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Zombieland: Double Tap es una secuela deslucida, triste y banal que sólo sirve para recordarnos lo excepcional que fue la primera parte.

Zombieland: Double Tap llega en el momento idóneo para su mediocridad: la era inagotable de los chistes metarreferenciales, las secuelas banales y la eterna nostalgia. Y, tal vez por eso, logre su cometido de recaudar millones en taquilla con un presupuesto considerablemente bajo (40 millones de dólares ya parece un chiste malo en el Hollywood de Marvel). Sin embargo, fuera de los cinismos comerciales y del constante bombardeo de basura hollywoodense, hay algo profundamente decepcionante en el camino que tomó esta secuela.

En 2009, salió esta pequeña película llamada Zombieland. En ese entonces, el gran nombre en pantalla era Woody Harrelson, un actor que seguía interactuando con grandes directores (No Country for Old Man, A Scanner Darkly), pero que también se prestaba a más o menos cualquier papel de alivio cómico en reparto que se le cruzara. El indudable carisma cómico del actor (que ese año también hizo un papel bastante serio en The Messenger) se acompañaba de dos virtuales desconocidos en el póster: Jesse Eisenberg y Emma Stone. En ese momento, Eisenberg era un nombre absolutamente ajeno a las grandes luminarias de Hollywood y Fincher jamás lo había escuchado mentar. Por su parte, Stone no había ganado un Oscar (tan inmerecido como banal) y sólo apelaba a un nicho de ñoños grifos que la reconocían como Jules en la genial Superbad.

El presupuesto de esa cinta fue de 23 millones de dólares y recaudó más de 100 millones. Un éxito independiente de género que volvió locos a los productores americanos. El género también vendí… y cómo. Fue este éxito que llevó a la desastrosa adaptación de World War Z de Max Brooks y que, de alguna forma, cimentó el camino para AMC ordenara una adaptación del cómic de Robert Kirkman, The Walking Dead, en 2010. Pero Zombieland fue mucho más que sus salidas comerciales.

Seis años después de la maravillosa Shaun of the Dead de Edgar Wright, por fin llegaba una sátira del género de zombies plenamente americana, plenamente consciente, original y disfrutable. Mezclando dos géneros esencialmente engorrosos de la cultura pop americana: el horror de serie b de zombies y las comedias románticas, Ruben Fleischer hizo una película absolutamente icónica.

Desde los créditos iniciales, pasando por las reglas de supervivencia de Columbus, hasta el personaje idiosincrático de Tallahassee, zombieland se mofaba con descaro de las convenciones del género, exponiéndolas y destruyéndolas con amor. Al mismo tiempo, logró jugar con el tropo de “último hombre en la tierra” para crear una comedia romántica que subvertía los valores habituales de matrimonio y familia. Claro, por más que el esquema no fuera tan innovador como lo parecía, todo esto fue tratado con enorme consecuencia, pertinencia, espontaneidad y gracia. La cinta, pues, cayó como anillo al dedo en ese 2009 y agregó un culto más a la larga tradición de sátiras de horror americanas (Bride of Frankenstein, Gremlins, Scream, Scary Movie -que es la sátira de la sátira-, Cabin in the Woods, etc.).

¿Qué pasó diez años después?

El tiempo pasó y eso es todo. Desde la primera cinta de Zombieland, Fleischer ha querido establecer un tipo de humor irreverente con la fallida 30 Minutes or Less y ganarse los laureles del Hollywood serio con el horrendo drama de crimen Gangster Squad. Finalmente, acabó dirigiendo Venom y el chiste se cuenta solo (yo sé que a muchos les encanta esa película, pero a mí me sigue pareciendo infumable). Por otra parte, el elenco de Zombieland creció y se ganó otras palmas: Eisenberg trabajó con Fincher y Woody Allen en medio de muchas superproducciones destrozadas por la crítica (Batman v Superman, Now You See Me); Woody Harrelson siguió con sus papeles secundarios de alivio cómico, pero también se ganó los laureles por una maravillosa actuación en True Detective; y Stone trabajó con Iñárritu, se llevó un Oscar con Chazelle y encontró la gloria crítica con Lanthimos.

En estos caminos dispares, algo se perdió de la química entre un director primerizo y varios actores desconocidos. La energía de la primera cinta, la sensación de no tener nada que perder, se desvanece completamente en este intento de revivir un pasado que ya no es posible resucitar. Para mantener la espontaneidad de la primera película, los guionistas de Double Tap quisieron hacer un mecanismo sencillo: el mundo se detuvo en 2009. Consecuentemente, las referencias de cultura pop, los chistes y los conceptos tecnológicos se detuvieron en 2009. Esta idea hubiera podido servir para algunos chistes sobre la inexistencia de Uber y un mundo sin redes sociales, pero aquí, más bien, parece una excusa para una escritura pobre y autocomplaciente.

Así, en las referencias gastadas del guión, en la falta de química evidente entre actores que ya superaron estos viejos papeles que el director nunca pudo superar, Zombieland: Double Tap no resulta en nada más que nostalgia mal emplazada. Ni siquiera el aspecto visual de la acción y el gore insistente de muertes zombies puede aquí salvarla: los tiempos cambian y también cambian los costos (de los actores, del CGI, de los productores…). Así, a pesar de que esta cinta costó el doble que la original, va a envejecer mucho peor: las pantallas verdes, los efectos por computadora y, en general, todo el diseño visual, se siente como algo barato y fabricado sin gran talento o pasión.

Fuera de estos detalles, si quieren, superficiales, lo que más me molestó de Double Tap fue cómo intentaron, nuevamente, encontrar el esquema de una comedia romántica. En este intento por satirizar con la parte más conservadora de un género problemático, Double Tap cae en la trampa de convertirse en lo que odiaba. Porque, en esta cinta, a diferencia de la primera, todo parece girar en torno al deseo masculino y sus inseguridades. Tanto Little Rock como Wichita son personajes motivados por la relación que mantienen con hombres inseguros y posesivos: Tallahassee en el viejo tropo guiñol del padre celoso y Columbus es la pareja que impone la normalidad sobre la felicidad.

En realidad, Tallahassee no puede liberarse de su rol de padre celoso hasta que él mismo encuentra una pareja. Y Colombus no deja de ser la pareja posesiva y controladora hasta que tiene un romance pasajero y empieza a valorar a Wichita con renovado entusiasmo. Todos estos roles añejos de género podrían convertirse en una sátira en manos de un director más hábil. Pero aquí no hay un atisbo de crítica. La idea de esta comedia romántica es la idea conservadora detrás de todo Friends: la felicidad está en el matrimonio, heterosexual, monógamo, hasta que el tedio nos separe.

Zombieland: Double Tap tuvo, incluso, la posibilidad de burlarse de toda una generación que basa sus conocimientos en títulos furtivos de notas que nunca se leen, que se apropia de Dylan sin preguntar por sus letras, de Marley sin cuestionar su lucha (tal vez Babylon no quiere decir lo que creen que quiere decir); una generación que se queja de todo y que se ofende por todo.

Esa buena conciencia de liberal art college de las redes sociales se encarna en el personaje de Berkeley. Pero, después de un rato, se vuelve evidente que la crítica más mordaz a esta encarnación está en ver al personaje besarse con un estereotipo de dumb blonde valley girl. El chiste, como la crítica son absolutamente inconsecuente y esta cinta no logra, ni siquiera, ser mordaz con las ideas que atisba.

No me gusta decir que una película es innecesaria porque todo me parece innecesario (y lo digo en el mejor sentido posible). Sin embargo, es evidente que ni el director de esta cinta, ni los actores en ella, saben por qué están ahí. Éste es un ejercicio gratuito de nostalgia banal que pervierte, por su indolencia, el sentido lúdico y filoso de la primera cinta. Si Zombieland pasará a la historia por su irreverencia, esta cinta sólo puede aspirar a ser olvidada mientras ronca sobre sus laureles.

Lo bueno
  • Algunas risas.
  • Algún gore más o menos gracioso.
  • Que casi logran una crítica a las nuevas generaciones liberales.
  • Que esta pifia prácticamente anula la posibilidad de una tercera parte.
Lo malo
  • El pésimo guión.
  • Los chistes mal emplazados.
  • El machismo subyacente.
  • La absoluta falta de autocrítica.
  • La pobre dirección de Fleischer.
  • Las actuaciones desangeladas de un reparto harto.
  • Los terribles efectos visuales y el poco inventivo diseño de producción.
  • La comedia romántica conservadora debajo de todo.
  • Que existe.
Veredicto

Zombieland: Double Tap me desagrada tanto porque me decepciona: me decepciona el gesto banal que la provoca; me decepciona lo deslucido que es el proyecto; me decepciona la idea conservadora detrás de la película; me decepciona cómo fue realizada sin cariño, autocrítica o pasión. Esta cinta demuestra los peligros de la nostalgia sin distancia crítica y nada más sirve para valorar más el gesto único e increíble que fue la primera cinta.

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