Las soledades de Voltaire en la era del coronavirus

Nuestro colaborador Jorge Ringenbach nos habla sobre qué tan conscientes estamos de la pandemia y del futuro que nos aguarda.

A finales de la década de 1950, la inglesa Nancy Mitford publicó un libro llamado Voltaire in love, hace unos siete años la entonces todavía Conaculta lo publicó traducido al español como Voltaire enamorado; la propia autora y su familia son una novela por sí mismas; una de sus hermanas llegó a ser Duquesa de Devonshire y dama de la Real Orden Victoriana, otra de ellas se declaró fascista pro nazi y se pegó un tiro en la cabeza cuando Inglaterra le declaró la guerra a Alemania, el intento de suicidio la tuvo nueve años en estado vegetativo y murió con la bala alojada en su cerebro nueve años después, una más de ellas se casó con un anarquista e hizo con él la guerra civil en España del lado republicano para terminar, luego de la derrota, en Estados Unidos donde hizo periodismo de investigación – uno de sus más acérrimos enemigos fueron las funerarias y su tenebroso negocio – y publicó un libro de novelas familiares que expuso las excentricidades de la aristocracia británica y las intimidades de su familia; así que Nancy era, por decirlo de alguna manera, la más “normal” de la casa.

Me he acordado de ese libro porque toca un tema fundamental para nuestro instante; en su novela, Mitford narra el romance entre Voltaire y la marquesa Émilie du Châtelet que le dio refugio en una de las tantas persecuciones que sufrió el filósofo; de por sí no parece fácil pensar en el romance de un personaje así, con todo lo físico y espiritual que eso implica, pero además porque las cosas suceden en el encierro en el castillo de la marquesa, una especie de cuarentena obligada por las circunstancias y es el encuentro de una mujer y un hombre encerrados y con la compañía de una deliciosa biblioteca de miles de volúmenes, de la manera en que ambos parecen acompañarse y tocarse y sin embargo habitan la soledad de sus propias mentes, saldrían de ahí para vivir un romance que se prolongaría por once años y la marquesa convertida en una de las principales divulgadoras de la ciencia de su tiempo, especialmente de las teorías de Newton.

Yo no espero tanto de estos días de san distancia, pero sí es un momento para pensar y repensar la manera en que nos asumimos.
Voltaire bien podría ser el autor consentido de las cuarentenas, porque entre otras cosas, tenía la manía de apuntar todo lo relacionado con sus enfermedades, sabemos por ejemplo que cierto día de julio de 1720 – se refería a él en tercera persona en sus diarios – defecó dos veces y que en mayo de 1721, por una semana, sólo ingirió café negro para su mantenimiento.

El filósofo pensaba que si se quejaba de sus enfermedades y dolencias las conjuraba, igual que sucedía con la muerte; este mecanismo de defensa no es raro y muchos suelen recurrir a él, pensar nuestras desgracias nos ayuda a echarlas fuera y en estos momentos en que vivimos, acaso parece ser más cierto que nunca porque estamos conscientes del relato, de la narrativa que estamos viviendo.

Todo ha sido tan largo y tan lento, tan arrastrarse en el tiempo como si fuera interminable, presos del miedo y de la ignorancia que ser arrincona en información a raudales que sin embargo, no podemos interpretar o que está cargada de datos que no nos sirven o nos consuelan.

Tal vez el principio volteriano de vernos como enfermos crónicos, permanentes y ser conscientes de ello nos remita a nuestra propia humanidad, a nuestro sentido de contingencia necesidad, que tal vez esa consciencia sea lo que nos permita salir a flote cuando todo vaya tomando su cauce aún que no sepamos como quedará la tierra después del diluvio. Lo cierto es que pocas veces hemos estado tan conscientes de lo que pasa y tan desesperanzados del futuro que nos aguarda. No parece nada alentador pero es lo que hay, aquello donde estamos parados.

Voltaire pasó sus ochenta y cuatro años nada despreciables para la esperanza de vida de su tiempo, quejándose de su mala salud y recomendaba comer los alimentos poco cocidos pero en pocas cantidades para mantenerse flaco, mantenerse alerta y dormir poco, no más de cuatro o cinco horas diarias, después de todo, repitió el filósofo en varios escritos, vamos a estar dormidos toda la eternidad y la vida estaba para vivirla y no para dormirla y, sobre todo, recurrir al retrete con tanta frecuencia como fuera posible. Pero sobre todo, su lección mayor era dejar claro en su diario como domaba sus enfermedades y su precaria salud, para hacer notar a los médicos, a los que consideraba charlatanes y engañabobos, que no eran necesarios si se tenía clara la condición del cuerpo y se tomaban medidas constantes y disciplinadas para su mantenimiento.

Y me vuelvo a encerrar con los hijos y la mujer, aspirando a estar bien conmigo y con los míos pues como recomendaba Voltaire, esa era la mejor receta pues la tranquilidad, por sí misma, era cosa buena pero también pariente del tedio. No tengo desde luego el talento de Voltaire y por eso recurro a él en estos momentos de soledad, él que era un experto, que su trato social era más que mesurado, casi escaso y sin embargo cambió la forma en que la sociedad de su tiempo y de siglos futuros se vio a sí misma.

Pienso en sus amores y sus recetas médicas, pienso en que mientras podamos seguir preguntándonos y afirmando, haciendo nuestras cábalas contra el destino e imaginarnos que nos dominamos y dominamos la existencia por encima por de todo, podremos seguir adelante y quién sabe, pegarle a los buenos noventa y tantos, quejándonos de los achaques que son, como dijo Shakesperare, la herencia de la carne.