Reseña: Mortal Kombat – Un sangriento y hueco truco publicitario

| 14 de abril de 2021
Mortal Kombat (2021) es un elaborado truco publicitario que utiliza el fan service de la manera más cínica posible.

En esta reseña les platicamos por qué la adaptación del 2021 de Mortal Kombat no vino a salvar el cine de videojuegos.

Este fin de semana se estrena el anticipado y muy gore reboot de Mortal Kombat (2021). Todos vimos los trailers, todos sabemos que Warner Brothers no se lavó las manos y produjo una película con clasificación para adultos. Este nuevo Mortal Kombat, se anticipó y se vendió como algo más fiel al videojuego; algo atascado de grandes diseños clásicos para la nostalgia, fatalities y toda la sangre chapucera que pudiéramos pedir.

A pesar de todo esto, no fui con altas expectativas. Todos hemos vivido en carne propia la larga y compleja historia de las adaptaciones de videojuegos a la pantalla grande. No esperaba un argumento complejo, un guión muy desarrollado o personajes de amplia construcción emocional. La verdad, fui con una mente abierta, cariño nostálgico y la esperanza de una adaptación inteligente que, en el camino de agradar a audiencias que ya no son tan jóvenes, pudiera mezclar con soltura las dementes secuencias de pelea con algo más reflexivo. Al menos, si no, algún tipo de construcción estética autoconsciente. Yo qué sé, esperaba algo.

Y no le exijo mucho a los guiones que adaptan este tipo de videojuegos. El arcade no daba mucho espacio para la construcción de una historia tan compleja y vasta como, digamos, la de The Last of Us, Assassin ‘s Creed, Hitman o Bioshock. De cualquier forma, con casi treinta videojuegos publicados, un par de películas noventeras, series, animaciones y cómics, el mundo de Mortal Kombat se complejizó considerablemente desde el último intento, hace 26 años, de llevarlo a la pantalla. En ese sentido, esta película me parece tan criticable.

Los productores de Warner tomaron todo lo que nos gustaba de la franquicia, nos lo pusieron en la cara para que saliváramos y obedeciendo, como perros atentos, fuéramos a comprar boletos. Pero una vez dentro de la sala, con cada momento que pasa, esta película se vuelve más hueca, predecible y sinsentido. Al final, te quedas con una sensación terrible. Aquí nadie quiso pensar en el verdadero trasfondo de este universo: esto no es más que un anuncio de juguetes glorificado.

Mortal Kombat en 2021 y la nostalgia compartida

Tomemos un viaje al pasado. 1995, mediados de los noventa, momento cúspide de la pelea entre Sega y Nintendo; momento en el que se discutía intensamente Dragon Ball Z; se lloraba la eliminación de México en la Copa del Mundo de Estados Unidos por unos malditos penales, después de pasar el grupo de la muerte jugando un fútbol hermoso; momento en el que encontrar un fatality era una cuestión de suma importancia para los privilegiados que tenían un SNES; momento bello, momento que se recuerda con nostalgia. Un par de años antes, había salido el Mortal Kombat II y ya superaba, en los corazones de todo chamaco adicto al gore, los viejos títulos de Street Fighter o Fatal Fury.

Ese mismo año, encabezaba un elenco ecléctico de virtuales desconocidos el mítico Christopher Lambert como una peculiar encarnación de Raiden en la primera adaptación al cine de Mortal Kombat (1995). La película resultó ser una absoluta locura sin sentido; una de esas primeras adaptaciones raras de videojuegos que hizo Paul W. S. Anderson antes de conocer a Milla Jovovich; una locura típica de los años salvajes post Super Mario Bros. (1993). En ese momento, Anderson era muy joven, tenía treinta años, acababa de llegar a Estados Unidos y se topó con un guión que tomaba mucho del espíritu de los dos primeros juegos de la saga. Se lanzó de lleno en el asunto. Y le pegó al oro: una cinta en la que nadie creía juntó más de 120 millones de dólares en taquilla con un presupuesto de apenas 18 millones.

Anderson no sabía nada de efectos especiales o artes marciales. Así que hizo su tarea y era un fan empedernido de la saga de Mortal Kombat en arcade. El amor artesanal y joven de la apuesta se notó, finalmente, en el resultado. Después de las chapucerísimas Super-Mario Bros (1993), Street Fighter (1994) y Double Dragon (1994), esta era la primera película basada en videojuegos que verdaderamente complacía a los fans del juego. Anderson logró recuperar los ambientes de los fondos de pelea, respetó el espíritu de los personajes y, a pesar de no poder utilizar el gore necesario por el PG-13, logró grandes secuencias de acción.

Mortal Kombat, en retrospectiva, tenía un encanto inocente único. Las secuencias filmadas con animatrónicos y marionetas para crear a Goro, los efectos de computadora mediocres con Reptile, Sub-Zero y Scorpion, el soundtrack ruidoso y atascado, la presencia madura de Lambert y el enorme Cary-Hiroyuki Tagawa como Shang Tsung, sumaban para hacer una cinta de culto que, actualmente, sigue siendo una de las mejores adaptaciones de videojuegos en pantalla grande. Y, es cierto, es una película totalmente desproporcionada y ridícula. Pero nunca tuvo la solemnidad de Lara Croft: Tomb Raider (2001), el descaro derivativo de las adaptaciones de Resident Evil (2002), o el poco sentido de la proporción de la horrenda Prince of Persia: The Sands of Time (2010). Con su medido presupuesto y amor al material original, esta cinta vive sin pagar renta en la memoria de muchos.

La nostalgia de los huevos de oro

La cosa que me parece tan tramposa de este reboot de Mortal Kombat (2021) es el cinismo de su propuesta. Entiendo perfectamente que estemos viviendo una era de sobreexplotación de la nostalgia. Es el momento perfecto para que los productores de Hollywood saquen películas y series que le pegan en el mero corazón a los obsesivos millennials que, ahora, tienen medios para gastar. El universo de Star Wars, de Marvel, de DC, continuaciones eternas de las primeras películas de Pixar, live-action de los clásicos de Disney, nuevos productos de nostalgia como Ready Player One (2018) o Stranger Things, Pixels (2015), películas de Lego, más películas de Jurassic Park, Rampage (2019) y Monster Hunter (2020), una película sacada a tropezones de Sonic (2020)… En este ambiente, se comprende que intenten, por fin, 23 años después del fiasco de Mortal Kombat: Annihilation (1997), rebootear esta franquicia.

Esto, en sí, no es malo ni bueno. Vivimos en esta época. Y, sin embargo, hay productos de nostalgia más interesantes que otros. Pensamos en los muy autoconscientes y críticos productos en este canon como Deadpool (2016), Logan (2017), Dredd, Toy Story 4 (2019), Inside Out (2015), Summer of 84’ (2018), Evil Dead (2013), o Rogue One (2016) frente al puro fanservice barato de The Rise of Skywalker (2018) o Lion King (2018), por dar sólo dos ejemplos extremos.

Cuando empezó Mortal Kombat, pensé que, en realidad, habían logrado algo interesante con el reboot. A pesar de la inexperiencia de un director primerizo como Simon McQuoid, los primeros quince minutos de la trama, situados en un bosque japonés en el siglo XVII, prometían algo diferente.

Muy rápido, nos damos cuenta de que esto es una reelaboración de la trama de origen del primer Sub-Zero, Bi-Han y de su eterno enfrentamiento con Hanzo Hasashi. Esta primera secuencia toma algunos de los elementos del cine ninja japonés situado en el periodo Edo y del Wuxia chino. Todo esto, claro, para confrontar a un ninja de China continental (Sub-Zero) con un ninja japonés (Scorpion) según dos tradiciones cinemáticas. En ese primer enfrentamiento en el que se escenifica la muerte de Hasashi y de su familia a manos de Bi-Han, entendemos que la película no va a cometer el mismo error de la cinta de Anderson: a nadie le importa aquí el PG-13 y la cinta empieza con gore bonito y peleas grandilocuentes de artes marciales. Hasta aquí todo iba sobre ruedas. Pero, a partir de ahí, también empiezan los problemas.

En el trasfondo de la vieja pelea entre los clanes de Shirai Ryu y Lin Kuei, McQuoid presenta a un nuevo personaje. Se trata de Cole Young, un peleador de MMA que resulta ser el lejano heredero de Hasashi. Este personaje, absolutamente nuevo en la mitología de Mortal Kombat, no es, como algunos creíamos, una reelaboración de Cage o una transformación de Kuai Liang. Para introducir la vasta mitología de MK a nuevas audiencias, McQuoid utiliza a la figura empática de Young que nada tiene que ver con la complicada lucha entre el Outworld y el Earthrealm.

McQuoid quiere crear una historia de origen interesante para Young y, en cuestión de economía narrativa, se toma un buen pedazo de la duración de la cinta para mostrar a un hombre de familia que pelea muy bien, pero que -quién sabe por qué- ya no quiere pelear. Apasionante, lo sé. Con esta ínfima base, el director considera que es suficiente actualización y se vuelca completamente a las posibilidades del fan service.

La lista de personajes reconocibles no se detiene: un típicamente traicionero Kano; una muy clásica Sonya Blade; Jax y sus grandes brazos metálicos; un nuevo Reptile con mejor CGI (apenas); Shang Tsung; Mileena; Reiko; Nitara; un Kabal muy parecido al de Mortal Kombat 11; imágenes de Shao Kahn; esculturas de Goro (que luego sí termina apareciendo con otro CGI lamentable); Raiden, por supuesto; y dos clásicas rendiciones de gran diseño de los intachables Liu Kang y Kung Lao. La lista de fatalities tampoco se detiene (no se los quemo, porque es lo más disfrutable de la cinta). Finalmente, en un guión que no esconde su ridícula construcción para mostrar frases reconocibles, tenemos innumerables gritos de “Finish Him!” “Flawless Victory”, “Fatality!”

No me malentiendan: en un nivel superficial, todo esto podría ser muy divertido. Reconocemos todos los guiños, el diseño de personajes es muy fiel y funciona, entendemos que todo fue específicamente hecho para nosotros. El problema es que, entre todo este desplante de fan service, Warner Brothers quiso ir demasiado lejos. Porque antes de establecer este renovado universo de Mortal Kombat, ya nos está vendiendo la franquicia.

Poco tiempo después de que empieza la película, es evidente que no vamos a ver ningún Mortal Kombat. Todo esto es una preparación para situar a los personajes, para separar a villanos de héroes y para dejar, a todos los que esperaban ver a Johnny Cage, esperando una secuela. Toda esta película, pues, es una enorme y vana estrategia de clickbait. En ese sentido, como bien dijo por ahí un tuitero, Mortal Kombat (2021) parece un trailer para una segunda parte que todavía ni existe.

En este mundo de sobreexplotación de la nostalgia, parece que hemos tocado un nuevo fondo. Ahora, antes de la primera película, ya se están creando las secuelas. Conforme avanza la película, todo se vuelve más ridículo y apresurado en el guión y más evidente resulta que la forma tan apilada, tan cínica, de mostrarnos los hitos del juego es solamente un truco publicitario. Al ver esta nueva entrega de Mortal Kombat, más que recordar con nostalgia la saga de juegos, me acordé de los anuncios de Nike de finales de los noventa: estrellas de fútbol y grandes efectos especiales utilizados para venderte un jodido logo. Y sí, eso es lo que representa esta película: una suma de símbolos reconocibles para que sigamos consumiendo el recuerdo de un pasado marchito.

Este ejercicio autotélico, a pesar de crear tantas referencias puntuales a los juegos, termina siendo profundamente irrespetuoso al fandom. Porque la idea no es cultivar un gusto compartido, sino amarrar una zanahoria a un palo para que sigamos avanzando hacía el vacío de nuestro consumo nostálgico. En algún momento, supongo, por el bien de todo lo que nos gustó, tenemos que parar. En algún momento, también, espero que los productores empiecen a usar nuestros recuerdos, de manera más respetuosa, para crear algún tipo de producto consistente. Mientras tanto, Mortal Kombat (2021), más que causarme una sincera alegría, me pareció un ejercicio patético y deprimente. Porque aquí, como espectador, soy sólo una cartera, un número, y una estadística sin corazón.

Lo bueno
  • Que por fin le metieron con todo al gore.
  • El diseño de los personajes que es impecable.
  • La presencia siempre impecable de Hiroyuki Sanada.
  • La esperanza que dan los primeros 15 minutos.
  • La coreografía de las secuencias de pelea.
  • Hasta cierto punto, el fan service.
  • Algunos fondos simétricos en el diseño de producción que recuerdan a la franquicia.
  • Algunos elementos de backstory interesantes (busquen, por ahí a Shao Kahn y el amuleto de Shinnok).
Lo malo
  • Fuera de Sanada y Joe Taslim, todas las actuaciones.
  • El guión que, con cada segundo que pasa, es más ridículo.
  • Que, finalmente, no hay Mortal Kombat.
  • Que todo esto es un truco para vender una franquicia.
  • Que nuestra nostalgia ya sólo se respeta como clickbait.
  • La absoluta falta de riesgo al final de la cinta.
  • El bait de Johnny Cage.
  • Que tuve alguna esperanza.
Veredicto

Entiendo para qué están hechas estas películas y no me hago ilusiones. De todas maneras, como pasó con el intento de reboot de Tomb Raider (2018), hay caminos interesantes que recorrer entre el fan service y un producto comercial de cierta calidad. Aquí, sin embargo, no hay ni siquiera un intento de coherencia. Esta película es el equivalente cinematográfico de una cajita feliz: el juguete es bonito, pero la carne que lo acompaña es una basura. Este reboot de Mortal Kombat (2021) es puro plástico y satisfacción superficial que, sin ningún empacho, quiere vender una franquicia que aún no existe. Un estudio de mercado por el que tienes que pagar.

 

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