The Curse of la Llorona es una de las más predecibles y sosas entregas de la franquicia de The Conjuring.

The Curse of la Llorona es la séptima entrega en el universo de The Conjuring y, como han demostrado las taquillas, no será la última. Desde que James Wan tomó las riendas de un proyecto que llevaba 20 años abandonado, las andanzas de Ed y Lorraine Warren han tomado los mismos motivos para explotar jumpscares y mecanismos familiares de horror. Si el cine de terror americano independiente está pasando por un momento inmejorable con crítica social y profundas reflexiones, los universos de Wan sirven como contraparte sosa y balance de mercado. Estas cintas representan el terror más elemental, que sirve como diversión y parece una montaña rusa: son películas que se resuelven, sencillamente olvidables y que no tienen otra intención fuera de ser diversiones pasajeras. El elemento esencial aquí es la adrenalina.

La peor película de esta saga —por mucho—, The Nun, tiene, sin embargo, algo que no encontramos en The Curse of la Llorona. Ese terrible bodrio, al menos, era ambicioso. Es cierto que la película dirigida por Corin Hardy es vomitiva, pero, al menos, intentaron hacer algo novedoso, revivir viejos aspectos de horror italiano de los setenta, crear atmósferas y exagerar a tope la cosmovisión vengadora del catolicismo de Gary Dauberman. Y es ahí en donde vemos el mayor problema con The Curse of la Llorona. La cinta de Michael Chives es una película poco inspirada y sin ideas que se remite a los convencionalismos más básicos de Wan y a una historia mil veces contada para sacar sustos baratos y explotar la poco exigente taquilla.

La misma historia en otra leyenda

The Curse of la Llorona empieza con una explicación histórica. Es 1673 en México y un pareja juega, felizmente, con sus dos hijos. Uno de los hijos le regala un collar a la mamá y ésta lo atesora, conmovida. De pronto, el niño mayor se queda sólo… al ir a buscar a sus familiares, encuentra a su madre ahogando a su hermano. Corre despavorido, pero ella lo alcanza y, también, lo ahoga en el río.

300 años después, en Los Ángeles, conocemos a Anna Tate-Garcia (Linda Cardellini), una trabajadora social que investiga el caso de una madre soltera, Patricia Álvarez (interpretada por la excelente actriz venezolana Patricia Velásquez) y de sus dos hijos. Tras días de no saber nada de ellos, Anna decide ir a investigar. En la casa de Patricia, encuentra a dos niños despavoridos, encerrados en el clóset y con quemaduras en los brazos. A pesar de las súplicas de Patricia, Anna libera a los niños y encarcela a la madre. Dos días después, los niños aparecen muertos en un río angelino y Patricia culpa directamente a Anna de habérselos entregado a La Llorona, una entidad vengativa que busca recuperar a los hijos que hace siglos ahogó. Ahora Anna deberá cuestionar su propia fe para enfrentarse a una poderosa maldición que no parará hasta cumplir sus macabros designios.

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Como pueden ver, esta cinta toma elementos muy básicos de la vieja leyenda de La Llorona para mezclarlos con las narrativas habituales de James Wan en torno a fantasmas, poltergeist, espíritus o demonios. La idea de una fantasma femenino que recorre las calles penando por los hijos que mató en un ataque de celos es, solamente, la versión más popular de un mito ancestral.

El origen de la leyenda de la Llorona es muy antiguo y muy complejo. Como bien explica nuestro compañero Edgar Olivares en una extensiva investigación sobre el tema, La Llorona es un mito probablemente nacido en las chinampas de Xochimilco con las creencias prehispánicas en las diosas de la fertilidad que reclamaban sacrificios. Los mitos fundadores en torno a las diosas de la fertilidad Cihuacóatl–Quiláztli y la diosa vengativa Mictlancihúatl se convirtieron, en la época colonial, en figuras penitentes de mujeres en ropas blancas que vagaban llorando por sus niños. Algunos creían que era el espíritu de la Malinche que penaba la traición a todos los hijos de su raza; otros, creando una versión local de Medea, que se trataba de una madre que, por despecho, había matado a sus hijos y que ahora vagaba buscando robar niños.

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Sea cual sea el verdadero origen del personaje, la leyenda se estableció con los mismos elementos estéticos (la dama de blanco que llora por sus hijos) y los mismos elementos temáticos (un fantasma que busca vengar una afrenta pasada o resarcir la culpa de un matricidio). Más allá de las leyendas populares, el mito de La Llorona ha tenido un profundo impacto en la cultura popular. En el cine mexicano, por ejemplo, La Llorona ha tenido diferentes interpretaciones que van desde la recreación histórica sobre una maldición familiar en La Llorona de Ramón Peón (1933) hasta la locura de Santo y el Mantequilla Nápoles en la venganza de la llorona (1974). Entre estas dos cintas, hubo diferentes producciones como El Grito de la Muerte (1959), La Llorona (1960), La maldición de La Llorona (1961) –que, a pesar de compartir título con la cinta de Michael Chaves, no tiene mucho que ver con el mito del fantasma penitente–, y la película de animación bastante mediocre La Leyenda de La Llorona (2011).

La historia, incluso, ha trascendido fronteras para adoptar distintas formas. Es el caso de Mama (2011), pelicula taquillerísima que llevó a la fama a Andy Muschietti, el ahora director de IT, de la mano de Guillermo del Toro y que, esencialmente, toma inspiración del mito de La Llorona sin mencionarlo. En esta nueva cinta, sin embargo, la elección de la maldición parece ser bastante concreta y el guión escrito por Mikki Daughtry y Tobias Iaconis nos sitúa inmediatamente en la leyenda colonial mexicana. Y aquí La Llorona toma los elementos típicos de la leyenda colonial más popularizada: una mujer despechada que ahogó a sus hijos y vaga por el mundo como un fantasma que intenta recuperarlos.

A diferencia de muchas leyendas de La Llorona, sin embargo, ésta se sitúa en Los Ángeles de 1973 y, a pesar de la fuerte presencia latina en la ciudad, estamos frente a una adaptación plenamente estadounidense. Además, la Llorona de Chaves parece torturar a mujeres solteras y no a hombres engañadores, como también sucede con otras versiones del mito. En cualquier caso, esta versión toma los aspectos más conocidos y superficiales de la leyenda sin querer explorar más allá de los orígenes. La Llorona sirve aquí, pues, para traer a escena un fantasma latinoamericano y meterlo, como en cama de Procusto, a la fuerza dentro de los repetitivos esquemas narrativos del universo de James Wan.

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El universo artesanal de James Wan

Siempre lo he dicho: James Wan es más un productor efectivo que un director creativo. La estrategia de Wan, generalmente, funciona de esta manera: hace una película más o menos creativa que cultiva un éxito inesperado y, después, dedicarse a explotar el universo que abre. Así nacieron seis secuelas de Saw, una película de origen bastante interesante, y otras seis cintas después de The Conjuring, otra película de origen relativamente original. Lo que hace que sus franquicias lleven su sello está en el estilo mismo del director: no importa si las cintas pasan a otras manos, siempre tienen los elementos esenciales del lenguaje de Wan. De hecho, The Curse of La Llorona es un caso paradigmático del estilo de Wan imponiéndose sobre un director joven.

Michael Chaves saltó a la atención pública en Hollywood por su cortometraje The Maiden (que pueden ver aquí). A pesar de no ser tremendamente original, el corto es de una manufactura cuidada y tiene bastante estilo. Los movimientos de cámara mareadores del principio se mezclan con planos holandeses, juegos de profundidad de campo y buenos trucos de efectos prácticos para contar una pequeña historia de casa embrujada con originalidad, temple y medios mínimos. Y, sin embargo, en The Curse of La Llorona no vemos nada de ese estilo.

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Aquí, parece que Chaves está siguiendo un manual, paso a paso, de cómo debe ser una película en el universo de Wan. Todo empieza con un plano secuencia trucado que establece los espacios de la casa en donde se darán los espantos. Este procedimiento es típico de Wan que gusta mucho de jugar con grúas y tomas largas para establecer el espacio de sus tramas. El espacio resulta esencial porque, en las esquinas, los espejos, los televisores y los pasillos se explotan los jumpscares. Exactamente como pasa también en esta cinta que utiliza los elementos típicos del jumpscare de Wan: el objeto que rueda hacia el protagonista espantado, el mantel que recubre a un fantasma y que el protagonista debe levantar, el juego con los espejos y la profundidad de campo, el juego de pasillos largos con luces parpadeantes, todos los juegos posibles con puertas que se cierran de golpe, con velas que se apagan de golpe, con gente arrastrada por el piso o que vuela por los aires, etc.

También, como le gusta a Wan, The Curse of La Llorona es una película de época. Aquí se trata de los años setenta, cosa que podemos notar, principalmente, por la insistente elección musical, el diseño de producción y el diseño de vestuario (especialmente en los atuendos de Linda Cardellini). También, como siempre ocurre en las películas de Wan, el diseño de la entidad sobrenatural amenazante se basa en simbología religiosa (aquí el vestido de monja se trunca por el vestido virginal de una novia en su noche de bodas) y siempre hay un subtexto católico (a pesar de que ésta, sorprendentemente, es la película de menor propaganda católica en toda la saga). En ese diseño también se repite el maquillaje pálido con tintes negros y, claro, el CGI que hace las grotescas muecas necesarias para el jumpscare en el fantasma principal.

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Narrativamente, la cinta se desarrolla siguiendo patrones fijos que vemos una y otra vez en las cintas de Wan: la maldición tiene un antecedente terrorífico que recae en una familia rota (de preferencia con una mamá soltera –símbolo de supervivencia y fragilidad en la mente de estos directores–), siempre los niños son el blanco privilegiado de los ataques sobrenaturales, por lo que un padre –o madre, generalmente– debe descubrir el origen del mal con la ayuda de una autoridad religiosa y confrontarlo en un exorcismo/ritual/purificación final. El clímax siempre llega con mucho ruido, cosas que vuelan y se rompen, paredes que se rasgan y demás efectos que señalan la lucha física con un mal intangible.

En esta cinta todo –salvo la historia paralela de la venganza materna de Patricia Álvarez– es absolutamente previsible. Son previsibles los jumpscares con las pautas de sonido y los recursos gastados; son previsibles las vueltas de una trama que hemos visto cientos de veces; son previsibles las soluciones de cámara que se heredan, directamente, de lo que Wan ha observado que funciona en el género. Y, así, con una construcción previsible de un pastiche repetido hasta el hartazgo, The Curse of La Llorona es la entrega más formulaica, banal y gris de la saga. Bueno, como dije antes: hasta The Nun es original en su patético esfuerzo.

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El desgaste de una fórmula

The Curse of La Llorona tiene cosas interesantes. El uso del motivo del collar y el juego con el agua recuerdan a The Maiden y muestran que Michael Chaves, a pesar de la insoportable égida de Wan, sigue vivo por ahí en la película. También, las actuaciones de Linda Cardellini (nuestra persona favorita del mundo desde que era Lindsay Weir) y de Raymond Cruz (Breaking Bad) sirven bastante bien para balancear drama, horror y alivios cómicos. Por ahí, hay dos que tres sustos divertidos. Pero, al final, esta cinta sólo es una galería de las posibilidades efectistas en el arsenal de Wan que desaprovecha, completamente, todo el enorme material que pudo utilizar.

La leyenda de La Llorona puede ser tomada desde varios ángulos. Comprendida como una relación de miedos prehispánicos, incomprensibles para los códigos actuales, la cinta hubiera podido explotar la idea de horror milenario que tan bien funcionó en The Exorcist de William Friedkin. También, al estar ambientada en los años setenta, dentro de una familia monoparental y tratándose de una leyenda sobre la maternidad, la fertilidad y la destrucción, pudo haber elaborado sobre temas sociales más interesantes… o, siquiera, explotar la idea de las relaciones empáticas entre madres.

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Sin embargo, esta cinta opta por mantenerse en los terrenos siempre seguros de la fórmula. Absolutamente satisfecha con causar unos cuantos sustos, la película de Michael Chaves nunca intenta ser algo más que una pequeña película de horror dominguera e intrascendente a la sombra del universo de James Wan. El logro es evidente: la gente va a ver esa película en masa y la cinta ya recaudó más de cinco veces su presupuesto en taquilla. También, en los comentarios a la presente reseña, más de uno me va a decir que estoy exagerando porque esta cinta sólo quiere divertir y eso lo logra perfectamente.

Creo que este tipo de horror formuláico cumple, en efecto, una función de balance en la taquilla norteamericana y que, tal vez, las grandes obras independientes de Jordan Peele (Get Out), Fede Álvarez (Don’t Breathe), David Robert Mitchell (It Follows), Robert Eggers (The VVItch) y Ari Aster (Hereditary) no serían posibles sin él. También entiendo bien que hay gente que quiere ver horror y regresar a sus casas sintiéndose aliviados, con la función cumplida de una catarsis de adrenalina y sin ningún pensamiento posterior sobre el mundo y su relación a los espantos. Sin embargo, a pesar de entender todo esto, no voy a decir, condescendientemente, que esta película es buena para el público al que apunta.

(Warner)

The Curse of La Llorona es un ejemplo del cine de terror más previsible, más industrial (en el sentido de fabricación en serie), más gris, falto de creatividad y banal que hay actualmente. Si alguien se divierte viéndola, me parece fabuloso. Pero, creo que el diseño de producción sirve para algo más que un decorado, que los temas sociales que se vislumbran sin explotarse son un desperdicio y que una película puede ser sorpresiva con los medios más mínimos. James Wan lo comprobó con Saw… y ahora se dedica a matar toda creatividad propia de nuevos directores de horror con sus fórmulas probadas. Esta película puede no tener la culpa, claro, pero es un síntoma de una enorme mediocridad en un género de infinitas posibilidades.

Lo bueno
  • Las actuaciones de Linda Cardellini y Raymond Cruz.
  • Algunos sustos bien planeados.
  • Que la propaganda católica no se desborda como en The Nun.
  • Que, finalmente, es una cinta divertida.
  • Que, finalmente, algunas personas la disfrutarán.
Lo malo
  • El diseño de producción totalmente separado de la trama.
  • La absoluta falta de interés por una profundidad real en la leyenda o lo social.
  • Ver la fórmula de Wan aplicada al pie de la letra.
  • Que, al sabernos de memoria esta fórmula, las películas de este universo son terriblemente previsibles.
  • Que Michael Chaves queda opacado como director.
  • Que es una película absolutamente olvidable.
  • Que seguro tendrá tres secuelas.
  • Que es la película más gris y formulaica de horror que he visto en mucho tiempo.
Veredicto

(Warner)

The Curse of La Llorona cumple su propósito: la gente entrará a verla, sentirá un par de sustos y saldrá aliviada por la resolución final. No hay nada más allá de la experiencia de la sala, el horror nunca deja las paredes del cine. Así lo ha querido James Wan en su saga de The Conjuring y así se hace con cada entrega de este universo. El problema con esto es que se están haciendo películas de horror en cadena, sin ninguna profundidad real y que, con cada iteración, se vuelven más predecibles. Tal vez estas cintas cumplan una función en el mercado, tal vez sean lo que la gente pide. En cualquier caso, esta cinta muestra que las fórmulas de Wan sirven para recolectar dinero a carretadas a cambio de quitarle toda el alma a un género combativo que, en otras partes, está encontrando sus verdaderas expresiones.

Título: The Curse of La Llorona.

Duración: 93 min.

Director: Michael Chavez.

Elenco: Linda Cardellini, Raymond Cruz, Patricia Velásquez.
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País: Estados Unidos.

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