Reseña – Relic: Herencia Maldita: Un gran ejercicio de íntimo horror psicológico

| 12 de abril de 2021
En esta reseña de Relic explicamos por qué la ópera prima de Natalie Erika James es una de las mejores películas de terror de la década.

En esta reseña, hablaremos de Relic: Herencia maldita, una innovadora y genial película australiana de horror que, por fin, llega a salas mexicanas.

Relic, estrenada en México en el Mórbido Film Fest 2020, es una de las mejores cintas de horror de los últimos años. También, la colocamos entre nuestras 10 películas favoritas del 2020. Surgida de la nada, esta íntima ópera prima causó revuelo en el festival de cine de Sundance. Desde entonces, no ha parado de encontrar una profunda identificación en las audiencias del mundo.

Relic cuenta la historia de Kay y Sam, madre e hija, que regresan a la vieja y aislada casa familiar después de que Edna, la abuela, desaparece. Después de días de vivir en la casa, es evidente que la salud mental de la abuela se estaba deteriorando. Algo anunciaba la lejanía de los vecinos, los stickers con recordatorios, los muebles colocados caóticamente… También es evidente que la relación entre Kay y Sam no es la más cercana y que ninguna de las mujeres de esta familia se ocupa verdaderamente de Edna. En este ambiente enrarecido, de pronto, la abuela regresa. Y, sin embargo, no parece ser la misma de antes. Algo parece acecharla, algo que viene de viejas historias familiares de abandono, que viene de una profunda culpa, que se niega a abandonarla.

Con un sentido visual, sonoro y narrativo único, Natalie Erika James hizo una película de horror como fanática del horror. Todo aquí es la destrucción progresiva de las expectativas del género y una nueva forma de entender los viejos tropos de las casas embrujadas y los horrores japoneses familiares. Todo aquí, finalmente, utiliza un sistema cultural para transmitir el muy íntimo dolor del un duelo.

Todos los que hemos perdido a alguien cercano sabemos qué significa esa presencia desconcertante de la ausencia; sabemos lo complicado que puede ser llegar a entender la presencia tan inmediata, tan imponente, de la muerte. Con esta película pensé mucho en mi abuela. En ese departamento vacío de su presencia pero lleno de objetos. Pensé en todas las cosas que había acumulado durante más de un siglo de vida y cómo, la inmensa mayoría, ya no tenían sentido. Ella daba vida a un espacio, a sus objetos, a todo lo que, en su ausencia, dejó de significar.

Relic no es otra película de horror. Al menos para mí, esta cinta fue una forma de entender mis duelos. Creo que, en ese sentido, esta película desgarradora y profundamente amorosa puede conectar con todos los que, de cierta manera, se siguen sintiendo rotos.

El fan transparente

La ópera prima de Natalie Erika James fue, primero, un recuerdo doloroso convertido en cortometraje. La directora me platicó de la culpa que sintió cuando, en un viaje para ver a su abuela en Japón, alcanzada por el alzheimer avanzado, ella no la reconoció. A partir de ahí, James comenzó a tener un guión sobre la culpa, el abandono de los adultos mayores, los complejos lazos familiares alrededor de la muerte y el horror de perder toda relación con el mundo.

En cortometrajes anteriores, especialmente Creswick (2016) y Drum Wave (2018), James había explorado ya ciertos temas que retoma con lujo de detalle en Relic: el miedo a la maternidad, la responsabilidad familiar, la herencia de las enfermedades mentales y la dificultad de afrontar viejos traumas. También, James afinó un estilo visual, sonoro y narrativo, en esos cortos, que es claramente reconocible en Relic. Ahí vemos el fuerte apego al diseño de producción minucioso, los personajes femeninos atormentados, esos sutiles movimientos de cámara, la importancia del sonido directo, de los incidentales diegéticos, el juego con los claroscuros y el amor por un horror ambiental que repudia los jumpscares y se fascina por la intimidad psicológica del J-Horror.

De hecho, toda la película de Relic reposa en un miedo que nada tiene que ver con el susto fácil en pantalla. Aquí, como en los cortos anteriores, James se dedica a producir lo que llama “un miedo existencial”. Esta es una película que quiere crear una sensación ambiental de horror durable para transportar al espectador a otras vivencias.

Con detalles mínimos, James teje la historia de una familia disfuncional, entregada al abandono, que debe unirse ante la llegada de lo ominoso. Esta comprensión fina del unheimlich, comienza a sembrar detalles que disrumpen la normalidad familiar y comienzan a socavarla. Como el horror de la mente senil que empieza a perder relación con el mundo, contenida, hacia dentro, el horror de esta casa comienza a aislar a las protagonistas, encerrándolas en el espacio metafórico de un horror que rebasa, por mucho, los límites de la ficción.

El horror de esta cinta se construye como el horror familiar, de trasfondo social, de cintas como Dark Water (2002), Ju-on: The Grudge (2002) o, incluso, The Inugami Family (1976). Aquí, sin embargo, el elemento sobrenatural heredado del horror gótico y del tropo de la casa embrujada se convierte rápidamente en una alegoría. El uso de estos temas para, finalmente, mostrar que toda familia está embrujada de culpas, recelos, violencias y miedo, es uno de los aspectos más originales de Relic. Y no es el único detalle en el que se ve que James es una fanática del horror.

Relic se niega a usar el mecanismo barato del jumpscare. James me dijo, incluso, cándidamente, cuando la entrevisté, su opinión sobre el uso de sustos sencillos: “Siempre hay lugar para trucos evidentes como las secuencias oníricas o los jumpscares. Pero pienso que apoyarse demasiado en ellos puede acabar degradando tu película.”

Así, con una fina comprensión de los horizontes de expectativa, James crea trampas genéricas. No nada más da pistas sobre lo sobrenatural para regresar a un realismo y plantea el marco de una historia de fantasmas para hablar de las herencias familiares, sino que utiliza los mecanismos de lo onírico para hacer finas alegorías espaciales. Además, juega con los potenciales sustos que espera el espectador. El montaje abrupto que corta a planos de detalle con un fuerte sonido diegético (una llave de agua abierta, un cuchillo picando, etc.) recuerdan, sonoramente, al jumpscare. Así, constantemente, James coquetea con los límites del género y sus clichés. Pero nunca cae en ellos. Más bien, construye una tensión progresiva que se basa en lo ambiental. Todo, pues, reposa en los pequeños cambios en lo familiar, en detalles sonoros, en el diseño de producción y en la enorme actuación de la experimentada Robyn Nervin junto a Emilie Mortimer y Bella Heathcote.

Con esta elegante construcción, Relic no es una montaña rusa como las interminables películas de James Wan. No está hecha para crear una diversión pasajera. Su punto trasciende el marco del cine de género y nos habla, con singular ternura, sobre la importancia de las responsabilidades emocionales en la familia; sobre el miedo a la muerte; sobre las dificultades de encontrarnos en el sufrimiento de quienes más queremos.

La familia y el olvido

Todo ser humano teme la muerte. Combatimos nuestro miedo con estrategias complejas, personales, culturales: retando el peligro físico, ejercitándonos, filosofando, meditando, o perdiendo los sentidos. Y, sin embargo, la más poderosa forma que tenemos de afrontar el miedo a morir sigue siendo el olvido.

Conceptualizar, como nos enseñó Funes el Memorioso, es una cuestión de olvido. Olvidamos todas las mesas que hemos visto en nuestras vidas para poder reunirlas todas en un concepto que llamamos “mesa”. Olvidamos para poder pensar. Sin este olvido, sufriríamos una indigestión simbólica. De la misma manera en que nos atragantaríamos si tuviéramos que ser conscientes de la digestión. Nuestro cuerpo digiere sin advertirnos del proceso. Ejercer conscientes el metabolismo, la digestión, etc. sería una tarea agotadora, imposible, paralizante. No olvidamos bombear sangre porque nunca lo hemos hecho reflexivamente. La vida se nos iría en permanecer vivos.

El olvido de las funciones corporales y el olvido de las particularidades alrededor de los conceptos son dos funciones vitales para nuestra supervivencia mental y biológica. También, postergamos en el olvido la consciencia de nuestra mortalidad para no paralizarnos frente a su certeza. Pensamos la muerte como algo lejano, que no debería preocuparnos. No tanto como la ataraxia de los epicúreos -pensar que la muerte no nos concierne-, sino como algo que siempre podemos postergar.

Por eso, tal vez, ciertos países europeos tienen tanto desprecio por la vejez. Los hijos abandonan a sus padres en asilos o en viejas casas familiares para no afrontar, de forma directa, la vivencia cercana de la decadencia, la muerte que se aproxima. En México, claro, tenemos tradiciones muy distintas. La muerte forma parte de nuestras vidas y la mantenemos cerca. Visitamos a nuestros muertos y les pedimos que nos visiten. También, por eso, somos muy protectores con los ancianos. La unión familiar se forja alrededor de los abuelos, en familias numerosas, con un enorme respeto por la vejez.

En cualquier caso, nuestra relación social con los ancianos se determina, culturalmente, por nuestra relación con la muerte y el miedo a morir. Este miedo poderoso, esta fuerza aterradora que enfrentamos con el olvido, está en el centro de Relic.

Kay se negó, durante mucho tiempo, a visitar a su madre enferma; a pesar de que, la navidad pasada, como vemos al inicio de la cinta, inundó la casa familiar. Cuando va a presentar la denuncia en la estación de policía, entendemos que su relación es lejana con Edna y que hay mucha culpa en el abandono actual de la madre.

Por su parte, Sam se ofrece a cuidar a la abuela. Pero Edna entiende, rápidamente, que este acto desinteresado no lo es tanto. Para Sam, la abuela se convierte en una posibilidad, un proyecto frente a su futuro incierto, una forma de encontrar un lugar en el mundo y, sin culpa, adjudicarse un propósito. La abuela tanto para Kay, como para Sam, es menos que una persona.

La idea es poderosa. Porque los adultos mayores, con el tiempo, dejan de tener el mismo peso en la familia. En el ciclo cruel del crecimiento humano, parece que los abuelos regresan al lugar de los nietos: son como niños a los que hay que regañar, llevar al médico, alimentar, incluso a veces cambiar.

Si Edna no hubiese desaparecido, ninguna de ellas hubiera regresado a la casa familiar. El olvido era una forma de tratar el miedo a la degeneración, de afrontar la vejez y la mortalidad acechante de la abuela. Para Kay, incluso, la opción que sigue no es cuidar a su madre, sino relegarla a un asilo de ancianos. Así, para Edna, la presencia de estas dos herederas no reconforta, al principio, sino que duele: es el síntoma mismo de su pérdida de poder, de control, y de autonomía.

Mientras tanto, ella está afrontando otro tipo de olvido. El olvido de sí misma, de un pasado que se le escurre entre las manos. Mientras que lo más inmediato se borra (el reconocimiento del vecino con síndrome de Down, de su hija, de su nieta, de sus medicinas etc.), lo lejano regresa con singular crueldad. En una de las secuencias más desgarradoras de la película, Edna se escapa al bosque con una caja llena de fotografías familiares. Recuerdos antiguos que, en un acto de desesperación, intenta enterrar o engullir. Cuando Kay la encuentra, Edna le pregunta, con una mirada desgarradora, a dónde se fueron todos.

Cuando el Alzheimer se agravó, la abuela de Natalie Erika James empezó a acumular chácharas en dos cuartos de la planta alta de su casa tradicional en el campo japonés. Ahí, guardaba celosamente toda clase de desperdicios junto a las más preciadas reliquias familiares. Para la directora, este gesto revelaba una desesperación: su abuela quería aferrarse al mundo, a las cosas, como si guardarlas físicamente fuera a conseguir guardarlas en su mente. Con el impulso del hoarding, su abuela luchaba contra el olvido.

En Relic, Edna también trata de almacenar, bajo tierra, las fotos familiares. Trata de comérselas. Trata de salvar lo que puede en el pesadillesco sótano de la casa. Ahí, en una última secuencia alegórica, Kay y Sam se pierden en este hoarding, en el espacio de la casa convertido en el espacio de la mente. La representación física que hace James del laberinto de recuerdos es tan interesante porque diluye, finalmente, las fronteras entre las cosas y los conceptos. La idea es que poblamos el mundo físico con nuestra mente, proyectamos nuestro lenguaje, nuestras vivencias y nuestros conceptos en él. Por eso las reliquias de una familia no tienen sentido para otra familia. Por eso los objetos de Edna son una laberinto incomprensible para Kay y Sam.

En la vida acumulamos cosas, como los ropavejeros, que no tienen sentido más que en la arbitrariedad de nuestro paso por el mundo. Nosotros le damos sentido a lo que acumulamos y, sin nuestra mente despierta, sin nosotros mismos, todos estos objetos no tienen ninguna razón de congregarse. Limpiar la casa de un familiar muerto es eso: mediar, cariñosa y sorpresivamente, entre lo que reconocemos y lo que no podemos entender. ¿Por qué guardamos ciertos boletos de cine o de metro? ¿Por qué tenemos una roca en un cajón?

El miedo alegórico

El mundo es lo que hacemos de él y no hay nada más cercano a esta construcción que las casas que habitamos. Ese es el concepto mismo de las casas embrujadas: la idea de que algo de nosotros permanece en los lugares que habitamos. La presencia que atraviesa el espacio físico fue trabajada con gran originalidad por David Lowery en A Ghost Story (2017) y, aquí, regresa en otro sentido: como herencia. La reliquia más antigua de la casa de Edna, es el vitral que estaba en la casa de un familiar hace tiempo desaparecido. Este familiar también sufrió demencia y fue decayendo en la soledad y el abandono. Al final, murió solo, entre su inmundicia, sin ninguna dignidad.

El vitral en la puerta es el único testigo de este abandono que se instala en la casa como una pesada culpa. Aquí representa lo que, en el espacio físico, nos habla de una construcción mental heredada. Particularmente, nos habla de la culpa de esta familia con una historia de abandono de adultos mayores presas de la demencia. Y nos habla, también, de la transmisión de la demencia como un modo de ver el mundo.

La imagen del vitral señala el artificio del cine. “Supongo que esta película habla de cambiar de perspectivas.” me explicaba James. “Me gusta la idea de los lentes y de cómo lo que vemos está mediado por otras cosas. Y el vitral también simbolizaba esto.” En efecto, el vitral ofrece una perspectiva distinta, deja pasar la luz, baña lo que observamos bajo otros colores. Aquí, el vitral sirve para señalar estos cambios de perspectiva que muestran, finalmente, el camino hacia la empatía.

A diferencia de mucho horror occidental, el horror japonés se inclina hacia una empatía por el fantasma. No se trata simplemente de una encarnación del mal, sino de alguien que sufrió un poderoso trauma. El fantasma es una herida, el fantasma es el testimonio de un sufrimiento. Al cambiar la perspectiva desde la víctima del horror sobrenatural, hacia lo que causa el miedo, el J-Horror subvierte una vieja fórmula y privilegia una mirada empática. En Relic, Natalie Erika James retoma esta tradición para decirnos algo sobre las responsabilidades afectivas.

Antes de vivir, cercanamente, la experiencia dolorosa de la enfermedad de Edna, Kay y Sam estaban dispuestas a abandonarla. Al estar con ella, sin embargo, la perspectiva cambia. El horror no está en verlas a ellas como las víctimas, sino en entender la pesadilla que puede ser perder el sentido. Los laberintos del sótano de Edna muestran el horror de no encontrarse consigo misma, atrapada en un espacio que antes era familiar y que ahora resulta cada día más extraño. El hablar sola, multiplicar las cerraduras, sentir el horror paranoico de una presencia, muestra que Edna ve a todos los que la rodean, a falta de reconocimiento, como invasores. Por eso encierra a su vecino. Por eso persigue a sus familiares en el horror de su laberinto.

El final de esta película es tan desgarrador, finalmente, porque es profundamente optimista. Hay algo curativo en esta última secuencia. Kay y Sam aceptan la enfermedad de su familiar y dejan de tratar de normalizar lo que ya nunca va a ser normal. Al descubrir a este ser frágil y monstruoso, descubren la fragilidad monstruosa de todos los que se enfrentan a una enfermedad terminal. El miedo cede ante la ternura y, abrazadas en una cama, las tres aceptan la relación con una enfermedad que, en algún momento, ellas vivirán en mente propia.

La construcción del espacio es así la construcción de un recuerdo colectivo, un testimonio de las culpas familiares, de la enfermedad familiar, de la responsabilidad emotiva en la familia. El espacio físico se vuelve la manifestación de algo abstracto, de una presencia heredada, que no es, sin embargo, un ente sobrenatural, sino la invencible presencia, en todo lazo familiar, de la vergüenza, la culpa y el miedo. Lo que pervive, encima de la maldición de los genes, sin embargo, es la capacidad empática de ver la perspectiva del otro, de entender el horror de una enfermedad, de sentirlo en carne propia. Relic, finalmente, toma el poder del cine de presentar una realidad fabricada, nos muestra la violencia de la decadencia y, finalmente, nos muestra que tenemos la amorosa capacidad de aceptarla.

Lo bueno
  • El increíble diseño sonoro.
  • El aún más increíble diseño de producción.
  • La fotografía cuidada, en claroscuros, de la cinta.
  • La enorme dirección de actores de Natalie Erika James.
  • Las actuaciones.
  • La sutileza de los movimientos de cámara.
  • La construcción de un ambiente.
  • La completa falta de jumpscares.
  • El amor por el J-Horror y las expectativas desechas del horror.
  • La maravillos alegoría.
Lo malo
  • Que no se estrenó antes en México.
  • Que la pandemia va a impedir que más gente la vea.
  • Que no he podido verla en pantalla grande.
Veredicto

Al principio de Relic, se establece un ambiente. Las luces punzantes del árbol de navidad hacen un efecto de extrañeza que atraviesa desde Morvern Callar (2002) de Ramsay a Profondo Rosso (1975) de Argento. Aquí, este efecto sirve también para crear un ambiente duradero. El diseño sonoro y musical, el ritmo de montaje y el movimiento de la cámara van a reforzar, constantemente, la sensación de un pulso. La casa familiar, este lugar que encarna los horrores abstractos de una familia que se enfrenta a la enfermedad y la muerte, parece estar viva. Finalmente, por un cambio de perspectiva, este espacio se convierte en un espacio mental y el cine, en una herramienta de empatía. El horror de Relic es tan vivencial porque nos muestra miedos durables y muy reales. El horror de Relic es tan amoroso porque, finalmente, nos muestra la victoria de la compasión sobre la extrañeza.

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