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Si utilizas FaceApp no sólo tu privacidad está en riesgo

La aplicación está llenando las redes sociales de fotografías divertidas, pero ¿qué significa esto?
(Foto: ImgFlip)

¿Ya utilizaste FaceApp?, me preguntaba una amiga recientemente. No, le contesté, no quiero que Rusia tenga mis datos. Y ella, risueña, me dijo que de por sí ya todo el mundo tenía mis datos que no importaba si alguien más los tenía. Y eso precisamente es el problema, ¿Cómo hemos cedido y a quién nuestra privacidad? ¿A cambio de qué?

Mi amiga es menor y pertenece a una generación que tiene ya interiorizadas las redes sociales y la tecnología, a diferencia mía, que soy parte de los millennials que nacieron entre 1980 y 1985 y que vivieron la transición del mundo a.I (Antes de Internet) a D.I (Después de Internet), tal vez por eso esto parezca más la queja de alguien apocalíptico y alarmado.

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La popularidad de FaceApp sigue creciendo alrededor del mundo, la difusión en redes sociales de las versiones de todos viejitos está inundando los muros de Facebook, las historias de Instagram y hasta algunos timelines en Twitter. Sin embargo, varios expertos en seguridad han hecho una advertencia sobre el uso de la aplicación.

¿Cómo funciona FaceApp?

(Google Play)

La aplicación, utiliza un sistema neuronal que se basa en la inteligencia artificial para analizar la fotografía que los usuarios eligen subir a sus servidores para lograr los efectos de envejecimiento o rejuvenecimiento que desean, con resultados sorprendentes.

Hasta el momento, existen muchísimas aplicaciones que ofrecen este servicio, pero las alertas se encendieron cuando se dio a conocer que los servidores de FaceApp se encontraban en Rusia, sobre todo, lo más alarmante son la política de privacidad resultaba bastante ambigua.

Por ejemplo, cuando un usuario acepta las condiciones de uso de la FaceApp, se especifica que los datos pueden ser cedidos a terceros, pero no se dan a conocer los usos que la compañía podría hacer de la información.

Por ejemplo, el comentarista de tecnología conocido como Stilgherrian, dice que la política de privacidad de la compañía deja bastante espacio de maniobra:

“Esta es una política de privacidad bastante estándar, que efectivamente no le ofrece ninguna protección”.

Por su parte, en entrevista para El País, Borja Adsuara, abogado experto en comunicación digital, asegura que no sabemos que es lo que ocurre exactamente con las fotografías que sontransformadas y devueltas a los usuarios. Y compara este tipo de condiciones de uso, con las mala legislación del consumo alimentario:

“[…] si uno no puede comprar un alimento en mal estado en una tienda ¿por qué se le permite descargar apps con código malicioso?”.

El analista de seguridad de la afama firma Kaspersky adivierte que:

“Debemos asumir que al subir algo a la nube, perdemos el control”.

La mayoría de estos analistas y comentaristas apelan a que lo mejor que podemos hacer, es apelar a nuestro sentido común y leer detenidamente las condiciones de uso de estos productos, labor que pocos usuarios de telefonía móvil hacen.

¿Qué se qué se juega además de la privacidad?

Desde hace algunos años, y sobre todo después del escándalo de Facebook y Cambridge Analytica donde los datos de los usuarios fueron utilizados para incidir en su voto durante las elecciones donde saldría victorioso el actual presidente de Estados Unidos,Donald Trump, el foco sobre el uso de los datos y la privacidad ha estado en boca de expertos.

Parece poca cosa ceder tus datos, permitir el acceso a tu micrófono aun estando apagado o de tu cámara cuando no la tienes encendida, pero gracias a eso, las compañías no sólo los utilizan para ganar dinero a través de la publicidad y las recomendaciones focalizadas. Al ceder tu intimidad también estás entregando algo de tu libertad de elección.

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Aunque podemos argumentar que estamos conscientes del problema, la sutileza con que la inyección de información penetra ahora para modificar nuestro comportamiento es alarmante. Prueba de ello es el algoritmo de Netflix, que cada vez nos predispone más a ver cierto contenido. También algo de la inteligencia y la crítica de la realidad se pierde aquí.

La historia de la Libertad (así con mayúsculas), siempre ha sido más o menos la misma, se trata de algo episódico, de un entreacto que se encuentra en tránsito entre una vida a otra, para finalmente, presentarse como una nueva forma de coacción. Por decirlo de otra manera: a cada acto de liberación obedece uno nuevo de sumisión.

A propósito de FaceApp, el escritor mexicano publicó recientemente en sus, paradójicamente, en sus redes sociales, un mensaje que dice:

“Me parece vagamente interesante (como ficción) que una generación que ha sobrevalorado tanto la juventud -me refiero a los millennials- empiece a fantasear con autoenvejecerse mediante una app: pasar de la adolescencia mórbida a la senilidad prematura con tal de eludir la vida adulta”.

Si exceptuamos algunos asegunes que tiene la publicación, la frase resuena por la idea de la juventud sobrevalorada y, sobre todo, el acto de evadir la vida adulta. ¿Qué tienen en común los niños y los ancianos? El capricho y el derecho a evitar ciertas responsabilidades, no sólo en los actos de la vida diaria, también en las relaciones personales.

No se trata de ser funcional y responderle a un sistema económico determinado, sino de ser autónomo, cosa que la adicción a las redes sociales no permite. Pero, entonces, ¿por qué es tan importante publicar nuestra foto de viejitos en redes sociales? Estoy convencido que si esta aplicación no tuviera salida, es decir, si no te permitiera publicar la foto en redes, el resultado sería otro.

Al ofrecer nuestra libertad a las redes sociales y aplicaciones estamos sometidos a un sistema gigantesco donde no sólo se ponen en juego conflictos económicos, también la parte más íntima de nuestra humanidad.

Para decirlo con el filósifo coreano Byung Chul-Han: “

“El poder inteligente lee y evalúa nuestros pensamientos conscientes e inconscientes. Apuesta por la organización y optimización propias realizadas de forma voluntaria. Así no ha de superar ninguna resistencia”.

Para que este acto suceda no se requiere de ejercer ningún tipo de violencia velada o expuesta, como en los antiguos ejercicios de poder, nosotros corremos gustosos al sometimiento con tal de agradar y generar dependencias. Como insiste Han: “La siguiente advertencia es inherente al capitalismo del me gusta: protégeme de lo que quiero”.