¿Por qué volteamos a ver los accidentes automovilísticos en la carretera? ¿Morbo o simple curiosidad?

Todos hemos visto en algún momento de nuestras vidas los restos de algún choque automovilístico. No necesita ser particularmente aparatoso, el mero hecho de que haya sucedido genera curiosidad. Al pasar junto a él la gente disminuye la velocidad, y algunos incluso se detienen un instante para tratar de observar con mayor claridad el suceso. No podemos evitar que suscite en nosotros la curiosidad de saber qué pasó ahí y cómo sucedió.

En las palabras de Eric Wilson, escritor y estudioso sobre el fenómeno de la curiosidad morbosa:

“Estás en un embotellamiento en la autopista y ves  más adelante, en el acotamiento, una patrulla, tal vez una ambulancia, y un auto chocado. Y piensas de los automovilistas que disminuyen la velocidad –No puedo creer lo que hace esta gente, qué crudo, qué voyerista, ¡están aprovechándose del sufrimiento de otras personas! Yo tengo que llegar a mi trabajo. Desde luego yo no voy a voltear a ver– pero mientras te acercas, sientes un cosquilleo. La mayoría de nosotros simplemente voltea a ver.”

Abordar el tema de la curiosidad morbosa resulta polémico. Las explicaciones y teorías con respecto a porqué lo hacemos y en qué consisten sus peores o mejores características abundan. Según Wilson, existe una dualidad inherente a esta curiosidad: se trata por un lado de cierto placer de que eso no nos pasó a nosotros y sentirnos bien al respecto, y por otro lado un ejercicio de empatía con una persona en un momento difícil.

Esta curiosidad existe en todos nosotros en diferentes cantidades, y se manifiesta de formas diferentes. Hay estudios que buscan probar que la gente que ve accidentes o choques es más propensa a ver los videos o fotos si sabe que no hubo heridos graves. Por otro lado, hay un grupo minoritario de personas que resultará mucho más atraída al suceso si hubo muertes y son gráficas.

Se ha también hipotetizado sobre la utilidad evolutiva de dicha curiosidad, atribuyéndole por ejemplo un valor educativo en las poblaciones. La curiosidad por aprender cómo cayó alguien en el infortunio puede tener valor didáctico para quien lo analiza.

Más allá de un valor meramente educativo de observar una escena así, hay que considerar que cuando menos en el mundo moderno la “nota roja” no se utiliza con ningún fin didáctico ni mucho menos. Consiste simplemente en una curiosidad primigenia. Ejemplo de esto son los videos que se hacen “virales” en los que alguien muere, choca, es violado, asesinado, mutilado, o le sucede cualquier clase de tragedia. Casos como estos abundan y las redes sociales y el internet representan un acceso directo a cualquier información que deseemos.

Así, surge una diferencia de origen entre estos dos grupos de personas: están los que pueden mirar videos por una curiosidad morbosa ya bastante extrema; y está el grupo mayoritario que si bien se siente intrigado por infortunios ajenos, tiende a preferir que no existan daños graves o la muerte de los protagonistas de las noticias, o cuando menos, información visual menos explícita.

Schadenfreude, o el placer de la desgracia ajena

“Schadenfreude” es un término que se acuña para darle nombre a este extraño fenómeno psicológico: que le suceda algo negativo a alguien y eso nos haga sentir ligeramente bien. El filósofo alemán Arthur Schopenhauer se refiere al Schadenfreude como el mayor pecado humano, y Harold Kushner lo define como “la embarazosa reacción de alegría cuando algo malo le sucede a alguien más en vez de a nosotros”.

Susan Fiske, profesora de la universidad de Princeton, analizó en un estudio las reacciones de individuos a ciertas situaciones, a través del monitoreo eléctrico de los músculos utilizados para sonreír. Su objetivo era medir qué factores afectan que las personas sintamos o no Schadenfreude hacia alguien.

A los participantes se les mostraron imágenes de personas que cumplían ciertos estereotipos que tenían como propósito suscitar reacciones en ellos. Para ello se emplearon imágenes de profesionistas ricos (para suscitar envidia), de estudiantes (orgullo), de drogadictos (desagrado) y de ancianos (benevolencia). A estos personajes les fueron asociados conceptos desde positivos hasta negativos, como “Ganó 5 millones de dólares” (positivo), “Fue al baño” (neutro), y “Lo mojó un taxi” (negativo).

Los resultados arrojados fueron congruentes con el Schadenfreude, ya que mientras los grupos como los ancianos suscitaban empatía y benevolencia al colocarlos imaginariamente en situaciones desfavorables, los sujetos del estudio experimentaban placer cuando imaginaban un escenario en el que un rico profesionista era bañado de agua sucia por un taxi en la calle.

La teoría de la comparación social resulta particularmente relevante para el análisis de este estudio, ya que claramente el Schadenfreude aplica en casos en los que envidiamos o cuando menos consideramos privilegiada la posición social del afectado.

En el 2006 se realizó un estudio en el que se medía la reacción de individuos al presenciar a otras dos personas jugando. Una de las personas exhibía una actitud pedante y desagradable, mientras que el otro individuo era simplemente neutro. Cuando el individuo desagradable perdía, los sujetos experimentaban una sensación de alegría, indicando que más allá de cualquier ganancia personal, obtenían placer de ver que “se hacía justicia”.

La suma de ambos estudios resulta enormemente interesante, porque a grandes rasgos nos dice que buscamos por un lado que “cada quien reciba lo que se merece” pero también que este precepto (que podría parecer moral) se ve acotado por la percepción que tenemos del sujeto. Tomando en consideración ambos estudios podemos comenzar a construir una imagen más clara de porqué hay sucesos negativos que nos llaman tanto la atención, y aspirar a conocernos mejor como sociedad.

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