Nuestra historia con Game Boy

Un breve repaso por la manera en que nos marcó la consola portátil más importante de la historia.

Se cumplen 30 años desde que Nintendo lanzó la Game Boy, la consola portátil más importante de la historia. A pesar de tener mucha competencia, e incluso herederos que hoy ocupan su lugar, nadie duda que la Game Boy marcó un punto en la historia de los videojuegos, y es, sin duda, la más emblemática de su género.

Aunque, actualmente, ya nadie se sorprende con los tonos verdosos de la pantalla de la Game Boy original, sin duda fue sorprendente tener en tus manos uno de estos armatostes a finales de los años ochenta y principios de los noventa, que nos brindaron horas de diversión y muchas pilas gastadas.

Entre nostalgia y buenos recuerdos, aquí les dejamos unas cuantas líneas de parte de los que hacen posible Código Espagueti. Y no olviden compartir con nosotros en la sección de comentarios sus anécdotas con la Game Boy.

El Game Boy de mi primo

por Alina Escobedo

El Game Boy llegó a mis manos gracias a mi primo. Eran principios de los 90 y el Nintendo era la consola más popular. Como por aquellos años no había Internet y yo apenas tendría 5 o 6 años, desconocía que existía siquiera el Game Boy. Fue hasta que, un sábado, llegó mi primo de visita con el tabique gris. Él era quien solía llegar a mi casa con las novedades en lo que a videojuegos se refiere. Si bien, por mi edad, tenía que esperar a que todos mis hermanos jugaran antes que yo -lo malo de ser la menor- el momento en el que podía ponerle las manos encima era genial.

Recuerdo que el primer juego que probé fue Who Framed Roger Rabbit? Aunque, ya siendo fan de Final Fantasy, poco después jugué el Final Fantasy Adventure… que en realidad es el Seiken Densetsu (el papá de Secret of Mana y el primero de la franquicia Mana). Ah, y claro, incontables horas jugando Tetris, buscando destruir los récords de lo demás.

Qué bella infancia.

Me lo encontré en una Neza-Palacio

Por Edgar Olivares

Yo no tuve un Game Boy cuando llegó a México. Llegó a mis manos más de una década después en forma de un regalo del destino. Estaba tirado en una micro de la ruta Neza Palacio–Plaza Aragón en la que yo viajaba para mi casa en la noche, sin más pasajeros que el chófer y yo.

Como el chófer iba ocupado tratando de matarnos a toda velocidad, con unas cumbias rebajadas saltando por las bocinas como música de fondo del mejor accidente vial en la frontera entre Ciudad Nezahualcóyotl y Ecatepec; pues no le pregunté nada. Pero si en 1999 tú perdiste un Game Boy en esa ruta, quiero que sepas que yo me quedé tu juego y que le di buen uso.

No se lo di luego luego, la verdad es que lo arrumbe en un cajón pensando que era una chachara y que me dolía comprarle las pilas para ver si jalaba o no. Ahí se quedó en mi cajón de las calcetas un par de años más, hasta que entre a trabajar como operador nocturno en una estación de radio de la Ciudad de México, allá por Coyoacán.

No voy a narrar acá todas las experiencias paranormales que tuve en ese trabajo, pero pinche infiernito que me aventé. Entre eso y la batalla que libraba todos los días contra el sueño, mi vida estaba convirtiéndose en un martirio. En ese tiempo leía mucho, pero después de varias noches de desvelo, el cerebro te dice que eso no es suficiente para mantenerse despierto, los ojos se cansan y vale madre, te quedas dormido en los controles, te sales del aire, te están marque y marque del Chiquihuite para preguntar qué pasó (porque allá hay una guardia todo el día y noche en las antenas) y le mientes diciendo que se te trabó el equipo, que se te fue la luz o, ya de plano, que te tire paro.

Me acordé del Game Boy, le puse pilas. Para mi buena suerte venía con Pokémon Yellow. Qué pinche juegazo. Las noches ya no eran tan pesadas ni espectrales. Lo terminé completo. Mi compañero “El Beto” también lo terminó en las noches que se tenía que quedar. Luego instalamos ilegalmente un emulador de Game Boy en la computadora de la estación para jugar por turnos. Luego me prestaron el The Legend of Zelda: Link’s Awakening, el mejor juego de Zelda para mi gusto. También tuve Tetris y otros que iba chachareando o me regalaba mi mamá.

Aprendí mucho sobre narrativa, sobre todo porque podía concentrarme en la historia sin que me estuvieran molestando, como lo hacían cuando conectabas el NES en la tele. Ahí sí, todos querían jugar. Con el Game Boy no, era la segunda cosa que sólo era mía, en el sentido que no había nada que se interpusiera entre el dispositivo y yo. La onda era encontrar un lugar bien iluminado y callado y ya está.

Me hizo compañía muchos años en mis caminos a Durango, cuando me hice mensajero, cuando hacia filas en el Seguro, cuando no tenía nada que hacer los sábados por la tarde y todos mis compas de la Unidad ya se habían casado.

En otro trabajo que tuve, muchos años después, me pidieron prestado el Pokémon Yellow a cambio de una versión bien rara de Street Figther II. Fue una mala idea aceptar, no volví a ver a Pikachu.

Aún conservo mi Game Boy y, hasta donde sé, todavía sirve. Esta guardado en mi cajón de las calcetas.

Nunca tuve Game Boy

(Richard Allen)

por José Pulido

Al parecer todos tuvieron un Game Boy, algún modelo, en algún momento de sus vidas, pero yo no. Lo más que llegué a tener como consola portátil fue un Tetris de 1000 juegos en 1, pero no más. ¿Por qué? Lo ignoro, al parecer mi madre valoraba más que jugara en la calle a que me enajenara en una pantalla (en ese entonces verde) horas y horas, pues ya dedicaba al menos un par de ellas a jugar el NES que teníamos en casa.

El caso es que nunca tuve un Game Boy, vi a varios amigos jugar con ellos, intercambiaban cartuchos, hablaban de juegos de Pokémon y yo sólo los veía esperando a que me dejaran jugar en algún momento. La infancia es más cruel de lo que imaginamos y en escasas ocasiones tuve la oportunidad de jugar Game Boy. Los niños suelen ser crueles y egoístas. Al final fue Ricardo, Richard Tex-Tex le decíamos porque era el portero de la cuadra, quien después de una cascarita –todos botados bajo el sol de la tarde, sudados, mugrosos y con las manos y la boca enmieladas por los cubitos– me prestó su Game Boy.

Me gustaría decir que fue una experiencia sorprendente, pero la verdad es que no entendí muy bien cual era el chiste de jugar en una pantallita. Lo jugué un rato, ni siquiera recuerdo que juego, y luego se lo devolví. Lo que sí recuerdo es que tenía la cámara y la impresora, y ver cómo salían las imágenes era mucho más cautivador para mí, que jugar Game Boy.

Los años pasaron, las consolas portátiles viven un momento de apogeo indiscutible, pero yo rara vez he agarrado alguna. Lamento, avezado lector, si mi experiencia con el Game Boy no es la más afortunada, pero como dicen: “de todo hay en la viña del señor”.

Cambio Game Boy por un divorcio

(Alberto Ortega)

Por Sergio Hidalgo

A principios de los cada vez más lejanos años noventa sólo tenía un deseo en mi mente: El divorcio de mis padres. Y no, no es que ellos tuvieran grandes problemas, más allá de las discusiones normales de un matrimonio que se había prolongado por más de dos décadas.

En mi mente de párvulo, el divorcio de sus padres era la razón por la que mi primo tenía todo lo que yo quería. Más allá de que en lugar de un NES tuviera un NASA, gracias a la guerra de baja intensidad por su cariño, mis tíos le compraron a mi primo todos los juguetes y videojuegos habidos y por haber de esos años maravillosos para los gamers. Tuvo el SNES antes que nadie, el codiciado Street Fighter II en su semana de estreno, la bazooka del SNES, Mortal Kombat 2, Killer Instinct (con todo y el CD), Super Street Fighter (y lo llevaban a los torneos que se organizaban en La Boom), y hasta el Virtual Boy. Además, como era de esperarse, también tuvo un Game Boy, en su versión ladrillo, equipado con una extraña carcasa que le daba aspecto de nave espacial, que incluía una lupa que agrandaba la pantalla y un joystick para darle un aspecto más pro al aparato, así como una mochila especial, en la que llevaba todos los aditamentos (incluyendo paquetes de pilas sin abrir) de su consola portátil.

Así, ver a mi primo en reuniones familiares era verlo junto a su Game Boy, que llevaba a todos lados y que, muy de vez en cuando, me dejaba probar. Gracias a eso pude disfrutar Super Mario Land, Metroid II, Garagolyles Quest, Kid Dracula, Castlevania II, y hasta un juego de Dragon Ball que se volvió, para nosotros, sumamente enigmático. Era un RPG en japonés con toques de acción, en el que avanzar era sumamente difícil por los problemas con el idioma de Akira Toriyama. A pesar de los tonos verdes y las limitaciones de sus características técnicas, jugar Game Boy era muy divertido, y un oasis en medio de muchas reuniones familiares en casa de mi abuela.

Después de que mi primo cambio su Game Boy por un Game Boy Pocket y, poco después, por un Game Boy Light, yo (que sólo había tenido un Tetris pirata) finalmente tuve un Game Boy en 1999. Era un Game Boy Color que me duró años, y en los que disfruté grandes momentos con títulos como Pokémon Yellow, Wario Land, Zelda: Oracle of Ages, FIFA 2000, King of Fighters 96 y Street Fighter Alpha. Por los problemas de seguridad de la ciudad, nunca pude jugar mi Game Boy en el transporte público, pero fue un fiel compañero en las reuniones familiares en las que, afortunadamente, mis papás iban juntos, a veces discutiendo, pero no divorciados.

Los mismos pastos

(Chris Dlugosz)

Por Nico Ruiz

No sé qué edad tenía, pero eso no es muy importante: mis padres nunca me dejaron tener videojuegos. Tampoco me dejaban ver Los Simpson y, por más que les rogaba, no podía ver Jurassic Park. Crecí con una idea de los videojuegos y ciertas obras de ficción: eran el mero fruto prohibido. Quería crecer para comer lo que quisiera, para ser libre y beber lo que quisiera… pero sobre todo, para jugar y verlo todo.

El primer Game Boy que tuve entre las manos me lo dio un primo para que dejara de molestar: todos esperaban turnos para jugar con el PlayStation de su casa. No recuerdo qué juego estaba puesto en el PlayStation, pero recuerdo clarito cuando empecé a jugar Pokémon en el Game Boy. Era un mundo entero y un abrir de ojos increíble. Era, también, mi primer juego de rol.

Me quedé en un sillón por horas, totalmente enganchado. Cuando me llevaron después de una buena negociación y harto berrinche, tuve que dejar el GameBoy y pensé que mis primos, tomándolo por sentado, borrarían mi partida. Claro que lo hicieron y la escena se repitió muchas veces. Nunca avancé más allá del primer círculo del juego y tenía que leer, una y otra vez, las mismas advertencias del profesor Oak. Supe, muy rápido, que no vería crecer a mis pokemones.

No me importaba: empezar de nuevo era aventurarme un poco más. El GameBoy me mostró que lo bello está en apreciar lo que se tiene y clavarse en los detalles. Porque hay un enorme placer en los placeres breves… aunque vivamos siempre recorriendo los mismos pastos.