En el aniversario de la muerte de Rafael Bernal, recordamos su obra maestra.

Portada de Complot Mogol de Editorial Asteroide

(Libros del Asteroide/Ricardo Peláez)

Era de noche cuando entré a mi casa, empujé el switch del apagador. Las luces no encendieron. Algo estaba mal. “¿Una bombilla fundida? Esto casi nunca sucede…”, pensé. Unos pasos en la oscuridad delataban que alguien se acercaba. Eran pequeños y ágiles. Saqué mi teléfono para iluminar la habitación. Unos ojos me veían desde el sillón de la sala. Era mi gato. Caminé con cuidado hasta una lámpara que iluminó el área de estar. Cuando pude ver, sólo pude pensar: “¡Pinches chales!” Un hombre en las sombras y un dragón rojo a sus espaldas me veían con ojos amarillentos, vacíos, inmóviles… sin vida. Un título y un autor captaban mi atención: “Rafael Bernal”, “El Complot Mongol”.

¿Qué piensas cuando te digo “complot”? ¿qué piensas cuando te digo “mongol”? Junta esas palabras y te dirán algo nuevo. Si tú piensas en Filiberto García, Martita, Laski, Graves o el barrio chino en Dolores, bien. Si no, esta reseña es para ti (pero si pensaste en esos nombre, no te apures, igual lee esta reseña).

Mi libro de ‘El Complot Mongol’, editado por Joaquín Mortiz. La portada fue diseñada por Jorge Garnica / La Geometría Secreta

Pocas novelas policiacas te atrapan como la obra maestra de Rafael Bernal. El Complot Mongol cuenta una historia en la Ciudad de México, en plena guerra fría, en la década de los 60’s. La paranoia de la “amenaza” comunista no sólo se vivió en Estados Unidos o Europa. La cercanía entre la superpotencia del “mundo libre” y México denotaron una importancia estratégica para el movimiento de espías e intriga internacional ¡Pinche intriga internacional!

Cuando Filiberto García es contratado una vez más. El gobierno mexicano le encarga hacer averiguaciones y actuar respecto a un posible atentado durante la visita del presidente de los Estados Unidos a México. El protagonista se pone en acción con sus habilidades de detective, su mente mal hablada y su destacada capacidad para ser un “fabricante en serie de pinches muertos.”

García no es cualquier detective. Es una especie de anti héroe, no lo que uno esperaría encontrarse en una novela negra ni de detectives. Su pasado está plagado de momentos éticamente cuestionables. No es nada como Sherlock Holmes o Philip Marlowe. Filiberto García no pretende esconder de sí mismo quién es. Concilia su pasado, que fue profundamente más difícil que el de otros personajes de novela negra. Un revolucionario que hacía lo que sus superiores le ordenaran, le ganó su fama y un lugar entre las filas invisibles de pistoleros a sueldo – matones– que el gobierno contrata en esta obra. Pocas cosas son consideradas escrúpulos para Filiberto, quien nunca supo quién era su padre y que, según relata Bernal, dio la vida de su “compadre” cuando la ocasión lo exigió. Incluso la chica a la que Filiberto quiere llevar a su cama es alguien a quien no dudaría en entregar a las autoridades, siempre y cuando sea después de pasar una noche con ella.

“Hubo un silencio. Martita comía pan. Hay que ponerle la cosa grave y entre susto y susto como que ya la tengo en la cama y muy agradecida. Y luego se las podría pasar a los cuates de Gobernación y cumplir con la Ley. ¡Pinche ley! Si todas las chinas están como Martita, que vengan todas. Ya me están cayendo gordos esos cuates.”

Esta falta de empatía por otros no es gratuita. Rafael Bernal creó un personaje sumamente escéptico. No confía en nadie. No confía en sus compañeros durante la investigación, no confía del carro que pasa cerca, ni de los residentes del barrio chino. Ni siquiera se fía de las intenciones de Martita, a quien quiere llevar a la cama y por quien se hace “maje.” Es un sospechosista de los cambios y de lo cotidiano. Sin embargo, esta es la herramienta que hace de Filiberto, un detective excepcional. Cuando alguien confía, no hay complot para ver; no hay marañas que desenredar. Confiar es letal cuando hay un complot desenvolviéndose.

“La cara de García estaba impasible. Tenía el sombrero tejano sobre las piernas y lo sostenía con las dos manos. Este señor Del Valle está empeñado en creer en el peligro de los chinos y en todo lo de la Mongolia Exterior. ¡Pinche Mongolia Exterior! ¡Y pinche señor Del Valle!”

Como bien dice Filiberto, él fue promovido a “intriga internacional.” Con un historial de saber seguir órdenes, es decir, de saber a quién matar porque sabe obedecer. El “señol Galcía” (como le dice uno de sus conocidos del barrio chino), comprende que no puede salirse del huacal. Sin embargo, la situación exige más de él de lo que esperaba. Un criterio que lo hace comprender la situación con los matices adecuados.

El Complot Mongol revela algo más. Además de un personaje paranoico, que cuestiona en silencio y que no confía en nadie, podría ser un reflejo de una época en la que un país del tercer mundo, espantado por el mundo comunista y presionado por el capitalista, se vuelve objetivo fácil de la peor parte que lo compone, los oportunistas en medio del caos. Bernal deposita en Filiberto al garrote del gobierno, que sirve para ejecutar acciones con las que las personas de las instituciones no quieren que se le vincule. Cuando le dan las órdenes al protagonista de iniciar la investigación para desarticular el complot, le dicen:

– Pues bien, señor García, tenemos que saber si existe ese chino en México y si ese rumor del complot es cierto, y tenemos tres días para averiguarlo.

–Entiendo.

–Y ése va a ser su trabajo. Va a mezclarse con los chinos, va a captar cualquier rumor sobre gente nueva que haya llegado o movimientos entre ellos.

–¿Y si el rumor es cierto y encuentro a los terroristas?

–Obrará usted, en ese caso, como le parezca adecuado.

–Comprendo.

–Y sobre todo, discreción. Si… Si hay que obrar en forma violenta, haga lo imposible porque no se sepa la causa de esa violencia.

Las personas que dudan podrían poner palabras similares en una conversación imaginaria dentro de las partes más obscuras de los gobiernos. Y es que El Complot Mongol logró algo que le costaba trabajo a otras novelas negras mexicanas: ubicarse en México; observar a los entes abstractos que están en todos lados e imaginar una conspiración. Antes de una obra como esta, muchas novelas de detectives tomaban lugar en Europa o Estados Unidos. Reconocían ese miedo en la psique de la población de las potencias como el que vemos en La Guerra de los Mundos de H.G. Wells. Para las superpotencias, el enemigo es ajeno, es el otro (como ser “doble”, igual, inferior o superior), es el comunista, el migrante, el terrorista; es todo lo que rompe el  status quo de una sociedad que “prospera” y es “perfecta.” Lo que le preocupa a las potencias es la posibilidad de dejar de tener ese estatus. Y la culpabilidad la depositan en un chivo expiatorio diferente. Roland Barthes describe en su apartado sobre los marcianos en Mitologías algo sobre este tema:

“Como se ve, esta psicosis está fundada sobre el mito de lo idéntico, es decir del doble. Pero aquí, como siempre, el doble está adelantado, el doble es juez. El enfrentamiento del Este y del Oeste ya no es más el puro combate del bien y del mal, sino una suerte de conflicto maniqueo, lanzado bajo los ojos de una tercera mirada; postula la existencia de una supernaturaleza a nivel del cielo, porque en el cielo está el Terror. En adelante, el cielo es, sin metáfora, el campo donde aparece la muerte atómica. El juez nace en el mismo lugar donde el verdugo amenaza.”

El primer mundo teme a un juicio de alguien externo. El miedo en sus novelas policiacas se manifiesta en estas conspiraciones invisibles, con traidores del espíritu enaltecedor de sus grandes naciones. Rafael Bernal plantea algo distinto. Deja de lado la paranoia primermundista y voltea a ver a lo que le sucede a los países que no se quieren comprometer con la lucha de los gigantes. México, un país del tercer mundo es víctima de una narrativa dicotómica. Lo que está fuera del blanco y negro, encuentra su lugar en las sombras de los grises y ahí es donde se desarrolla la novela de Bernal. Filiberto es esta parte fuera de la política que los poderosos aprovechan para hacer política. Es lo que hoy vemos en las ejecuciones extrajudiciales. No es algo externo a México lo que se transforma en las pesadillas mexicanas. Es ese mismo interior. Filiberto García es ese revolucionario que se convierte en un mal viaje para todos aquellos que, después de conocerlo, se convierten en unos “pinches muertos”.

La trama de El Complot Mongol es un escenario del dolor tercermundista. No necesitamos temerle a un ente ajeno. Ese extraño “Masiosare” no existe en esta novela. Lo que existen son un matón, ambiciones, mentiras, corrupción y políticos.

“¡Pinches chales!” es una de las expresiones favoritas de Filiberto García. ¿Qué significa “chales” para él? Léanlo ustedes para saber, ¿qué les voy a estar diciendo? Yo no lo sé. ¡Pinches léanlo! Lean el libro y díganme ustedes. ¡pinches díganmelo!

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