Ya que han pasado varias semanas y que todos tuvieron chance de ver la nueva Godzilla de Gareth Edwards, me permito un último comentario.

Tal vez muchos de ustedes ya estén mareados, por más que compartamos la afición al tremendamente carismático enemigo de los edificios, de oír tanto sobre la película: su éxito taquillero, la polémica entre los aficionados, las promociones de restaurantes y la cajita feliz… Pero como en mi reseña de hace un par de semanas no quería quemarle nada a nadie, me quedé con las ganas de decir un par de cosas. Y, me disculpo a quién aburra, pero, ni modo, me falta echar unas últimas palabras como mi pequeña escupidera de afición al rayo radioactivo.

¿Y por qué no comenzar por ahí? Todo lo que no dije en la reseña va hacia la parte que más cuidó y trabajó Edwards, tal vez incluso, sacrificando otros aspectos del guión: el asunto de complacer a los fanáticos de la franquicia. Entre muchas cosas, tenemos de entrada el increíble diseño de Godzilla que tomó tanto tiempo y que acertó tanto en acercarse a las creaciones de Toho. Parte del efecto entrañable del personaje, por más que suene completamente banal, está en la criatura más antropomorfa que lagartijesca, las manitas de dinosaurio y la postura incómoda, encorbada y lenta, con la piel áspera y las pesadas aunque cortas piernas. Eso, siempre lo agradeceremos.

Más allá del ya muy comentado diseño de Godzilla están los M.U.T.O. Muchos se han quejado de la cercanía del resultado con las criaturas de Del Toro o con el monstruo misterioso de Cloverfield –sobre todo en la postura arácnida de la hembra–, pero, también, algunos fanáticos han encontrado coincidencias con ciertos enemigos de Godzilla o personajes afines en la franquicia. La cabeza triangular y las impresionantes maniobras de vuelo del macho recuerdan a Gyaos en sus enfrentamientos con Gamera; y la muerte de la hembra que tantas satisfacción dio a todos al final de la película, recuerda vagamente la muerte del ladrón de ADN Orga en la película Godzilla 2000: Millennium. Y claro, en todo esto, el rayo atómico. Por más que sean escépticos, como yo, del resultado final de la película, nadie puede negar que cuando se empiezan a encender las escamas desde la cola hubo un tremendo escalofrío de satisfacción: ¡El rayo estaba sucediendo! ¡Y Edwards, a pesar del tono rojo mantenido en toda la película como brillante engaño de contrapunto humano –entre soldados y bengalas–, lo hizo azul!

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Uno de los M.U.T.O. que aparecen en la pélícula

Sí, todo esto fue muy emocionante. Aunque las referencias más puntuales, como dije en la reseña, me parece que se dirigen a esa maravillosa película de Ishiro Honda que inició todo el asunto allá en el 54. Desde el principio vemos esas torrecitas de comunicación en tonos gastados de falsos materiales de archivo, vemos los esquemas de evolución que se muestran en los acalorados debates científicos de la primera película y, como si nada, aparece un personaje llamado Daisuke Serizawa. Claro que no nada más se apellida como el científico de la cinta de los cincuenta sino que, no hartos de los guiños, le pusieron el nombre de pila del director legendario: Ishiro. Y todo este asunto está muy bien pero, ¿a qué nos llevan estas relaciones? ¿Hay algo más que decir sobre ellas o sólo son guiños para complacernos a nosotros tan ñoños?

El personaje de Serizawa en la primera película me parece tan bien fabricado porque dice algo importante sobre el momento histórico y social de Japón. Estoy generalizando, claro, pero como tremendo documento de cultura popular, dice más que simple destrucción. Todos sabemos, casi como lugar común, lo que Edwards afirmaba en cada entrevista: que la cinta de Toho del 54 era una metáfora para el miedo nuclear y el trauma de Hiroshima, apenas nueve años antes. En este sentido, Serizawa es la imagen misma del científico que los japoneses anteponen a los responsables occidentales de la bomba atómica. Porque Serizawa también produce un invento tan maravilloso como terrible, con la diferencia de que su estándar ético es insuperable.

A diferencia de todos los responsables del hongo atómico, desde Einstein hasta Oppenheimer, este brillante científico japonés se niega a revelar su investigación hasta comprobar con certeza un uso benéfico para la humanidad y la imposibilidad de militarizarlo. Sólo a petición de la mujer amada y viendo un coro de niños cantando la desolación de Tokio, Serizawa permite usar su invento como arma. Pero, haciendo esto, quema su investigación y se sacrifica. Como último gesto, no el menor, le dice a su compadre, antes de suicidarse, que sea feliz con la mujer que amaba y que no le correspondía. Éste es el sacrificio total, sacrificio amoroso, de camaradería, de ética científica, para un legado intachable. La idea es que si todos en occidente hubieran sido como Serizawa los relojes no se hubieran parado a las ocho y cuarto de esa mañana, el 6 de agosto de 1945.

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El Dr. Serizawa en un fotograma de Godzilla (1954)

El recuerdo revivido en el nombre de este personaje nos lleva a relacionarlo con el Serizawa interpretado por Ken Watanabe en la última versión de Godzilla. ¿Pero son comparables? Cierto, este nuevo Serizawa trata de matar al M.U.T.O macho cuando ve que la cosa se sale de control. Cierto, lo mantiene vivo durante quince años para evitar una fuga de radiación. Pero, ¿en realidad no es ambición inocente lo que lo guía? Digo, la parte que podía ser afectada por el reactor ya estaba en cuarentena y esperarse para matar al monstruo echándole unos toques eléctricos cuando éste ya mide lo que un edificio parece un poco sospechoso. Este nuevo Serizawa, a pesar de su preocupación por el uso de armas atómicas es más cercano a los científicos irresponsables que al incuestionablemente ético genio japonés del 54.

Finalmente, es el único que cree en la salvación de la naturaleza, en el equilibrio que un dios antiguo como Godzilla puede traer a una humanidad desesperada; aunque llega a esta conclusión después de que todo se volvió un problema serio, como último pensamiento frente a la evidencia de nuestra pequeñez humana. En eso recuerda a otro visionario que pronto se afronta a la naturaleza desbordante: el Sr. Hammond del Jurassic Park de Spielberg. Y sí hay algo en esta película que involuntariamente nos atrae hacia esa joya noventera de ciencia ficción. Tal vez involuntariamente Edwards sigue siendo, como nosotros, un viejo fanático: la película abre en una mina con científicos descubriendo algo increíble de la mano de abogados, esas tomas de helicópteros ágiles en azul encima de las selvas más espesas, los cables eléctricos para contener al primer M.U.T.O. y la cercanía de la muerte de los trabajadores en esa secuencia –“Shoot her! Shoot her!”–.

Pero en donde más nos recuerda a esa gloriosa película de dinosaurios es en la cuestión del balance natural y la irrelevancia humana. Porque el asunto, y me disculparán si me pongo ya muy jaladamente interpretativo, es que hay un equilibrio natural que se establece con la victoria de Godzilla en esta nueva película. Y esta victoria no es solitaria. Es cierto lo que dice Annalee Newltz en su muy buen artículo comparativo entre esta cinta y Pacific Rim: aquí, a diferencia de la película de Del Toro, todo gira en torno al asunto paternal. Joe Brody (Bryan Cranston) quiere recuperar a su hijo, Ford Brody (Aaron Taylor-Johnson) quiere salvar a su hijo, y Godzilla es finalmente la figura de padre que nos salva el pellejo a todos nosotros, sus hijos. La relación del personaje de Ford con la carismática criatura salvadora es más que una coincidencia. Se ayudan mutuamente en toda la secuencia de batalla, uno salva al otro distrayendo a la hembra al quemar sus huevos, el otro salva al humano arrancándole la cabeza al M.U.T.O, se desmayan juntos, se miran a los ojos… La relación es clara y es el equilibrio entre estas dos partes lo que restaura finalmente el balance de la naturaleza.

Pero ahí no acaba la cosa.

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A diferencia de la película de Del Toro, todo gira en torno al asunto paternal

Esa naturaleza que se restablece pasa por las motivaciones de los dos héroes, el humano y el dios. Y esta motivación es esencialmente la misma fuerza egoísta: Godzilla, más que salvar a los humanos quiere vengar a los suyos, acabar, desde un punto de vista instintivo, evolutivo, con los parásitos que atacaron a sus ancestros, enemigos viejos y terribles; Brody, más que salvar una ciudad de las estupideces humanas, quiere salvar a su familia, esa familia que en un último suspiro revaloriza el padre que lo abandonó. Los héroes empalman aquí la naturaleza animal con la naturaleza humana: lo único que quieren todos, tanto enemigos como salvadores, es ver sobrevivir a los suyos, preservar la especie.

En este sentido, si el guión hubiera sido más hábil en las relaciones que tejía y no se hubiera convertido en un intento acartonado de relacionar historias humanas creíbles con circunstancias cienciaficcionosas increíbles, hubiera podido tener más impacto en esta visión interesante de las motivaciones del héroe. Porque, finalmente, la película, como buen documento de cultura popular dice algo en diálogo con el viejo Serizawa de los cincuenta. Y esto es que aquí, en occidente, ahora, no existe más la visión romántica del personaje moralmente incuestionable que se sacrifica por el bien de todos.

Aquí, ahora, el héroe, ciego de motivaciones desinteresadas, procede por selección natural y salva, desde la pequeñez de su perspectiva, lo que le dicta la reina de todo: la naturaleza en su sabiduría equilibrada. El hombre ya no se enaltece, el monstruo se humaniza y nosotros quedamos bien puestos, como los animales burdos que somos. ¡Salud por Ishiro Honda y felices sesenta a Godzilla! Pero tenemos que admitir que por efecto de distancia ya no damos cachetadas con guante blanco a nuestras bestialidades humanas y, más cínicos, nos rendimos ante los héroes involuntarios.

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