Confieso que la televisión abierta contemporánea me da más terror que cualquier thriller psicológico de A24. Y es que, a mi parecer, los medios de comunicación han perfeccionado el arte del Simulacro del que hablaba Baudrillard: nos presentan una copia exagerada de la realidad para que no nos demos cuenta de que la realidad misma se está desmoronando a nuestras espaldas. Si has entrado a TikTok o encendido un noticiero en los últimos meses, es matemáticamente imposible que hayas escapado del “escándalo” de la temporada: los Therians.
Adolescentes usando máscaras de zorro, corriendo en cuatro patas por los parques públicos y afirmando tener el alma de un animal. A primera vista, la reacción del usuario promedio es la burla. Es el material perfecto para el hate-watching y la bilis digital. Sin embargo, detrás de este aparente patetismo adolescente hay una historia mucho más oscura. Una historia que involucra problemas reales de salud mental, el aislamiento de la Generación Z y, lo que es infinitamente más grave, la instrumentalización de estos jóvenes por parte de los medios hegemónicos para crear una cortina de humo política digna de la película Wag the Dog. Hoy no vamos a juzgar a un niño que aúlla; vamos a diseccionar cómo el sistema se lo comió vivo para vender humo.
RESUMEN
La theriantropía moderna define a personas que experimentan una identificación interna, profunda e involuntaria con un animal no humano (su “teriotipo”). A diferencia del fandom Furry, no es un cosplay ni un hobby, sino una identidad psicológica. Recientemente, la viralidad de los Therians (con sus rutinas de saltos quadrobics) fue utilizada por los medios tradicionales en países como Argentina para generar indignación moral y desviar la conversación pública del debate y aprobación de la polémica Reforma Laboral.
1. Anatomía de un Therian: El nacimiento del Teriotipo
Para entender la manipulación, primero debemos entender el concepto real. La palabra Therian proviene de la “theriantropía”, uniendo las raíces griegas thērion (bestia salvaje) y ánthrōpos (ser humano). A lo largo de la historia de la humanidad, las narrativas de transformación humano-animal han poblado nuestra literatura y cine, desde el mito de la licantropía hasta películas como Cat People de Paul Schrader. Pero la iteración que vemos hoy nació lejos de la magia; nació en la alienación de los primeros foros de internet.
En la década de los noventa, en grupos de Usenet como alt.horror.werewolves, personas que inicialmente debatían sobre ficción comenzaron a sincerarse sobre un sentimiento genuino de disforia de especie. Expresaban sentir una conexión espiritual o psicológica que no encajaba en su cuerpo humano. En la jerga de la comunidad, el animal con el que se identifican se denomina teriotipo (siendo los más comunes lobos, grandes felinos y zorros).
Hoy, esta identidad se expresa visual y físicamente a través de lo que llaman quadrobics, una disciplina atlética que consiste en correr, trotar y saltar utilizando las cuatro extremidades para emular la biomecánica del animal. Quienes lo practican afirman que no es una performance deliberada o un teatro para llamar la atención, sino un intento desesperado de alinear su cuerpo físico con una psique que opera bajo diferentes instintos.
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2. Desmintiendo el mito: Furries, Otherkin y el diagnóstico clínico
Es aquí donde los conductores de televisión suelen sacar el cobre por su falta de investigación básica. En su afán por generar hype y rating, meten todo en la misma licuadora conceptual.
- Los Furries: Son un fandom. Es una comunidad artística y lúdica que admira a los animales antropomórficos. Cuando un furry se pone un fursuit costoso, sabe que está interpretando un personaje (su “fursona”). Es un hobby, muy similar a un actor de teatro.
- Los Otherkin: Se identifican con seres que no existen en el plano terrenal o biológico, como dragones, elfos o vampiros.
- Los Therians: Se identifican con animales terrenales reales y documentados. Para ellos, no es un pasatiempo, sino una característica inherente, aunque a menudo fragmentaria, de su yo interior.
Y para dejarlo aún más claro: no estamos hablando de un delirio psiquiátrico. En el ámbito de la salud mental, existe la zoantropía clínica, un trastorno delirante específico donde la persona está genuinamente convencida de que su cuerpo físico se ha transformado en un animal. Los therians contemporáneos, por el contrario, sufren de cero disonancia cognitiva respecto a su biología: saben perfectamente que son humanos, que tienen que ir a la escuela, pagar impuestos y someterse a la inexorable rutina capitalista. Su identificación es puramente interna.
De hecho, un estudio académico de Helen Clegg, Roz Collings y Elizabeth C. Roxburgh encontró que la identidad therian funciona, en muchos casos, como un factor protector. Los participantes con altos niveles de rasgos del espectro autista o esquizotipia encontraron en esta comunidad una red de apoyo invaluable para sobrevivir a la profunda alienación social. Es un refugio. Pero, ¿qué pasa cuando la sociedad agarra tu refugio y lo transmite en horario estelar?
3. El Circo Argentino: Cómo usar a un adolescente para ocultar una ley
Me atrevo a decir que la mediatización de los therians en América Latina es uno de los casos de manipulación de la agenda (agenda-setting) más brillantes y macabros de la década. Y el ejemplo de manual ocurrió en Argentina, un país donde la política suele escribirse con la pluma del realismo mágico y la tragedia.
Las redes sociales explotaron con videos mal encuadrados de jóvenes practicando quadrobics en plazas de Buenos Aires y Rosario. El chisme local alcanzó su clímax cuando circuló la anécdota no confirmada de un therian que, supuestamente, había mordido a una niña pequeña. Los medios de comunicación tradicionales (aquellas vacas sagradas del periodismo) detuvieron sus prensas. Durante días, los paneles discutieron a gritos sobre la decadencia moral de la juventud.
Pero mientras la nación entera estaba ocupada escandalizándose por las orejas de gato compradas en internet, el verdadero lobo mostraba los colmillos en el Congreso. Durante las semanas de mayor saturación mediática sobre los therians, el gobierno avanzaba contrarreloj con su profunda Reforma Laboral. Un paquete legislativo que alteraba drásticamente indemnizaciones, periodos de prueba y derechos sindicales fundamentales.
La disonancia cognitiva fue brutal. En foros de Reddit Argentina, los usuarios más astutos comenzaron a señalar la obviedad: era la clásica estrategia de pan y circo. Al mantener a la ciudadanía enfocada en un “enemigo” ridículo y caricaturesco, los canales de noticias diluyeron el impacto de las protestas sindicales y el análisis técnico de las leyes que estaban a punto de regir la vida de millones de trabajadores.
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4. La guerra cultural: La identidad como dardo envenenado
La instrumentalización de los therians no se detuvo en lo económico; también cumplió una función clave en la guerra cultural. Sectores fuertemente conservadores vieron en esta tendencia una oportunidad de oro para generar un daño colateral en la comunidad trans y LGBT+.
En la televisión, los comentaristas utilizaban una retórica perversa, planteando la falacia de la pendiente resbaladiza: “Si hoy aprobamos que un chico se perciba mujer, mañana tendremos que aceptar que se perciba como un caniche”. Esta reducción al absurdo no tenía como objetivo entender a los jóvenes que practican quadrobics, sino deshumanizar, por simple asociación, las luchas genuinas por los derechos de identidad de género y las diversidades sexuales.
Al tomar la vivencia interna de una subcultura menor y elevarla a la categoría de amenaza civilizatoria, los operadores mediáticos lograron que el ciudadano de a pie sintiera un rechazo visceral hacia el concepto mismo de “autopercepción”. Fue una jugada maestra de manipulación sociológica que dejó heridos en todos los frentes.
Al final, la saga de los Therians no trata sobre bestias míticas ni sobre colas de piel sintética. Trata sobre una Generación Z profundamente sola, que busca desesperadamente un sentido de comunidad en los rincones más raros de la red para escapar de una realidad sofocante. Y trata, sobre todo, de un ecosistema mediático y político caníbal que no dudará en tomar las vulnerabilidades de esos mismos jóvenes, exhibirlos como monstruos de feria en el circo de la tarde, y usarlos para tapar el sonido del mazo del juez mientras desmantelan el futuro de un país a puertas cerradas. El entretenimiento no muere, solo cambia de dueño; y la política, inexorablemente, ha aprendido a dirigir las peores películas de la cartelera.
