Reseña especial SXSW: Alien on Stage – Los choferes que montaron Alien en teatro

| 30 de marzo de 2021
Alien on Stage es un documental que cuenta la loca historia de un grupo de choferes que llevó el clásico de Ridley Scott al teatro.

Uno de los documentales que más queríamos ver en South by Southwest (SXSW) era Alien on Stage, una pequeña producción independiente del Reino Unido sobre un grupo de actores amateurs que montaron, con cierto éxito, una adaptación de Alien (1979), el gran clásico de Ridley Scott, en un teatro de Londres.

Para el momento en que nos enteramos del documental, todo era un poco confuso. Habíamos escuchado noticias de un grupo de secundaria que había montado Alien y había recibido una carta firmada por Sigourney Weaver y Ridley Scott. También había rumores de varios intentos amateur de montar la película en teatros de Estados Unidos. Pero no sabíamos dónde había nacido toda esta locura y quiénes fueron los responsables. Finalmente, Alien on Stage, responde a estas dudas.

Esta es la historia de un grupo de locos que, por amor y por ñoñería sincera, decidieron hacer algo más con un fandom que muchos de nosotros compartimos. El resultado de su heroica empresa es algo absolutamente encantadora que las documentalistas Danielle Kummer y Lucy Harvey capturaron con toda la vivencia frenética y absurda de una tarea imposible.

Obras son amores y no buenas razones

Los textos producen textos, decía Roland Barthes. El teórico francés se refería, primero, a Nietzsche, a Marx y a Freud, como grandes productores de pensamiento; filósofos que provocaron un aluvión de escritos filosóficos, de teorías, de sistemas. Pero, en realidad, hablaba también de todos los textos. Porque leer es un acto creativo y nunca un acto pasivo. Al participar de un texto, lo estamos recreando, viviendo por nosotros mismos, llenando los espacios vacíos con nuestra propia escritura.

Luego, también, existen otros actos de escritura. Citamos textos, los comentamos, hacemos críticas y reseñas. Los textos, pues, crean textos. Finalmente, en el siglo XX, retomando una veta perdida de la literatura antes de que existieran los derechos de autor, nacieron miles y miles de creaciones de fan fiction. A los fanáticos de algún texto (entendido, ampliamente, como una producción cultural; un libro, un cómic, una obra, una película, etc.), no les bastaba el texto oficial, el canon que les fue entregado, y comenzaban a fabricar sus propias expansiones de universos creados por otros. Un gesto hermoso, tan finamente literario, que demostraba cómo los textos siempre crearán más textos.

Como con todo lo bello que nos ocurre espontáneamente en estas épocas, el fan fiction también se convirtió en un producto mercadeable. Pronto Disney nos vino a decir qué era canon y qué no lo era. Pronto, los multiversos intentaron rellenar, de todas las maneras posibles, la imaginación difusa de quiénes los imaginaban libremente. Aún así, los textos siguieron produciendo textos.

Esta película muestra un bello ejemplo de esta productiva intertextualidad que sucedió en un paraje de Reino Unido, a doscientos kilómetros al sur de Londres. Ahí, en Dorset, un grupo de choferes se reunió para montar una obra de teatro. La cuestión es que no querían hacer las mismas pantomimas de siempre. Estas recreaciones, generalmente, iban a grandes clásicos como Robin Hood o alguna historia de los caballeros de la mesa redonda. Tal vez, por ahí, Peter Pan. Con el deseo de actualizar el repertorio, a este grupo de choferes se les ocurrió una locura entre rondas de cerveza y shots de whisky: ¿Por qué no montar Alien, el gran clásico de Ridley Scott de 1979?

Más allá de la cuestión técnica, de que no existía un libreto de teatro para esta producción, de que no eran actores profesionales y de que no tenían ni idea de lo que estaban haciendo, chocaron sus vasos y se prometieron lograr esta tarea imposible. El resultado fue algo completamente inesperado. El absurdo de la obra, la grandilocuencia seria con la que fue realizada, la falta de entrenamiento de los actores que salían constantemente a tomar un trago y fumar un cigarro, hizo que la primera representación fuera un total fracaso. O eso creían…

En realidad, la obra fue tomada como un homenaje nacido del entusiasmo fanático. En vez de ser considerada una obra seria, fue tomada como una comedia involuntaria, de buen corazón, que cariñosamente recreaba el amor de un fan. Estos choferes no expresaron su fanatismo por el gran clásico de Scott comprando el Blu-Ray, hablando con sus conocidos, escribiendo reseñas o fan-fics. No, lo hicieron volviendo a crear la obra, produciéndola, actuándola. ¿Por qué? Por cariño y para demostrar que podían hacerlo.

Las premisas de ciencia ficción siempre están a un paso de ser absolutamente ridículas, de envejecer mal o de olvidarse con el tiempo. Pensemos nada más en rarezas de culto como The Black Hole de Disney. Una cinta que salió el mismo año que Alien y que recibió, como la película de Scott, dos nominaciones al Oscar; una cinta que, ahora, sólo queda en el recuerdo de algunos clavados del sci-fi setentero. Mostrar cómo una premisa puede ser absolutamente absurda en la forma de representarla es también mostrar el genio de quienes nos convencieron de su premisa; de quienes, incluso, nos hicieron sentir miedo físico con ideas descabelladas.

Por eso, hay algo profundamente loable en este homenaje vivo. Mi abuela decía, cuando alguien le daba excusas para no emprender una tarea: “obras son amores y no buenas razones”.

Alien on Stage y la revancha de los choferes

Después de esa primera representación caótica de la obra en Dorset, el grupo de choferes pensó que todo había terminado. Un bello sueño que lograron llevar a cabo, del que muchos se burlaron en una noche terrible, y que acabó como una buena anécdota. De esas anécdotas que siempre empiezan con una idea ridícula entre tragos de cerveza y whisky.

Sin embargo, sucedió algo inesperado. Viendo el candor de la obra y la diversión que generó, un promotor les ofreció representarla en un teatro profesional, en Leicester Square, en el centro cultural de Londres. El grupo de choferes no podía creerlo. Por supuesto, aceptaron la invitación. Ahora sólo tenían unos cuantos meses para reivindicar su primera presentación y lograr el sueño de presentarse en un gran teatro.

En ese momento, llegan las documentalistas Danielle Kummer y Lucy Harvey para tratar de comprender y capturar este evento tan extraordinario. Entender qué es lo que llevó a estos actores amateurs a representar algo tan específicamente fuera de su contexto habitual; entender cómo crearon los props, cómo escribieron el libreto, cómo dirigieron la obra y cómo entrenaron a su tropa de actores; entender dónde nació esta idea y por qué acabó en una representación en Leicester.

Así que las directoras documentaron las prácticas para la segunda representación de Londres. Entre estas prácticas, claro, fueron creando un cierto contexto. Para explicar qué sucedió en la primera representación y qué es lo que dio vida a este proyecto, entrevistaron a los actores, al director, al guionista y al diseñador de producción en diferentes entornos. No nada más los vemos en la sala que rentan para practicar (en la que a veces ni les abren la puerta), sino que aparecen en contextos más cotidianos.

A través de estas entrevistas entendemos un poco de la vida común de estas personas, de la monotonía de Dorset, del amor por su trabajo y del muy específico y flemático carácter inglés de los protagonistas. Los vemos en sus casa, en sus descansos, fumando un cigarro o tomando un trago en el Pub. Y ahí nos hablan de Alien, de su amor a la película, de su amor al teatro, de sus ganas de hacer algo más con su tiempo libre, de la monotonía de un trabajo sociable, pero repetitivo.

Con un ritmo frenético que muestra muy bien el nerviosismo creciente de los integrantes de la tropa, vamos entendiendo a los personajes. Se perfila el carácter de cada uno, los más dedicados, los más desapegados, los más distraídos y los más neuróticos. Algunos lo ven como una oportunidad para salir de Dorset, otros saben que solamente es una aventura pasajera que hay que disfrutar en el presente. Todos están un poco sorprendidos de la atención que reciben repentinamente, entre cámaras y el prospecto de la noche de estreno.

Las documentalistas no dan más contexto del necesario. No necesitan la historia de vida de cada personaje, solamente su motivación y capturar el nerviosismo del momento. Sin embargo, se toman el tiempo de retratar a los personajes más interesantes, como el director de la obra, desesperado con sus actores; al guionista con sueños de Hollywood; y al diseñador de producción que, sin saber nada del uso de materiales o carpintería construye los maravillosos props para representar al Nostromo, para crear las cámaras criogénicas, los efectos del chestbuster, del facehugger y, por supuesto, al xenomorfo.

El esfuerzo sintético de las entrevistas, de las escenas de ensayo, de la caracterización de tantos personajes, llega a un final totalmente gratificante con la representación en Londres. Ahí, las documentalistas muestran estar totalmente inmersas en el proceso, acarreadas por el entusiasmo del momento. Lo que retratan, entonces, se transmite en la forma de retratarlo: el documental, con cada momento que pasa, es más cándido y transparente. Al final, solamente queda el placer de entender este gesto cultural y verlo, a la distancia, a través de un testimonio tan honesto.

Este documental logra mostrar, en su entusiasmo honesto, cómo este texto escrito sobre otro texto es un homenaje profundo. Un homenaje a la creatividad de los efectos prácticos y al placer de leer, compartir y citar las ñoñeces que disfrutamos como una comunidad de lectores. Un homenaje a la capacidad de crear encima de los productos culturales que nos inspiran y a la imaginación que se sigue alimentando de imaginarios.

Lo bueno
  • La maravillosa historia que cuenta.
  • El calor real de los protagonistas.
  • La cantidad de alcohol que beben antes y durante las representaciones.
  • El candor de las documentalistas que retrata una comunión real.
  • Que esté documentado este hermoso momento de cultura pop.
Lo malo
  • Que no es un documental particularmente innovador en la forma.
  • Que la falta de contexto puede destantear a los que no son fans de Alien.
  • Que no hay más tiempo para el desarrollo de los personajes.
  • Que no tiene fecha de estreno en México.
Veredicto

Alien on Stage es un documental que opera de manera predecible y que, aún así, es profundamente encantador. Las directoras se sumergen completamente en el proceso de la creación y, al final, logran mostrar el sincero amor del público por este espectáculo. Los actores, finalmente, a través de este mismo proceso lo entienden: cuando el público se ríe de su esfuerzo y de su seriedad, no lo hace como burla, sino como el reconocimiento honesto hacia una película que todos aman. Ver estas situaciones representadas con tanto amor y de forma tan absurda no le resta valor a la obra de origen, sino que la reconstruye desde otro, inesperado, ángulo.

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