Recordamos algunas de las anécdotas más memorables que vivimos en un Día de Reyes.

Pocas cosas se comparan con la emoción de despertar una mañana y correr a buscar un regalo bajo el pino. No sólo es la esperanza de encontrar lo que pediste en esa carta que dejaste en un zapato, es la profunda sensación de que existe algo fantástico allá afuera; algo que vive lejos de nuestra normalidad.

Es por eso que los regalos del Día de Reyes son mucho más que simples juguetes: son objetos que están íntimamente ligados con la memoria y que evocan tiempos pasados a los que a veces nos gustaría volver con la misma inocencia.

Por eso, en Código Espagueti decidimos recordar algunas de las anécdotas más memorables ocurridas un 6 de enero. Como siempre, nos gustaría también conocer sus queridos recuerdos de infancia.

En un rincón bajo el sillón

Por: Edgar Olivares (@robotdice).

Días de Reyes tuve muchos, casi todos memorables. Pero el penúltimo es el que más recuerdo. No por ser el final en la posibilidad de lo fantástico, sino más bien por el inicio de lo que sería la siguiente etapa de mi vida y mi amor por la música.

Los Reyes le habían traído a mi hermana muchas cosas, pero no parecía haber nada para mí. Mi primera reacción fue molestarme, como cualquier otro niño que dejaba de ser considerado niño, pero luego comencé a buscar por todos lados. Debajo de un sillón, escondido hasta el rincón más alejado de la sala, estaba esperándome una caja mal envuelta y dentro lo que yo esperaba fuera un GameBoy. Pero no lo fue.

Ese año me regalaron un Sony Walkman, amarillo con un clip negro. ¿Para qué chingados iba yo a querer esa madre? Triste, me puse los audífonos y comencé a escuchar el radio. Luego, conseguí un cassette que alguien –creo que fue mi papá– había grabado con rolas de Universal Stereo. No me quité los audífonos en años, a veces ni para dormir.

Tres cajas

Por: Mariana Colmenares (@BuffSupertramp).

Cuando estaba por cumplir siete años había escuchado rumores de que los Reyes Magos no existían. Ese año decidí no escribir carta y tampoco le dije a mis papás lo que quería, pues mi plan era descubrirlos. Sin embargo, en el fondo tenía la ilusión de que mi plan fallara.

La emoción por la llegada de los Reyes me provocó insomnio y me costó trabajo dormir una noche antes. Ese 6 de enero escuché ruidos y baje en silencio las escaleras, juraba que había visto algo y volví a mi cama para intentar dormir.

En la mañana, bajé corriendo para ver los regalos que habían dejado en el árbol. Ahí estaban tres cajas envueltas. Los Reyes me habían dejado tres de los Caballeros del Zodiaco: Shiryu, Hyoga y Seiya. Después de verlos pensé: es mejor de lo que hubiera pedido, en verdad me conocen.

El barco que se fue

Por: José Pulido (@RigoMortiz).

Mi padre había muerto meses antes de ese Día de Reyes, yo tenía cinco años y nada entendía de la vida. Al final, éramos sólo mi hermana, mi madre y yo. Aquella mañana del 6 de enero bajé buscando una esperanza que, de antemano, sabía que no encontraría. En cambio, vi el barco pirata de Playmobil.

Lo saqué de su caja y lo armé con ayuda de mamá. El barco lucía imponente, listo para hacerse a la mar. Se volvió mi mejor amigo, pero poco a poco las piezas se fueron perdiendo, hasta que sólo quedó la proa. Entonces ya no era un barco, sino una nave espacial o un coche futurista: todo lo que mi imaginación quisiera. Con el paso de los años, el barco terminó por desaparecer.

Dice Pablo Neruda que “el niño que no juega no es niño, pero el hombre que no juega perdió para siempre al niño que vivía en él y que le hará mucha falta”. Hoy quisiera voltear y preguntarle a mi yo de cinco años cuándo me soltó la mano.

Con olor a nuevo

Por: Guillermo Todd (@Borrokapr0troll).

Tal vez haya sido el mejor Día de Reyes que he tenido en mi vida. Quizá porque es el que mejor recuerdo y el último en el que viví esa ilusión de despertar por la mañana y recibir justo el regalo que había esperado por meses. Cada año, cuando quería una consola de videojuegos, tenía que especificarle a mis “Reyes” exactamente qué quería y cómo lo quería, cuánto costaba y dónde podían comprarlo al mejor precio.

En la vísperas del Día de Reyes, hice mi carta y esperé por lo que todo niño esperó ese año: un flamante Nintendo 64. Al despertar ahí estaba, al pie de la cama, una caja que decía “Nintendo 64” al frente y junto a la fotografía de la consola de videojuegos más poderosa del planeta. Emocionado como nunca, abrí la caja y fui recibido por un inconfundible olor a plástico y unicel. Junto a la consola estaba sólo un cartucho, el de Super Mario Kart 64, y lo primero que hice fue correr a la televisión del cuarto de mis padres a jugar la Copa Champiñón.

La verdad nos hará libres

Por: Sergio Hidalgo (@zerxhidalgo).

Recuerdo con especial cariño la víspera de un Día de Reyes en el que, después de ser bombardeado por comerciales de Chabelo, no sabía si pedir un Fabuloso Fred o un Grimlock (sin duda el mejor dinobot de todos los tiempos). Mi indecisión me hizo dormirme sin escribir la carta a los Reyes.

Súbitamente mi padre me despertó y me subió a su auto. Mientras nos acercábamos a un mercado sobre ruedas, me dijo: “los Reyes Magos no existen”. Antes de que siquiera pudiera procesar la noticia, me dijo que no quería comprarme un juguete que no fuera de mi agrado, así que tenía permiso de recorrer a su lado el tianguis y elegir el regalo que quisiera.

Esa noticia opacó descubrir el secreto de los Reyes, y me volvió el niño más feliz de esa oscura noche. Finalmente, fui el dueño de un maravilloso Voltron que, con varios desperfectos, todavía conservo hasta hoy… y sí, también conseguí a Grimlock.

La segunda es la vencida

Por: José Luis Leguízamo (@leguizamou).

Era la segunda vez que en mi carta a los Reyes Magos se leía lo mismo: “Quiero un Super Nintendo”. El año anterior a ese había encontrado bajo el árbol artificial una copia pirata de la consola (un “Family” con una carcasa muy parecida al SNES), y no me iba a dar por vencido tan fácilmente.

Dormí poco esa noche, así que en cuanto noté que ya iba a amanecer, me levanté de la cama y corrí a ver qué me habían dejado. La emoción que sentí al ver la caja de un Super Nintendo fue tanta que no me importó haber despertado a mis papás con todo el ruido que hice al abrir la caja.

Y ahí estaba: una hermosa consola junto a un cartucho de Zombies Ate my Neighbors. Corrí hacia donde estaba la televisión y empecé a jugar. No pasaron ni 10 minutos cuando llegó mi papá a decirme que eran las cinco de la mañana y que esa no era hora para abrir regalos. Regresé a mi cuarto pero ya no pude pegar los ojos.

Platos sucios

Por: Nicolás Ruiz (@Pez_out).

Mis recuerdos más memorables vienen siempre con comida y cerveza. Era un chamaco, claro, y no bebía… tanto. Pero mis jefes se pusieron un tapón de noche de Reyes comiendo como reyes. Viendo el desmadre que habían dejado y con la flojera etílica de recogerlo todo, decidieron hacer algo más creativo: pusieron tres sillas y regaron los platos y los vasos en ellas.

Cuando me desperté con mi hermano para abrir regalos, estaban esas tres sillas con restos de disfrute que señalaban una presencia física. Eran una prueba fetiche de que algo había pasado por ahí. Los Reyes Magos se convertían en algo presente y me dejaban imaginar que había cuerpos imposibles, que había camellos y elefantes que atravesaban la ciudad, que la ventana se abría a otro mundo y que la ficción estaba en todas partes. Soñar con naves espaciales, otros magos, elfos y orcos fue otra vuelta a la misma esquina. No me acuerdo qué me regalaron ese año, pero me acuerdo perfectamente de lo que significó para mí ver unos cuantos platos sucios.

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