1965 fue el año que marcó la fiebre por los platillos voladores en México.

Los mexicanos creemos que un día la selección de futbol va a ganar el Mundial, creemos en la democracia, en la Virgen de Guadalupe, en que todo se cura con limón, en que no pasa nada si te emborrachas en domingo, creemos en la quincena, en el horóscopo, en que ponerte bajo el marco de una puerta es el lugar más seguro durante un terremoto, en que nadie se da cuenta de nada, creemos en que no importa lo que pase “al final todo va a salir bien”. En eso y más cosas creemos porque ser mexicano es, ante todo, un acto de fe.

Por eso, cubiertos con ese manto que es la esperanza en lo imposible, fue que la mañana del viernes 1 de octubre de 1965, cientos de personas se dieron cita en el Ángel de la Independencia y a todo lo largo de Paseo de la Reforma para despedir a unos objetos voladores no identificados (OVNI), antes de que partieran hacia un destino incierto fuera de México. En ese momento tenía todo el sentido del mundo: lo decían los periódicos y lo decían en la televisión. No había razón para no creer que pasaría.

Los señores faltaron al trabajo, los chamacos a la escuela, las madres de familia se dieron a la fuga de sus casas. En Reforma todo era un jolgorio: estaba lleno de aviones pintados con gis en el suelo y tejas mojadas secándose al sol, cientos de pares de ojos volteando al cielo y otras tantas manos hábiles buscando entrar a los bolsillos del público distraído.

Y antes de que piensen que toda esta historia es un fraude, déjenme aclararles que no es así. Los capitalinos se reunieron ese viernes para despedir a los OVNIs, y con ello dar por finalizado un año de avistamientos que habían dominado al país.

Sábado 18 de marzo de 1950
Sábado 18 de marzo de 1950. Una imagen común en las calles de la ciudad: gente viendo OVNIs mientras eran víctimas de los carteristas.

Sábado 18 de marzo de 1950. Una imágen común en las calles de la ciudad: Gente viendo ovnis mientras eran víctimas de los carteristas.

Pero la historia del “año de pavor galáctico” que vivió México –como lo llama la periodista Laura Castellanos– no inició realmente en 1965. Ni siquiera en territorio nacional. Su origen se remontaba al 24 de junio de 1947, cuando el piloto norteamericano Kenneth Arnold reportó el avistamiento de 9 objetos desconocidos volando en cadena cerca de Mount Rainier, Washington, mientras se encontraba buscando una aeronave militar extraviada a bordo de un CallAir A-2.

Kenneth describió a los objetos como “platos brillantes” que viajaban con una “tremenda velocidad”. Con este avistamiento se iniciaba oficialmente en todo el mundo la Ufología, término derivado de UFO (Unidentified Flying Object) que en Estados Unidos se designa para los objetos voladores no identificados.

Los enanitos verdes que bailaban el richachá

Inspirado por lo sucedido en Estados Unidos, un mes más tarde nace en México el primer programa radiofónico dedicado al fenómeno OVNI, conducido por un joven de 26 años llamado Pedro Ferriz Santa Cruz y titulado Los Ovnis, objetos voladores no identificados. Y junto con el programa también llegaron los primeros reportes de avistamientos de “platos voladores” y “plativolos” en ciudades como Mexicali y Ciudad Juárez.

Desde ese momento los medios de comunicación fueron tomados de la mano a la conquista de los mexicanos. Y en cierta forma lo lograron. En la primera mitad de la década de los años cincuenta los OVNIs, extraterrestres y marcianos ya eran bien identificados por los mexicanos. Eran esos seres que venían a nuestro planeta bailando ricachá al ritmo del chachachá de Tito Rodríguez, o anunciaban desde su “platívolo” la recientemente inaugurada Ciudad Satélite.

En esa época era común encontrar en las calles de las ciudades a grupos de personas mirando a la nada, sólo porque alguien creía haber visto un OVNI. En esos años también creció otro fenómeno: el de los carteristas. Aunque éste último era más terrenal.

La popularidad de los “platívolos” hizo que después de aquel primer programa sobre OVNIs, Pedro Ferriz también condujera en la radio Más allá de la Tierra (1949) y Un mundo nos vigila (1950), que en 1951 dio el salto hacia la naciente televisión.

En esa misma década, el polaco estadounidense George Adamski afirmó haber sido “contactado” por una entidad extraterrestre, suceso que originó el nacimiento de cientos de organizaciones civiles dedicadas a investigar el caso. No pasó mucho tiempo para que México también pasara algo similar.

En agosto de 1953, a la altura del kilómetro 484 de la carretera Mexico – Nuevo Laredo, el taxista Salvador Villanueva (de 53 años) se convirtió en el primer “contactado” mexicano, mientras llevaba a unos gringos a la frontera.

Villanueva narró todo el acontecimiento en Yo estuve en el Planeta Venus (1955), un libro que fue traducido a varios idiomas. En él describe al extraterrestre que le ayudó a arreglar una descompostura de su taxi y que se lo llevó a conocer Venus:

“Tenía frente a mí, como a metro y medio, a un hombre extrañamente vestido, de pequeña estatura. No media arriba de un 1 metro. Se cubría con un uniforme hecho de material parecido a la pana o a un tejido de lana. No tenía más parte visible que la cabeza y la cara, cuyo color resultaba sorprendentemente parecido al marfil. Su pelo, platinado y ligeramente ondulado, le caía un poco más abajo de los hombros y por detrás de las orejas.

Estas, las cejas, la nariz y la boca formaban un conjunto maravilloso, que completaban un par de ojos verde brillante que recordaban los de una fiera. Llevaba un cinturón grueso redondeado en sus bordes, lleno de pequeñísimas perforaciones y sin unión aparente.”

El taxista remata diciendo que el extraterrestre tenía un casco parecido a los que se usan para jugar futbol americano “un poco deformado en la parte trasera”.

Ovnis en La Prensa
Imagen publicada en La Prensa, en la que un hombre llamado Ángel Gonzáles describe a los seres que lo detuvieron en una carretera de Veracruz.

Imagen publicada en La Prensa, en la que un hombre llamado Ángel Gonzáles describe a los seres que lo detuvieron en una carretera de Veracruz.

A medida que avanzaba la década, la imagen que los mexicanos tenía sobre el fenómeno se iba tornando hacia las sombras. Los hombrecitos verdes que viajaban en los “platívolos” se convirtieron en secuestradores y, por si fuera poco, en 1957 la Unión Soviética tomaba la delantera en la carrera espacial que sostenía con Estados Unidos al lanzar el Sputnik I. Ahora los OVNIs ya no sólo eran del espacio, también eran comunistas.

En 1957 la prensa reportó avistamientos en Chilpancingo, Tampico, la Ciudad de México, Poza Rica y Cacalilao, una ranchería al norte de Veracruz en el que (según Excélsior) más de 100 personas habían visto un “platillo del tamaño de un camión” sobrevolar el campo petrolero del lugar. El fenómeno fue creciendo hasta explotar a mediados de la década siguiente.

La fiebre de 1965

En su crónica OVNIs: Historia y pasiones de los avistamientos en México, la periodista Laura Castellanos detalla lo ocurrido en México durante 1965:

“Hubo testimonios de aterrizajes, desplome de naves, aparición de alienígenas que establecieron contacto del ‘tercer tipo’ con gente común o perseguían automóviles y apagones que se asociaron con actividad extraterrestre.”

Guerrero, Sinaloa, Oaxaca, Aguascalientes, Baja California, Veracruz, Guanajuato, Hidalgo, Morelos y otros estados eran el centro de historias de todo tipo. Y los periódicos, la radio y la televisión cubrían la noticia, hacían conjeturas y presentaban respuestas al público que, a diferencia de la década pasada, ya no veía con tan buenos ojos a los visitantes del espacio.

El 10 de julio, el corresponsal del extinto diario Novedades reportó la histeria desatada por la presencia de dos puntos luminosos en el cielo de Chilpancingo, Guerrero, que se movían “a una velocidad difícil de seguir con la vista” de un lado a otro de la ciudad. Días después lo mismo pasó en Ixtepec, Oaxaca (aquí la luz además cambiaba de naranja a azul), y también fue reportado por Novedades.

Castellanos recupera algunas notas en las que se puede ver cómo en 1965 la gente narra la “caída de un OVNI en Salamanca, Guanajuato mientras otras hablaban de OVNIs persiguiendo autos en carreteras de Ensenada, Baja California y el Puerto de Veracruz”.

Cabe señalar que el fenómeno de los avistamientos no era sólo propio de México. En varias partes del mundo se daban reportes y la prensa internacional puso particular atención en la caída de un objeto volador no identificado en la Antártida.

El diario argentino El Mundo informa sobre el avistamiento en la Antártida (1965).

Se tienen registradas más de mil notas de diferente extensión y profundidad en ese año. Pero las historias más representativas son dos: los burros blancos en Ganímedes y las vacaciones de Echeverría en Cuernavaca.

Primero, el Diario de la Tarde de la Ciudad de México y el periódico La Prensa dieron a conocer el caso de tres jóvenes estudiantes del Instituto Politécnico Nacional que vieron aterrizar una nave espacial en las inmediaciones de la Unidad Zacatenco la medianoche del 11 de agosto.

Los hermanos Iago y Paio Rodríguez Díaz junto a su amigo Jorge Rueda Navarro, contaron cómo descendió del vehículo “un humanoide que telepáticamente los invitó a su nave”. Era alto y con el cabello platinado. Aseguraba venir de Ganímedes, la tercer y más grande luna de Júpiter. Se tardaron tres horas en ir y regresar a la casa de su amigo intergaláctico.

Un mes después, la noche del 23 de septiembre, ocurrió uno de los avistamientos más comentados en la historia del país. Esto debido a que entre los cientos de involucrados destacan los nombres de Luis Echeverría, quien en ese tiempo era Secretario de Gobernación; Amalia Hernández, quien inventara los bailables “típicos”; Emilio Riva Palacio, que tiene una avenida con su nombre en todos los municipios del Estado de México sólo porque fue gobernador; y el general Enrique Vega.

Los antes mencionados estaban en una fiesta con otros invitados y la familia del que llegaría a ser presidente de México, en una casa en Cuernavaca, Morelos, cuando se vino un apagón en la ciudad. Echeverría y sus invitados vieron, como lo hicieron todos los cuernavacenses, una luz plateada de enorme tamaño que durante dos horas iluminó gran parte de la ciudad y luego cambió su color a rojo escarlata.

Al ver la magnitud del evento, Echeverria hizo lo que cualquier secretario de gobernación en México hubiera hecho: le habló por teléfono a su vecino para que saliera a ver lo que estaba pasando. Y ese vecino era Jesús Reyes Heroles, en ese tiempo director de Pemex.

En una entrevista que Laura Castellanos hace al investigador Gustavo Nelín, él le revela que “en una subestación de la Compañía de Luz y Fuerza, cercana al hotel Casino de la Selva, algunos trabajadores vieron a un OVNI bajar y chupar la corriente, y eso provocó el corto circuito, haciéndose un arco de luz muy grande que iluminó el cielo”.

Un día de pinta galáctico

A partir de julio de 1965 se registró un aumento en los casos de pánico desatados a causa de los avistamientos en varios estados del país. Para septiembre era común que después de que “alguien viera” o le “contaran que alguien vio” un OVNI, las madres y padres de familia saturaran los teléfonos de los periódicos, la policía y el Observatorio Astronómico Nacional, solicitando información o pidiendo ayuda para no ser secuestrados, ellos o sus hijos. ¡Esos malditos platívolos comunistas!

El terror terminó gracias a Clemente González Infante, un pintor de brocha gorda (otros dicen que hacia carteles) que decía haber sido contactado por habitantes de Venus para indicarle que a las 9 de la mañana del 1 de octubre desfilarían 3 mil platillos voladores, de la Villa de Guadalupe hasta la glorieta del Ángel de la Independencia. El desfile sería para despedirse de los mexicanos. Una prueba de poder y de paz.

Un hombre llamado Aharon Aray Amath, que supuestamente era presidente de la Asociación de Investigación Astrofísica, se convirtió en vocero del señor Clemente ante la prensa. Este hombre no era un extraño venido de la nada: ya se había ganado el corazón de los lectores de periódico al crear un mapa con la trayectoria que los OVNIs describían “de la capital mexicana a California”, y había demostrado que los extraterrestres no eran marcianos sino venusinos. Si un “científico” como Aharon Aray Amath decía que habría un desfile de OVNIs venusinos, entonces ¡lo habría!

Por esa credibilidad, Aharon Aray Amath fue invitado al programa televisivo de Paco Malgesto, El Club del Hogar, para dar su mensaje en el que recalcaba que a su paso los OVNIs levantarían automóviles “del suelo por medio de la energía magnética”. Y si en la tele dijeron los OVNIs venusinos levantarían autos, entonces ¡lo harían!

Una de las casi mil notas publicadas entre abril a noviembre de 1965 recuperadas por Laura Castellanos. Mostraba la supuesta ruta que los los OVNIS seguían de México a Estados Unidos (El Universal Gráfico, 23 de septiembre de 1965)

Una de las casi mil notas publicadas entre abril a noviembre de 1965 recuperadas por Laura Castellanos. Mostraba la supuesta ruta que los los OVNIS seguían de México a estados Unidos.

Cuando Orson Wells transmitió por radio una versión dramatizada de La Guerra de los Mundos de H. G. Wells en 1938, el caos y el pánico dominaron al pueblo estadounidense. Cuando los mexicanos acudieron aquel 1 de octubre para, de forma voluntaria, despedir a los venusinos, las cosas terminaron como siempre: en desmadre.

La mayor parte de los mirones eran estudiantes que se habían ido “de pinta”, pero también había empresarios que miraban seriamente tras sus binoculares y cámaras. Las crónicas dicen que la Capilla del Cerrito de la Basílica de Guadalupe y el Ángel de la Independencia estaban hasta el tope de gente.

Una nota en el periódico Novedades relata lo sucedido en el Ángel de la Independencia (2 de octubre de 1965).

Con el paso de las horas y viendo que los OVNIs no aparecían, la gente se desesperó. En OVNIs: historia y pasiones de los avistamientos en México se retoma una crónica que Guillermo Ochoa publicó en Novedades, en la que describe cómo los adolescentes comenzaron a jugar “Doña Blanca”, los gañanes a molestar a las muchachas, los intrépidos a treparse a los monumentos, y los jardines de gladiolas terminaron muertos a pisotones (como apuntó en una entrevista Pedro Ferriz).

Otra nota del Diario de la Tarde, que relata la euforia que se vivió ante la expectativa del “desfile de platívolos” (2 de octubre 1965).

Los OVNIS nunca aparecieron, pero sí medio centenar de policías que llegaron para, a punta de macana, restablecer el orden. A Clemente González Infante y Aharon Aray Amath se los trago la tierra, y desaparecieron luego del fraude.

El fallido desfile marcó el fin de la plativomanía mexicana de los años sesenta. Luego vendrían otras historias, como la de los Foo Figthers de San Luis Potosí del 79, la oleada OVNI de 1991, el Chupacabras, el Ser de Metepec y otros tantos casos reportados en la prensa. Pero ninguno logró causar un fenómeno como el que se vivió en la Ciudad de México ese viernes de pinta galáctica de 1965.

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