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Reseña: Captive State (La rebelión) — Una película frustrante que pudo ser genial

| 3 de abril de 2019
Captive State (La Rebelión) es una cinta frustrante: tiene todo para ser un hito de ciencia ficción, pero termina desgastándose en torpezas innecesarias.

No creo que muchas personas lean esta reseña. El cuarto largometraje del director británico Rupert Wyatt no tuvo gran marketing, no sonó en muchos lados y es posible que tenga una recepción desastrosa en taquilla. Fuera de los factores externos, esta cinta es una mezcla rara: a medio camino entre las películas de espías, los thrillers políticos paranoicos de los setenta y las invasiones alienígenas, el público que puede disfrutarla es bastante heterogéneo. Y no sé si vaya a resonar en los cines mexicanos.

En todo caso, Captive State es una cinta interesante que falla en muchas de sus ambiciones pero que, también, logra ser sorprendentemente original. Con una extrañísima estructura narrativa, sólidas actuaciones y bellos efectos visuales, la película de Wyatt logra suplir las evidentes carencias de su fotografía y edición. Al final, éste es un añadido muy peculiar a un género repetitivo que se estaba agotando en convulsas cintas de acción. ¿Esto basta para hacer una buena cinta de ciencia ficción? Tal vez no, pero, sin duda, el intento de originalidad es loable.

(Focus Features)

Más géneros catastróficos

Captive State empieza con un impresionante prólogo: la invasión alienígena fue reciente y, uno a uno, los líderes del mundo se han rendido. Los invasores se convierten en legisladores, dictan la política, la justicia y los modos de administrarla. Las ciudades se cierran para contener a los ciudadanos y los que logran escapar viven, según entendemos, en un estado sin ley. En medio de esta locura, un policía, el detective Drummond, toma a su familia y trata de huir del centro de Chicago… pero no lo logra y, después del desastroso intento de escape, los hijos Drummond, Gabriel (Ashton Sanders) y Rafe (Jonathan Majors), quedan huérfanos.

Nueve años después, la cara de Rafe está en las paredes de Pilsen, su barrio en Chicago. El hermano mayor se convirtió en una leyenda de la rebelión después de que, algunos años atrás, se inmoló tratando de explotar el centro de la ciudad. Ahí, tras infranqueables barreras se aglutina un nuevo centro de poder invisible: es el reino de los legisladores que, incansablemente, desmantelan los mantos de la tierra. Tras la rebelión fallida de su hermano, Gabriel lucha por sobrevivir día a día y sueña con fugarse del estado policiaco.

(Focus Features)

Paralelamente, William Mulligan (John Goodman), el excompañero de Drummond padre, se convirtió en un agente de alto rango en el organigrama de los invasores. Como policía encargado de Pilsen, quiere acabar con un nuevo brote de rebelión. De pronto, sin saberlo, Gabriel acaba enredado en las complejas marañas de la rebelión luchando, con el recuerdo de su hermano, contra el hombre que vivió tanto tiempo cuidando a su padre. En estos juegos de traiciones, el poder de los legisladores es palpable, el miedo es real y la rebelión discreta aparece apenas, tímida, para tratar de encender la chispa que podría iniciar un incendio.

Por la construcción obsesiva de un mundo realista, esta cinta le debe más a District 9 (que tiene varias referencias directas en la cinta) o a Monsters que a Independence Day. Es más un thriller político en la línea paranoica de The Parallax View que una película de acción; mucho más cercana a Invasion of the Body Snatchers (1978) que a War of the Worlds (en el remake más acelerado de Spielberg). Esta cinta se acerca más a la línea —con su debida distancia— de Tinker, Tailor, Soldier, Spy que a Battle: Los Angeles (2011); más a una película de resistencia como L’armée des ombres que a una película de ciencia ficción. Y, lo sé, estas comparaciones son muy extrañas y parecen sacadas de cualquier parte. Pero, créanme, tienen sentido.

(Focus Features)

La belleza inquietante del entorno

Captive State es una mezcla de géneros muy peculiar que planteó una gran idea: utilizar la invasión alienígena como contexto para un thriller político de espías. En ese sentido, lo que mejor funciona en la película es la enorme ambientación.

De entrada, el diseño de producción es impresionante. El enorme trabajo de Keith P. Cunningham (Zodiac) para ambientar Chicago según la vida de un estado militar alienígena es tremendamente efectivo. Con gran amor hacia la ciudad que representa, el diseño de Captive State se enfocó en mostrar los efectos de la ocupación en el barrio de Pilsen —histórico barrio proletario—, el enorme barrio de Wicker Park, el lago Michigan bordeado por extrañas protuberancias alienígenas y, por supuesto el estadio semiabandonado de los Osos de Chicago, el Soldier Field.

(Focus Features)

Wyatt siguió paso a paso la enseñanza de ambientación que practicaron Gareth Edwards en Monsters y Neill Blomkamp en District 9: los pequeños detalles construyen universos convincentes. Sabemos que éste es un estado marcial, con toques de queda y prohibiciones constantes a través de los detalles: los muros que separan la ciudad, llenos de grafitis rebeldes, como recuerdo de la cortina de hierro; los implantes a flor de piel para localizar a los ciudadanos; las deportaciones fuera del planeta en extrañas naves espaciales; las industrias que roban datos de celulares prohibidos; el retro futurismo que muestra las prohibiciones impuestas a nuestra tecnología; las comunicaciones que se hacen por medio de palomas; el uso de teléfonos públicos y conexiones a internet telefónicas; la ausencia de aviones.

Todo esto nos habla de un contexto que no se dice, sino que se ve. Aunado al diseño de producción cuidado, hay un cierto lujo en el diseño de los alienígenas. Claro, son humanoides (como gran parte de los invasores que imaginamos en pantalla), pero se muestran tan poco y de forma tan vaga que parece difícil conocer su verdadera forma. Lo único que sabemos es que tienen dos tipos de trajes espaciales para soportar nuestra atmósfera: uno parece estar recubierto de pelos que se erizan como agujas defensivas ante un peligro; y el otro, que asemeja una coraza blindada, parece tener fines más violentos. Sin embargo, lo que parece más importante que la apariencia de los alienígenas es la capacidad de sus armas: ahí está el centro de su terrorífico dominio. En esos rifles que desintegran todo tejido humano, en esos explosivos transparentes de alto poder, en esos rastreadores biomecánicos y en esos drones adivinamos la derrota de nuestra bélica civilización y la subsecuente esclavitud voluntaria de los colaboradores.

(Focus Features)

Con esto que vemos, a medias, es suficiente para entender el terror en el que viven sumidos los habitantes del Chicago distópico. Cuando escuchamos la modificación al “Himno de la Batalla de la República” y vemos a los cadetes de una secundaria imitando el día de la invasión para alabar a los opresores, entendemos perfectamente el miedo y la admiración en este juego de propaganda. En la entramada burocracia de tecnología torpe recordamos a Brazil de Terry Gilliam y en el miedo doctrinario recordamos cintas como el Fahrenheit 458 de Truffaut o THX 1138 de George Lucas —quitándole claro, la limpidez de los contornos—. Y, así, con algunas pinceladas de contexto y el diseño cuidado y discreto de los invasores, la cinta permite recrear la atmósfera opresiva de un estado policiaco.

Sabemos muy poco de los invasores, pero el alcance de su esfera política, la secrecía que los rodea y la presencia del estado con drones y delaciones, son suficientes para crear un mito alrededor de los legisladores. Un mito que se extiende en dos vertientes: la propaganda oficial que los representa como los máximos benefactores de la humanidad (por crear empleos, productividad y asegurar la seguridad) y el ambiente de miedo que los rodea. Aquí, el poder se basa en ese miedo abstracto que, fácilmente, con algo de manipulación, se convierte en admiración. Y sí, en efecto, éste es un comentario al colaboracionismo y las facilidades del auge del fascismo.

El comentario político en Captive State nos habla de viejos tropos conocidos en el momento en que una sociedad decide intercambiar seguridad por libertad. Esto nos remonta al colaboracionismo francés en la Segunda Guerra Mundial y la mínima resistencia valiente de los maquisards reventando trenes nazis. Esto nos señala, también, un miedo más inmediato. En los rallies para celebrar la unidad con Los Legisladores, encontramos el referente visual de dos imágenes de nuestro mundo: los encuentros masivos alrededor del líder supremo en norcorea y los interminables rallies de Trump en Estados Unidos. Unos pertenecen a un endoctrinamiento efectivo de décadas, el otro al momento en que los ciudadanos deciden ceder al miedo para elegir a una figura poderosa central que promete cambios milagrosos.

Empero, la genialidad de esta película no está en el subtexto político evidente, sino en hacer sentir sus consecuencias. Aquí funciona más la tripa que la cabeza: la música opresiva de Rob Simonsen golpea los sentidos en este panorama gris y desolador para transmitirte una asfixia. Lo que se siente en pantalla y a través del intrincado tejido narrativo, es la imposibilidad de libertad, de sencillez, de comprenderse abiertamente. Esta película logra mostrar el horror de un estado policiaco al no dejarnos entender qué es lo que sucede, al mostrarnos la complejidad de la comunicación y la esencia de la secrecía, al obligarnos a sentir la atmósfera claustrofóbica que, día a día, respiran sus habitantes.

(Focus Features)

Originalidad confusa

Desde su primera cinta, The Escapist (2008) Wyatt ha querido hacer tramas muy ambiciosas con bajo presupuesto. Es este mismo impulso el que dotó de enorme fuerza independiente e íntima a Rise of the Planets of the Apes y que lo llevó a intentar hacer un remake de The Gambler de Karel Reisz. Sin embargo, en todas sus cintas la ambición parece rebasarlo, y Captive State no es la excepción. Ésta pudo ser una gran película de culto: tenía todos los elementos de originalidad, diseño, doble lectura política y grandes actuaciones. El problema con esta cinta es que, por cada elemento genial, encontramos una torpeza.

La trama original se enfrenta al mediocre trabajo de Andrew Groves, el editor de la cinta —más acostumbrado a editar en televisión que en largometrajes—, que la vuelve confusa, derivativa y convulsa. De la misma manera, el maravilloso diseño de producción se topa con una fotografía opaca y poco inventiva. Las actuaciones que son sólidas, se enfrentan a la unidimensionalidad de los personajes y la interesante música de Rob Simonsen, se topa con la distancia emocional frente a lo que sucede en pantalla. Y, entre todo esto, lo más frustrante está en la necesidad de una forma narrativa que termina perdiendo el interés del espectador.

La forma compleja de la narración es necesaria, aquí, por la enorme secrecía de Los Legisladores. Como nadie los puede ver —y en eso se cimenta su poder absoluto—, todos los caminos de la rebelión debe ser intrincados y complejos. Esto hace que, durante el desarrollo de la trama, sepamos mucho menos que los protagonistas. Así, como entramos en medio de una conjura que no entendemos, como no existe una mayor exposición de los personajes, es extremadamente difícil entender sus motivaciones. De hecho, no sabemos qué está pasando hasta que la cinta termina.

Esto hace que Captive State tenga una extraña estructura narrativa: la cinta divaga de un personaje al otro sin que sepamos cuáles son sus intenciones o cuál es el juego real que están jugando. No sabemos qué los motiva íntimamente, no sabemos qué va a pasar si logran sus objetivos, no hay un contexto emocional ni una relación cercana con sus acciones. Así, es difícil que al espectador le importe si viven o mueren, si logran su cometido o si fracasan.

La estructura narrativa de Captive State es frustrante porque, por un lado, es sensiblemente ineficaz y, por el otro, es sumamente original. Disfruto ver una película de ciencia ficción que no se basa en cansadas explicaciones de guión, que no abusa de los flashbacks o que no depende absolutamente de los montajes. Disfruto, también, ver una película de Hollywood que no busca el efectismo inmediato y que tiene paciencia en el desarrollo de la trama. Sin embargo, al no depender de elementos de acción o de dramas individuales, Captive State deposita toda su confianza y todas sus intenciones en la trama; y esto resulta en un gesto valiente… pero fallido.

(Focus Features)

La idea de Captive State es intrigante, pero su realización es torpe. La cinta se siente como un ejercicio puramente cerebral sin los elementos típicos hollywoodenses de la experiencia emocional; un experimento que pudo resultar en algo verdaderamente genial. Y, sin embargo, muchos de los que vayan a verla se sentirán decepcionados ante la lentitud en que se desarrolla el argumento y la falta de asideros narrativos y emocionales.

Aún así, con todos sus errores y todas sus torpezas torpezas, Captive State me parece una cinta loable. Tal vez no sea el thriller más efectivo, tal vez no logre llevar a buen puerto todas sus ideas políticas y tal vez desperdicia muchos elementos con resoluciones demasiado simples o llanas. De cualquier forma, ésta es una cinta que se murió en la raya tratando de lograr una idea ambiciosa. Y creo que siempre es preferible ver una película que fracasa intentando algo nuevo a una que se tira a los laureles cómodos de la insoportable repetición.

(Focus Features)

Lo bueno
  • La idea original.
  • La absolutamente original forma de narrar la cinta.
  • El detallado diseño de producción.
  • El diseño de los alienígenas.
  • El ambiente atmosférico de miedo y paranoia por poder absoluto.
  • Las sólidas actuaciones.
  • La música de Rob Simonsen.
  • El sorprendente final.
Lo malo
  • La edición que es bastante torpe.
  • La fotografía que no es muy inspirada.
  • Que las actuaciones se desperdician en personajes planos.
  • Que la trama se vuelve torpe.
  • Que la enorme música de Rob Simonsen se desperdicia.
  • Que pudo ser un enorme clásico de culto.
  • Que son raras las cintas de ficción tan ambiciosas.
Veredicto

(Focus Features)

Captive State es una película frustrante. Tiene una estructura narrativa original, no es nada complaciente, se apoya mucho en la atmósfera para crear ciencia ficción de calidad, tiene un excelente diseño de producción y grandes actuaciones. Sin embargo, es torpe en su edición, monótona en su fotografía, sus personajes son bastante llanos y la narrativa puede parecer convulsa y derivativa. Así, es una película que pudo ser maravillosa si hubiera logrado conectar todas sus grandes ideas con una mejor realización. También, Wyatt pudo aprender algo de Rise of the Planet of the Apes y entender que un argumento genial de ciencia ficción sirve mejor si se crea una cierta conexión emocional con sus protagonistas. Con todo, esta cinta es un interesante experimento que demuestra, a pesar de su torpeza, que siempre se puede innovar con tropos conocidos e inagotables mezclas genéricas.

Título: Captive State.

Duración: 109 min.

Director: Rupert Wyatt.

Elenco: John Goodman, Ashton Sanders, Jonathan Majors, Machine Gun Kelly, Vera Farmiga, Madeline Brewer.

País: Estados Unidos.

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