En el siglo XVIII y XIX se desarrolló profusamente el arte de pintar el borde de los libros. Cuidadosos miniaturistas lograron dibujar hasta doce escenas diferentes en un sólo libro.
La tecnología del libro es una de las más exitosas de todos los tiempos. Ha permanecido prácticamente sin cambios durante siglos, y aún ahora que compite con el mundo digital goza de bastante salud si pensamos en la cantidad de libros que se producen cada año.
No obstante, la concepción del libro se ha ido modificando. En un principio el libro era un artículo de lujo. Ajeno a la producción en masa, cada libro contaba con numerosos detalles que enriquecían su contenido: miniaturas pintadas a mano, incrustaciones de oro y de otros metales o encuadernados lujosas.
Una de las curiosidades que engalanaban los diversos libros ingleses del siglo XVIII y XIX son las pinturas en los bordes (top-edge, bottom-edge y fore-edge paintings). El desarrollo de este arte se atribuye a Cesare Vecellio, un veneciano del siglo XVI. Pero fue en el Reino Unido que se convirtió en una práctica común, donde Samuel Mearne, librero real, introdujo el gusto por este tipo de pinturas.
En un sólo borde podían pintarse hasta tres escenas distintas, que aparecían o desaparecían según la posición de las páginas. En libros grandes el borde del frente podía dividirse en dos, lo cual nos da un total de 12 posibles pinturas en un libro.
La siguiente galería fue sacada de la colección de la Boston Public Library y es una muestra de algunos de los más finos trabajos hechos en el mundo anglosajón.