Los vampiros no generan tanto miedo como los robots, esos sí son peligrosos por atentar contra nuestros trabajos.

Un robot con unos zombies detrás

(Andrew Miller/runmonty)

El camino de San Mateo, en el Estado de México, hasta el Pedregal es de aproximadamente unos treinta minutos si se aprovechan las rutas de peaje, de lo contrario, por la ruta libre, se pueden invertir hasta dos horas. No sé por qué, pero en domingo por la noche uno sigue prefiriendo las vías rápidas aunque no se tenga ya compromiso ni prisa.

El que conduce, solo en medio de la noche, tiene unos minutos para echar a andar la imaginación, esos minutos de semioscuridad acunan al conductor que divaga e imagina mientras el tiempo pasa, de pronto, donde no se supone, hay un atasco de tránsito, no le molesta tanto porque no lleva prisa. Pero, desde luego, siempre es un fastidio encontrar un contratiempo donde se supone que no debe estar.

Ve gente que corre en sentido contrario, no son muchos, es hombre templado y seguro, así que espera a ver que está sucediendo. Se trata de dos zombies que están atacando un auto; cosas más raras se ven en nuestros días, así que sigue adelante, pasa junto a los dos atacantes que están demasiado ocupados para hacerle caso, el tráfico se libera y sigue su paso.

Más adelante en la incorporación de un puente secundario, ve a un hombre agazapado, en cuclillas a la orilla de la ruta, siente una punzada de piedad y compasión, se detiene, prende sus luces intermitentes y se dirige a averiguar si el sujeto necesita algo, se lo pregunta y el hombre lo mira con unos ojos profundos, hipnóticos, no responde sino le muestra unos colmillos vampíricos, inconfundibles.

El conductor, lo hemos dicho, es un hombre de recursos, de niño quiso ser corresponsal de guerra, pero el destino nunca lo llevó a un frente de batalla, se da la vuelta y se dirige seguro y sin dudar, a su auto. Ya ahí, acelera, quiere llegar pronto a casa, está cansado de sorpresas, entonces, la luz de la fotomulta le avisa que le han impuesto una sanción por exceso de velocidad y eso es más de lo que puede soportar. Estalla. Ha sido un robot el que ha logrado descomponerle la noche.

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Hemos convivido con todos esos personajes de ficción durante tantos años, siglos puede decirse, que ya no nos asombra que nos aparezcan a media noche. Los hemos domado sin duda.

A nadie asustan ya los vampiros y los niños se mueren de la risa cuando les mostramos los personajes que en las décadas de los sesenta y cincuenta nos aterraban. De los zombies, ni hablar, nunca han sido sino los residuos más tristes del terror. Pero de los robots, de ellos, los únicos seres de toda esa fauna que en realidad existen, no sabemos que esperar.

El robot, el autómata, ha convivido en la literatura y en la realidad, en el imaginario y en el mundo, durante tanto tiempo que los hemos visto transitar entre la generosidad absoluta, casi mesiánica del deus ex machina, hasta la perversidad más abyecta. Los hemos visto salvar a la humanidad y destruir ciudades enteras, los hemos visto operar niños con precisión perfecta y volar en pedazos aldeas con civiles inocentes en Asia central.

Su contradicción es tal que mucho antes de que en realidad tuviéramos que experimentar su desafío, Isaac Asimov tuvo que lanzarnos un salvavidas ideológico, con sus leyes de la robótica. Los tememos, los necesitamos, no nos son indiferentes y estamos tan habituados a su presencia que a veces no los reconocemos.

En la época de la Revolución industrial los obreros y los artesanos se organizaron en bandas que llamaron “ludistas” e irrumpieron en las fábricas de telares automatizados por las máquinas de vapor para destruirlas. En términos reales, como han apuntado algunos historiadores, la destrucción no fue muy amplia. Sin embargo, su significado fue tan profundo que Ned Ludd, su líder e inspirador, se convirtió, con los siglos, en una especie de ser mítico como Robin Hood o Guillermo Tell, uno de esos personajes que transitan entre la fantasía y la realidad histórica con completa soltura.

Robots: ¿el auténtico peligro?

(Ant Smith)

Hemos corrido en pos de la máquina por siglos, la hemos procurado e idealizado, bastaría con echar una mirada a la literatura de la generación beat, a Burroughs, a Ginsberg y a Kerouac, para encontrar el evangelio y la estética de la máquina. La hemos cantado y la volvimos el ídolo de nuestro tiempo mientras fue la más preciada extensión de nuestros sentidos.

Pero ahora, cuando se ha vuelto nuestra competencia, cuando paree poder hacer todo cuanto hacemos, entonces le tememos y no sabemos bien a bien donde irá a parar este hijo de nuestro ingenio ni como se desarrollará su obediencia.

Algunos expertos en el manejo de recursos humanos como Deloitte, aseguran que la Automatización Robótica de Procesos (RPA) ha comenzado en las empresas más grandes y habrá llegado a todas hacia 2020, que esta nueva revolución tecnológica formará un mercado que de los 125 millones de dólares que generó en 2015, sumará los cuatro billones de dólares para 2024.

Un mercado así de jugoso no podrá detenerse. De hecho, los procesos de producción, distribución y consumo están ya tan comprometidos con este concepto que no puede esperarse sino que siga evolucionando en ese tenor.

Los optimistas piensan que, en el fondo, el problema radica en la fantástica generación de riqueza que representará el empleo de estos trabajadores incansables, obedientes y silenciosos. Argumentan que puede pensarse que el trabajo robótico podrá contribuir a establecer la renta básica universal en los países donde se emplee e incluso, en Alaska, una ley de “dividendo robot”, convierte las ganancias de los robots utilizados en la explotación del petróleo en dividendos que reciben los electores cada año. En España los sindicatos proponen un impuesto al robot que indemnice a las mutuales que han perdido empleos sustituidos por máquinas.

Ojalá ese fuera el principal problema, pensar en la riqueza que nos traerá a todos el empleo de los robots; pero el hecho está en que cada día habrá menos empleos para una población que los requiere no sólo para sostenerse económicamente sino también para mantener su equilibrio moral, psíquico y emocional.

Por otra parte, en las sociedades cada vez menos desarrolladas y más lejanas en la escala tecnológica que todavía sueñan con la sustitución de las líneas telefónicas analógicas por las digitales para tener acceso a la internet, para ellos no habrá riqueza que repartir y peor aún, para las sociedades que buscan salir ya no del atraso tecnológico sino de la pobreza extrema, que luchan o suspiran por el acceso al agua y la alimentación, para ellos el futuro luce más negro y nos pone a pensar en una de las profecías más terribles de Marx, la de la generación de poblaciones ahistóricas, fuera del flujo de la historia, de las que todos nos hemos desentendido, como si en realidad estuviéramos produciendo dos o tres géneros humanos como los yahoos de Gulliver.

Los cambios tecnológicos son también, siempre, cambios sociales y que, mientras en siglos pasados los artistas, los intelectuales y las imágenes públicas eran quienes determinaban las transformaciones sociales, sus prácticas, modas y costumbres; hoy son los tecnólogos los que dirigen esas transformaciones.

Lejos de la realidad del trabajo robotizado que comienza en las líneas de producción de las factorías, ciertos trabajadores calificados y miembros de las profesiones liberales, se ven ahora también amenazados por este fenómeno, su conjugación con el uso de la inteligencia artificial amplía su impacto en en ámbitos de la sociedad y el trabajo que antes eran inimaginables, a tal grado que algunas investigaciones, como la de McKinsey & Co., señalan que el potencial de sustitución por trabajadores robotizados en México alcanza el 52% del mercado laboral, esto es alrededor de 25.5 millones de empleos sobre los 49.3 millones de que consta la muestra de la investigación. En Estados Unidos alcanza el 46% y nuestro país se ubica en el séptimo país en los niveles de potencial de automatización, la evidencia es clara, fuentes confiables de la industria indican que la compra de robots en México se triplicó entre 2014 y 2015.

El futuro que viene

(Jagrap)

Más allá de los números, tan esperanzadores como aterradores, según se vea, es claro que se presenta una carrera contra reloj, las sociedades deben prepararse para el impacto social y cultural que esta robotización representará en el futuro inmediato.

Ya nadie añora a los dependientes que cobraban a la salida de los estacionamientos, pero todavía estamos a la espera de que los abogados o los médicos sean sustituidos por hábiles escáneres —valga el barbarismo— o por algoritmos de inteligencia artificial. Será necesario reeducar a una población entera para que aprenda a convivir con las máquinas, que las nuevas generaciones aprendan el sentido de los valores humanos como bastiones de supervivencia frente a la ética de la velocidad, la eficiencia y el desarrollo para que podamos seguir valorando aquello que no puede ser sustituido, como el esfuerzo atlético, el trabajo artesanal y la creación intelectual.

Pero ante todo, deberá repensarse la manera en que estamos entendiendo términos tan habituales como riqueza, distribución de ingreso o fuerza de trabajo, porque si algo es claro, es que la Arcadia del tiempo libre, del goce de los recursos generados por las máquinas, no será para todos.

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El conductor ha logrado reponerse del coraje que le ha causado la fotomulta, llega a casa sin más novedades que contar, llega a casa, abre con una llave todavía hecha a mano por un artesano que hace las copias a la vuelta de la esquina con un pequeño torno eléctrico, se tira en su sillón favorito y cuando enciende la pantalla de la sala, le reportan que por alguna razón no tiene acceso a internet y que no puede ver la serie que planeaba terminar, no es para tanto el drama, después de todo, siempre hay algún libro que leer, toma del estante más próximo a la mano un volumen al azar, Frankenstein de Mary B. Shelley. Curiosa coincidencia, vuelve a su sillón y se enfrasca en su lectura.

Por: Jorge Ringenbach (@Coy)

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