Stephen Hawking no estaba en contra Dios, para él simplemente no era necesario.

El gran Stephen Hawking falleció a los 76 años de edad. Su muerte fue una triste sorpresa, pero también trajo consigo algo de polémica.

Luego de darse a conocer la noticia de su deceso, algunos aprovecharon el momento para atacar a Hawking por sus creencias religiosas. Como si esto fuera una prueba irrefutable de la existencia de un ser supremo que, en un arrebato de venganza, tomó la vida de una de las mentes más brillantes de nuestra época.

¿Qué les hubiera contestado el astrofísico? Seguramente hace muchos años dejó de hacerle caso a los fanáticos religiosos y mucho menos le prestaba atención a la idea de la vida después de la muerte. Y es que para Hawkig, el concepto del “paraíso” no era más que un cuento de hadas. Para él, la muerte no era un proceso más grave que el apagar una computadora. Así lo dijo hace unos años en una entrevista para The Guardian.

“No hay paraíso o vida después de la muerte para las computadoras que dejan de funcionar, ese es un cuento de hadas de gente que le tiene miedo a la oscuridad”.

No obstante los irrisorios comentarios, es cierto que Hawking era un ateo consumado, pero también es cierto que no negaba la existencia de una “ley mayor” bajo la cual se regía el universo. Esto fue lo que dijo para The New York Times en el ya lejano 1983.

“Mientras más examinamos el universo, descubrimos que de ninguna manera es arbitrario, sino que obedece ciertas leyes bien definidas que funcionan en diferentes campos. Parece muy razonable suponer que haya principios unificadores, de modo que todas las leyes sean parte de alguna ley mayor”.

En su Breve historia del tiempo (1988), Hawking explicaba que si algún día la humanidad encontraba la razón de ser del universo “sería el triunfo definitivo de la razón humana, pues entonces conoceríamos la mente de Dios”. Para Hawking, Dios no era más que una variable más en la gigantesca ecuación del universo.

Lo que he hecho es mostrar que es posible que la forma en que comenzó el universo esté determinada por las leyes de la ciencia. En ese caso, no sería necesario apelar a Dios para entender cómo comenzó el universo. Esto no prueba que no exista Dios, sino solamente que Dios no es necesario”.

Hawking incluso bromeaba con la existencia de un ser superior, pues para él la entropía y el caos son la prueba de que somos producto del azar. Así lo dijo en su libro La Naturaleza del Espacio y el Tiempo (1996):

“Einstein estaba equivocado cuando dijo ‘Dios no juega a los dados’. La consideración de los agujeros negros sugiere que Dios no solo juega a los dados, sino que a veces nos confunde lanzándolos a donde no se pueden ver”.

Como pueden ver, Dios y la “vida eterna” no era una de las preocupaciones del brillante científico. Quién sabe, tal vez sus últimas noches las dedicó a pensar en la inteligencia artificial o el futuro de la humanidad como especie.

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