitó a despedirse con algunos fuegos artificiales de mecha larga y poca iluminación.

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Título: 10 Cloverfield Lane.

Duración: 103 min.

Fecha de estreno: 15 de abril de 2016..

Director: Dan Trachtenberg.

Elenco: John Goodman, Mary Elizabeth Winstead, John Gallagher, Jr.

País: Estados Unidos.

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