Un breve repaso por las similitudes y diferencias de lo original y lo innovador.

Estatua de El Quijote realizada en metal

(^CiViLoN^)

Uno de los mitos más grandes de nuestra cultura es la idea de originalidad. En Occidente pensamos que siempre es mejor lo original que lo repetido. Y original es una palabra curiosa, con una parentela peculiar; se hermana con el término “genuino”, que es sinónimo de “auténtico”, acaso porque lo originario, por así llamarlo, es siempre auténtico. Se emparenta también con otros términos, como “innovador” y, aunque todo lo innovador es original, no todo lo original es innovador. Acerquémonos un poco a la palabra.

Lo original

Gemelos (Sebastian González)

El Diccionario de la Academia le da nada menos que nueve acepciones. Vaya, se trata entonces de una palabra que usamos mucho y de nueve maneras distintas, más las que la imaginación autorice. Su principal acepción se refiere a todo lo relativo al origen. Así, vamos bien encaminados si buscamos acercarnos a lo innovador desde la idea de originalidad. Pues, original es aquello que habla sobre lo que está en la raíz de algo.

Por otra parte, en su segunda acepción “original” habla de la obra que resulta de la inventiva de su autor; esto nos pone los pies más cerca de la tierra. Todo trabajo intelectual que nace de la creatividad del autor nace original, por oposición a la derivada, la versión, la copia. Sin embargo, dice el diccionario, que el original es también aquello que sirve de modelo para hacer una copia; incluso, en la sexta acepción se refiere a quien tiene en sí mismo (o en lo que hace) un carácter de novedad. Los creadores de moda, por ejemplo son originales. Original suena positivo, agradable y alentador.

Lo innovador

Innovar, sin embargo, es una palabra más humilde, con menos solera. Sólo tiene una acepción actual, “mudar o alterar algo, introduciendo novedades”, y una en desuso, que resulta además, sumamente curiosa, “volver algo a su estado anterior”. Nada más lejano de la originalidad.

Ahora bien, lo original, nace de la nada, irrumpe en la realidad desde lo profundo de la creatividad del sujeto y, si somos consecuentes con el lenguaje, modifica, muda y altera la realidad causando innovación. Puesto en estos términos, tenemos un ciclo completo, y debiera quedarnos claro que ambas palabras son hermanas, pero no son gemelas y menos siamesas.

Lo original es todo un mito, porque creemos en ello y consideramos que todo lo que se hace a partir del esfuerzo creador comparte esa naturaleza. Sin embargo, las ideas que originan las obras nuevas, los avances tecnológicos, las piezas con que vamos construyendo la innovación no son, por si mismas del todo originales.

Hermanos con diferencias

Veámoslo así, dice La Biblia que no hay nada nuevo bajo el sol y, vaya, el texto que lo indica tiene al menos tres mil años de edad. Así es que, desde los primeros pasos de las civilizaciones occidentales, nos hemos atormentado con la idea de que tan original es lo original, valga la redundancia.

Ninguna obra nace de la nada, todo tiene un antecedente. Esto es así, porque nuestro cerebro sólo puede construir a partir de las piezas que le vamos dando desde el mundo. Ya lo decía el viejo Aristóteles, nada hay en la mente que no haya venido de la realidad. Nuestros sentidos van proveyendo de formas, texturas, colores, experiencias, sensaciones y narrativas que nos permiten crear lo que en apariencia es original pero que en realidad es una reconstrucción de lo que otros han dicho antes nuestro.

La originalidad e innovación de El Quijote

(Carlos ZGZ)

No hay quien dude que El Quijote de Cervantes es una obra original, que fue él, quien desde su cárcel en Argel, lo construyó y lo hizo. Pero no es la primera historia de locos victoriosos en el mundo. A muchos de los profetas del antiguo testamento se los tuvo por locos, y la idea, como consta en la carta del Tarot, le da al demente, en nuestra cultura cierto aire de iluminado. No fue El Quijote tampoco el único de los caballeros andantes. La propia obra los cita a pasto, pero es original porque sólo Cervantes podía haber escrito El Quijote cuando lo hizo y sólo sus palabras, puestas tal y como las puso podían construir esa obra.

Aclarémonos un poco las ideas. Digamos que Cristóbal Colón no descubre América el 12 de octubre de 1492, que las carabelas hubieran naufragado, que doña Isabel no junta el dinero necesario para la expedición o que los abates de la Rábida le niegan su apoyo. El continente no se hubiera quedado ignoto, algún español o portugués, un inglés o un holandés hubieran dado con esta tierra nuestra no más allá de, digamos, 1495. La historia hubiera sido otra, pero de ningún modo la misma. Pero, si Cervantes no escribe El Quijote tal y como lo hizo, nos hubiéramos privado de esa obra magnífica para siempre.

Borges fantaseó con ese término e hizo que Pierre Menard escribiera su propio Quijote, y le quedó tan perfecto que era exactamente igual al de don Miguel. Sin embargo, sabemos que la obra es original y no lo es. En cambio, El Quijote de Avellaneda, copia malograda y barata de la obra de Cervantes, no es original, porque se basa y desarrolla la novela del manco inmortal. Dicho de otro modo, algo que podemos llamar oportunidad de la expresión, aquello que nos hace intuir que una obra sólo podría existir en los términos y momento en que su autor la hizo. Extrañaríamos la obra de Avellaneda porque cualquier libro que se pierde es un lamento a la palabra, pero si no hubiera existido, habría, de todos modos, otros quijotes apócrifos rondando la literatura.

Para no perder nuestro ejemplo, El Quijote es también innovador, y lo es porque introduce en la literatura de su tiempo y para siempre un modelo literario genial que consiste en narrar una historia total, donde se cuenta lo que se dice y lo que se calla, que va más allá de la anécdota – como en el cuento – para crear personajes con vida y circunstancias propias; a ese modelo le llamamos novela y Cervantes la inventó como hoy la conocemos.

Pero hay obras geniales, monstruosas que no son innovadoras. Es probable que no haya en el mundo monumento literario más impresionante que La Comedia Humana de Balzac, un proyecto que enlaza 87 novelas que describen desde todos los estratos sociales y desde innumerables puntos de vista la realidad francesa del siglo XIX. Pero Balzac no inventó la novela y, más que eso, si en su conjunto la idea de un gran mosaico social, político, jurídico y económico de la realidad, fue innovadora, pieza por pieza, el fantástico monstruo de Balzac no es innovador. A cada parte le corresponde una articulación del sistema. Pero muchas de ellas ni siquiera las conocemos y sólo los especialistas saben que forman parte de la monumental comedia.

Conclusión

Digámoslo en pocas palabras, nada es completamente original y no todo lo original es innovador, pero todo lo innovador requiere partir de la originalidad. Y ahora que lo pienso, creo que esto ya lo había dicho antes.

Por: Jorge Ringenbach (@Coy)

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