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Nací para conocerte: Kaworu Nagisa y la otredad

Kaworu es uno de los personajes que más peso tienen en la historia de Shinji y que construyen con mayor certeza el significado de Evangelion.

Hay personas cuya llegada parece alterar el tiempo. No porque realmente hayan estado esperándonos desde antes de que supiéramos sus nombres, ni porque exista alguna arquitectura invisible ordenando los encuentros, sino porque, después de conocerlas, la vida anterior adquiere una forma distinta. Los lugares por los que pasamos, las pérdidas que cargábamos, las canciones que escuchábamos sin comprender del todo por qué nos estremecían, incluso ciertas versiones antiguas de nosotros mismos comienzan a parecer fragmentos de un camino cuya dirección solo pudimos reconocer cuando alguien apareció al final. Hay encuentros que poseen esa capacidad casi sobrenatural de reorganizar la memoria; no cambian lo ocurrido, pero modifican su sentido y durante unos instantes, ante determinadas personas, uno puede llegar a sentir algo tan hermoso como aterrador: quizá realmente nací para conocerte.

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Kaworu es la resurrección de Adán | Imagen: Khara

Kaworu Nagisa pronuncia una versión de esa frase cuando apenas conocemos algo de él. En el episodio 24 de Neon Genesis Evangelion, después de escuchar a Shinji hablar de su padre, de su soledad y de esa vida anterior en la que podía limitarse a existir sin esperar demasiado de nadie, Kaworu lo mira y admite la posibilidad: quizá nació para conocerlo. Años más tarde, Evangelion: 3.0 You Can (Not) Redo elimina prácticamente la duda. Acostados bajo un cielo estrellado, después de que Shinji confiese que contempla el universo porque su inmensidad consigue hacerlo sentir pequeño y suspender por un momento su angustia, Kaworu responde que estar ahí con él resulta agradable y llega entonces a una certeza: “realmente nací para conocerte”. La formulación del filme transforma la vacilación de la serie en reconocimiento; aquello que alguna vez fue una intuición termina adquiriendo la fuerza de una verdad personal.

Es fácil leer esa frase exclusivamente desde Shinji. Buena parte de la conversación crítica alrededor de Kaworu ha hecho precisamente eso durante tres décadas: qué significa para Shinji, qué representa para su sexualidad, cómo lo ayuda a bajar sus defensas, por qué su muerte lo destruye, de qué manera prepara la Instrumentalización. Todo es cierto y, al mismo tiempo, termina condenando a Kaworu a una posición curiosamente parecida a aquella que la propia obra parece querer cuestionar, porque le convierte en instrumento. El muchacho que habla de libertad, que abandona aquello que aparentemente debía hacer, que observa con fascinación a una especie que no termina de comprender y que finalmente elige morir termina reducido a una función dentro del desarrollo emocional del protagonista. Quizá valga la pena hacer lo contrario por un momento y mirarlo a él, más desde los ojos del autor, más desde los ojos del mismo personaje, y preguntarnos qué quiere Kaworu cuando Shinji deja de ocupar el centro del cuadro, porque Kaworu también está buscando algo.

Su serenidad puede engañarnos, habla como alguien que parece haber llegado al mundo con el manual de instrucciones bajo el brazo. Conoce secretos que Shinji ignora, entiende mecanismos que los demás apenas intuyen, puede hablar sobre la humanidad desde la distancia de quien la observa casi como un naturalista contempla una especie extraña. Toca el piano con facilidad, repara el reproductor de Shinji, comprende el funcionamiento de NERV y parece haberse acostumbrado al paisaje devastado en el que el otro acaba de despertar. Esa acumulación de conocimiento suele interpretarse como madurez, cuando probablemente revela algo diferente. Kaworu sabe mucho sobre los Lilin y, sin embargo, todavía está aprendiendo qué significa ser uno de ellos. Su conocimiento tiene la precisión de quien ha estudiado una lengua durante años sin haber tenido todavía una conversación que verdaderamente le importe.

Por eso la música ocupa un lugar tan particular en su identidad. Cuando aparece en la serie original, una de sus primeras observaciones consiste en celebrar la música como uno de los logros más altos de la civilización Lilin. Antes de que lo conmueva una persona, parece conmoverlo aquello que las personas son capaces de crear para comunicarse entre sí. Hay algo bellísimo en que Kaworu llegue a la humanidad por el sonido. La música puede ser compartida sin exigir que dos personas pierdan su diferencia; necesita escucha, tiempo, respuesta, silencios, el reconocimiento de que existe otro ritmo fuera del nuestro. Cuando él y Shinji se sientan frente al piano, Kaworu le explica que mejorar consiste simplemente en repetir, escuchar y volver a intentar. La lección parece pequeña frente a las conspiraciones cósmicas de Evangelion, aunque quizá contenga una de sus ideas más transparentes: la armonía requiere dos voluntades que continúan siendo distintas.

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Cuánto sentido cobran ahora las palabras de Kaworu | Imagen: Khara

Martin Buber construyó buena parte de su filosofía alrededor de esa experiencia del encuentro. En Yo y Tú, distinguió entre una relación en la que tratamos aquello que está frente a nosotros como un objeto comprensible, clasificable y utilizable, y otra donde reconocemos al otro como una presencia irreductible, alguien cuya existencia no puede agotarse mediante las categorías que proyectamos sobre ella. Para Buber, el yo mismo cambia dentro de esa relación: no llegamos completamente formados al encuentro y después decidimos relacionarnos; cierta parte de quienes somos aparece precisamente al ser reconocida por otro. La persona se constituye también en ese espacio intermedio, en aquello que sucede entre dos singularidades que continúan separadas.

Kaworu parece haber vivido casi toda su existencia dentro del mundo contrario. SEELE lo conoce por su función, NERV lo clasifica mediante su patrón sanguíneo, su capacidad de sincronización, su condición de Child, su utilidad dentro de un proyecto que lo excede. Incluso su identidad está atrapada en denominaciones que parecen decidir de antemano qué debe ser. Tabris. Ángel. Fifth Child. Primer Ángel. Decimotercero. Piloto. Cada nombre intenta explicar una parte de él y, al hacerlo, corre el riesgo de convertirlo en cosa. Quizá por eso resulta tan significativa su fascinación por Shinji: encuentra por primera vez a alguien que tampoco sabe muy bien qué debería ser.

Los dos han sido convertidos en herramientas por personas que aseguran comprender el mundo mejor que ellos. Shinji debe pilotar porque otros necesitan que pilote; Kaworu debe ocupar una posición dentro de una historia que parece haberse escrito antes de que tuviera oportunidad de elegir. La diferencia consiste en que Kaworu llega inicialmente a esa condición con una tranquilidad que Shinji jamás tuvo. Su cuerpo no parece resistirse a la función que le asignaron. No grita. No huye. No exige respuestas. Observa; esa serenidad vuelve todavía más poderoso el momento en que decide desviarse.

Hablar de Kaworu como “el Ángel del libre albedrío” puede resultar demasiado limpio si pretendemos convertirlo en una categoría canónica, pero funciona extraordinariamente bien como intuición sobre su recorrido. Kaworu adquiere verdadera densidad como personaje precisamente cuando aquello que se esperaba de él deja de coincidir con aquello que decide hacer. En la serie original llega a Terminal Dogma, reconoce el lugar que ocupa dentro del conflicto y termina entregándole a Shinji la decisión sobre su vida. Puede discutirse durante décadas qué sabía exactamente SEELE, cuánto comprendía Kaworu y cuál habría sido el resultado de sus acciones, pero el núcleo emocional permanece intacto: un ser construido alrededor de una finalidad descubre, al entrar en relación con otro, que puede escoger algo distinto.

Ese gesto lo aproxima a Rei mucho más de lo que su apariencia ya sugería. Ambos han sido producidos, utilizados y definidos desde afuera; ambos contienen algo que desborda la categoría humana convencional; ambos parecen atravesar lentamente la distancia que existe entre poseer conciencia y convertirse en sujeto, y en ambos casos la subjetividad termina apareciendo con especial claridad cuando desobedecen. Hay algo muy Evangelion en esa idea, porque existir no basta, uno comienza a pertenecerse cuando puede responder a aquello que lo creó con una negativa, pero la particularidad de Kaworu está en que su negativa nace del encuentro.

Emmanuel Levinas llevó la filosofía de la alteridad hacia un lugar todavía más exigente al plantear que el otro nunca puede quedar completamente absorbido dentro de nuestro conocimiento. La otra persona permanece exterior a mí; hay algo en ella que siempre escapa de mis categorías, y precisamente esa imposibilidad de poseerla mediante la comprensión funda una responsabilidad. El encuentro con el rostro del otro interrumpe la soberanía del yo, porque frente a alguien que existe fuera de mí ya no puedo actuar como si mi propia voluntad agotara todo el sentido del mundo. Kaworu vive esa interrupción cuando conoce a Shinji.

Durante buena parte de Evangelion, los personajes intentan reducirse mutuamente a formas manejables. Gendo observa a las personas según aquello que pueden ofrecerle, Asuka necesita que otros confirmen el valor que intenta desesperadamente demostrarse, Misato mezcla afecto, responsabilidad y autoridad hasta volverlas difíciles de separar, Shinji imagina versiones de los demás antes de atreverse a acercarse y después huye cuando esas imágenes dejan de corresponder con personas reales. El dilema del erizo que la serie adopta como metáfora funciona precisamente porque cada individuo desea calor y teme las púas que aparecen con la proximidad.

Kaworu parece inicialmente liberado de ese miedo. Se acerca con una naturalidad casi desconcertante y habla con Shinji de una manera que puede sentirse demasiado directa, quizá incluso invasiva, porque todavía no domina las complejas liturgias mediante las que los humanos escondemos lo que sentimos. La distancia que para nosotros constituye prudencia quizá para él carece de sentido. Si aprecia a alguien, lo dice. Si percibe dolor, lo nombra. Si quiere compartir el espacio de otro, simplemente se queda.

Ahí aparece uno de los elementos que vuelven tan poderosa y tan difícil de clasificar su relación con Shinji. Podemos discutir la traducción de suki, podemos revisar cada versión de los subtítulos, podemos preguntarnos si aquello que los une debe llamarse amor romántico, deseo, amistad, gracia o alguna combinación que nuestro vocabulario vuelve torpemente excluyente. La recepción queer de la relación tiene una historia real y significativa, y la puesta en escena ofrece suficiente intimidad para que esa lectura resulte plenamente legítima, pero reducir todo a la pregunta “¿Kaworu está enamorado de Shinji?” también empobrece lo que está ocurriendo. Kaworu reconoce a Shinji antes de terminar de comprenderlo, y Shinji permite ser reconocido y quizá eso sea todavía más íntimo que el amor que pueden desarrollar entre sí.

Existe una diferencia entre que alguien sepa cosas sobre nosotros y sentir que alguien nos ha visto. Todos acumulamos datos sobre quienes amamos: fechas, gustos, canciones, alimentos, gestos, historias repetidas cientos de veces. El reconocimiento ocurre en otra región. Alguien puede conocernos durante años y continuar relacionándose con una versión simplificada de nosotros; otra persona puede aparecer durante una noche y, mediante una frase cuya precisión no sabemos explicar, tocar una zona que permanecía invisible incluso para nosotros mismos.

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¿Una belleza celestial? | Imagen: Khara

Shinji experimenta algo parecido. Kaworu no necesita décadas para descubrir que su corazón es frágil. No lo avergüenza por ello. Tampoco parece exigirle que convierta esa fragilidad en una prueba que deba superar para merecer cariño. Frente a una vida donde la atención casi siempre estuvo asociada con rendimiento, pilotaje, utilidad o culpa, encontrar a alguien que parece valorar su mera existencia resulta casi obsceno, pero detenernos ahí volvería a convertir a Kaworu en medicina para Shinji. Lo verdaderamente interesante ocurre cuando invertimos la dirección de la mirada y preguntamos qué recibe Kaworu durante ese mismo encuentro.

En la serie original dice que quizá nació para conocerlo. La incertidumbre importa. Kaworu no está proclamando necesariamente una verdad revelada por el universo; parece descubrir una posibilidad acerca de sí mismo mientras escucha hablar a Shinji. Años después, convierte esa posibilidad en certeza: bajo las estrellas admite que ahora entiende que nació para encontrarse con él. El cambio puede leerse dentro de la lógica cíclica de Rebuild, pero también revela una transformación mucho más íntima. Kaworu ha convertido el encuentro en explicación de su propia existencia.

Todos hemos hecho algo parecido, aunque normalmente sin Ángeles, EVAs o apocalipsis. Conocemos a alguien y comenzamos a pensar nuestra biografía como una sucesión de casualidades necesarias. Si no hubiera aceptado aquel trabajo. Si no hubiera ido a esa fiesta. Si no hubiese tomado ese tren. Si los jueves fueran martes. Si no hubiese terminado aquella relación. Si hubiese llegado cinco minutos después. La razón sabe que estamos construyendo retrospectivamente una narración sobre el azar; el afecto responde que poco importa. Hay personas cuya presencia reorganiza de tal manera nuestra vida que llamarlo coincidencia o destino parece lingüísticamente insuficiente, y filosóficamente esotérico.

Decir “nací para conocerte” puede significar entonces algo menos sobrenatural y mucho más profundo: conocerte hizo que mi nacimiento adquiriera un sentido que antes no podía imaginar. La diferencia parece pequeña, pero salva al otro de convertirse en propiedad del destino, porque existe también algo peligroso dentro de esa frase. Si nací únicamente para encontrarte, mi existencia comienza a depender de la tuya. Si mi felicidad consiste exclusivamente en conseguir la tuya, el amor puede convertirse lentamente en una forma hermosa de desaparición. Y ahí es donde Evangelion: 3.0+1.0 Thrice Upon a Time realiza algo extraordinario con Kaworu: después de décadas durante las que parecía destinado a existir alrededor de Shinji, la película finalmente pregunta qué quería él.

Cuando Shinji lo encuentra nuevamente en ese espacio donde los personajes pueden enfrentarse a aquello que han repetido durante toda su vida, Kaworu explica que sus nombres están escritos juntos en el Libro de la Vida y que seguirán encontrándose. Admite que se sintió atraído hacia Shinji y que quería hacerlo feliz. Entonces aparece Kaji para formular la grieta que Kaworu todavía no había reconocido: había confundido la felicidad de Shinji con la suya. Quería que Shinji fuera feliz porque esa felicidad le permitía sentirse feliz a él, pero la revelación no invalida su afecto, más bien lo humaniza. Kaworu había convertido el amor en misión.

La diferencia respecto de Gendo sigue siendo enorme, pero aparece un eco incómodo. Gendo instrumentaliza a todos para recuperar a Yui; Kaworu, desde una ternura auténtica, corre el riesgo de convertir a Shinji en el lugar donde debe realizarse su propia necesidad de salvar. Quiere protegerlo, corregir lo ocurrido, entregarle una felicidad completa. Ese deseo termina atravesado por la misma arrogancia que acompaña tantas fantasías de salvación: creer que conocemos la felicidad del otro con suficiente precisión como para construirla en su nombre. Su error no nace de crueldad. Nace del amor cuando el amor todavía no sabe dejar espacio, por eso resulta tan importante que sea Shinji quien termine liberándolo.

Durante casi toda la historia pensamos que Kaworu existe para salvar a Shinji. Thrice Upon a Time invierte finalmente la relación. Shinji ha crecido lo suficiente para mirar a Kaworu sin preguntarse primero qué puede recibir de él. “Ahora es tu turno”, le dice. Ese gesto aparentemente sencillo constituye una de las formas más maduras de reconocimiento que Evangelion alcanza. Por primera vez, Kaworu puede dejar de ser el muchacho que nació para otra persona. Es él mismo, y el reconocimiento del amor termina determinando el destino. Nacimos para conocernos, nuestras vidas están hechas para cruzarse, porque cada grieta que aparece en nuestros pechos se asemejan; perdimos las mismas batallas, y ahora podemos enfrentarlas juntos.

Buber decía que el encuentro auténtico requiere reconocer al otro como una totalidad que no existe únicamente dentro de nuestra experiencia. La relación Yo-Tú permite que ambos participantes se confirmen como sujetos sin absorberse entre sí; el otro permanece otro, y precisamente por ello el encuentro puede transformarnos. El final de Kaworu en Rebuild parece alcanzar algo semejante. Shinji deja de mirarlo como salvador, como respuesta, como persona destinada a rescatarlo. Le devuelve una existencia propia. Kaworu, por fin, imagina una vida que no empieza ni termina con Shinji, pero en la que existen los dos bajo la misma satisfacción de ser y compartir.

Quizá por eso su relación con Shinji sigue resultando tan conmovedora, particularmente para quienes alguna vez experimentaron el reconocimiento desde un lugar que el mundo alrededor no había previsto. Hay una dimensión queer evidente en ese gesto: descubrir que alguien puede mirarnos con ternura precisamente en aquello que otros convirtieron en rareza, insuficiencia o desviación. Kaworu aparece frente a Shinji sin exigirle nada que no posea, sin burlarse de su vulnerabilidad, sin pedirle que traduzca primero su afecto a una categoría aceptable.

Ésa es la parte que desaparece cuando hablamos del personaje únicamente como catalizador narrativo. Shinji le ofrece a Kaworu algo que quizá ningún otro Lilin había conseguido ofrecerle: una razón para cuestionar el relato dentro del que nació. El muchacho que aparentemente sabe demasiado descubre frente a otro muchacho asustado algo que toda su información sobre la humanidad no había podido enseñarle. La existencia de los Lilin deja de ser un problema abstracto cuando uno de ellos adquiere nombre, voz, miedo y rostro.

Shinji Ikari Waifu Fanart
Imagen: Khara

El encuentro con el otro es precisamente como esa interrupción: la alteridad deja de ser categoría y se convierte en alguien. El rostro particular destruye la comodidad de nuestras abstracciones porque ya no podemos hablar de “humanidad” con la misma indiferencia después de haber reconocido a una persona concreta dentro de ella. Kaworu puede conocer el concepto de los Lilin, sus debilidades, sus contradicciones y su destino. Shinji introduce algo que ningún concepto contiene.

Quizá ahí se encuentre la forma de intimidad que Evangelion tardó décadas en aprender a imaginar. La Instrumentalización prometía acabar con la soledad derribando todas las fronteras; Kaworu y Shinji descubren algo mucho más frágil y por eso mismo mucho más humano. La distancia puede permanecer. El otro puede seguir siendo otro. Nunca llegaremos a conocerlo por completo y tampoco deberíamos intentarlo. Podemos escuchar, equivocarnos, repetir, volver a empezar y, en determinados momentos, producir juntos algo parecido a la armonía. Amar al otro por lo que es, no por lo que creemos que debería ser.

Entonces quizá tengamos derecho a mirar a alguien y pensar, aunque sepamos perfectamente que el universo no funciona de esa manera: tal vez nací para conocerte, no porque fueras el final de mi historia, sino porque a partir de ti aprendí que mi historia podía continuar de otra forma.

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