Un emotivo cortometraje para todos aquellos que crecieron junto a un hermano gamer.

Cuando era niño recuerdo mirar con ansiedad el Atari de la casa, la primer consola que mis padres nos compraron a mi hermano y a mi… pero que en realidad sólo disfrutaba mi hermano mayor. Mi poca pericia en el joystick me volvía un inútil en juegos de habilidad como Q-Bert o en el impresionante Pitfall. Además, mi escasa edad me volvía presa fácil del más común de los engaños: darme uno de los controles no conectados del Atari y decirme que era yo el que controlaba a los personajes pixeleados, cuando era evidente que no era así.

Con el NES todo cambió, comencé a compartir aventuras con mi hermano en juegos para dos personajes, como Contra, Double Dragon y TMNT II: The Arcade Game. Poco a poco mi hermano mayor comenzó a dejar de lado los videojuegos por nuevos intereses, mientras yo me quedaba maravillado con las nuevas consolas.

Casi sin darme cuenta, con el SNES y el Game Boy, repetí los patrones anteriores con mi hermano menor, con una pequeña diferencia, a veces yo intentaba que probara algún juego, pero él se negaba y decía que prefería verme jugar. Con la llegada del N64 mi pequeño hermano comenzó a compartir aventuras conmigo, y con el tiempo me superó en habilidad. Desde entonces, sin importar la consola, prácticamente nunca pude volver a superarlo… excepto con los juegos retro (y ni siquiera en todos).

La mayoría de los gamers que conozco se envolvieron en el mundo de los videojuegos gracias a un hermano mayor, y muchos seguimos vinculados a las novedades por los hermanos menores. El vínculo fraterno que se consigue gracias a las horas que pasamos jugando o viendo jugar a nuestros hermanos, queda perfectamente retratado en este cortometraje de Zachary Antell, que invariablemente nos lleva a recordar momentos, e incluso a querer volver a retar a nuestro hermano para, sin importar el resultado de la partida, volver a divertirnos como cuando éramos niños.

fuente Zachary Antell (Vimeo)