El uso de drogas, principalmente alucinógenas, concibieron un ambiente de libertad y rebeldía durante los años sesenta.

Hablar de los 60 y no hablar de drogas parece algo contradictorio, pero no se acuse a la época de generar un mal en la sociedad. Al contrario, deberíamos corregir la máxima. Hablar de drogas en los años 60 y no hablar de la contracultura es obviar una época donde las sustancias psicoactivas implicaban algo más que un distractor. Eran el acceso a otro tipo de conocimientos.

Algunos escritores, como la generación beatniks, encontraron en el uso de los alucinógenos nuevas maneras de relacionarse con el mundo. A muchos, como es el caso de Allen Ginsbeg, los acercó al orientalismo. Pero esto no hubiera sido posible, ni la creación del LSD, sin las, así denominadas, plantas de poder mexicanas.

El uso de estas drogas venía acompañado de un sentimiento de libertad, justicia social y un sentido de comunidad que a la postre se fue diluyendo –tras la opresión del poder– en un marisma doloroso de decepción política que devino, posteriormente, en el consumo de drogas más duras y ad hoc con un mundo devastado y gris que terminó por suprimir los sueños de una juventud deseosa de amor y paz.

Sin embargo, el peyote, los hongos alucinógenos, las semillas de la virgen y el LSD se convirtieron en bandera de unión y pensamiento distinto. Así se vivió, más o menos, el consumo de estas drogas durante la década de los 60. Una cosa más, la marihuana no está incluida porque su consumo resultaba bastante común desde mucho antes de los años 60.

Peyote

(Hector Milla)

Se trata de una planta de uso milenario entre las culturas indígenas del norte de México y el sur de Estados Unidos. Tal vez, el ritual más famoso de todos sea el de Wirikuta, instaurado por los indios Huicholes, los cuales hacen una larga peregrinación de kilómetros y kilómetros para encontrarse con “el Venado Azul”. Ahora bien, los Huicholes llaman al peyote híkuri, que según los etnólogos es su nombre correcto, ya que peyote del nahuátl “peyotl”, significa sencillamente “planta medicinal”.

Los estudios del peyote datan de principios del siglo XX, mucho antes de que en los sesenta se consideraran como una manera de expandir la mente. Desde fines de la década de 1930 el antropólogo estadounidense Weston La Barre publicó su estudio (hoy todo un clásico en la materia) titulado The Peyote Cult.

La curiosidad por este culto llevó a más estudiosos a emprender sendas investigaciones para acabar de comprender el comportamiento de la planta y su relación ritual. Tal vez, uno de los trabajos más famosos sea toda la serie de libros de Carlos Castaneda, que se inaugura con Las Enseñanzas de don Juan. En él, Castaneda sigue a un indio yaqui que lo induce a tomar peyote. El autor relata toda la travesía de un intenso viaje alucinógeno a partir del consumo de la planta.

Posteriormente, el peyote se sintetizó y llegó a las conciencias de autores de renombre como Antonin Artaud y Aldous Huxley. Huxley tomaría un verso de William Blake para titular su obra sobre esta planta de poder como Las puertas de la percepción (a su vez, la banda The Doors tomó de ahí su nombre).

Dice Blake:

“Si las puertas de la percepción se purificaran todo se le aparecería al hombre como es”.

Este impulso por parte de Huxley, Antonin Artaud y otros escritores como Henry Michaux o la generación beatnik a crear el escenario propicio para que el boom del peyote se popularizara en los años sesenta.

Ahora bien, de la sintetización del peyote se sintetizó la mezcalina (lo sustancia que probó Huxley) y esto permitió a muchos jóvenes experimentar con la droga milenaria. Aunque rápidamente se extendió la creencia compartida, de que la mejor forma de consumirla era en su forma original y a través de un ritual. De ahí que mucha gente vaya a Real de Catorce, uno de los lugares con más peyote en el mundo, en busca de su ser espiritual.

Hasta la fecha existen acompañantes, no necesariamente indígenas, que guían a mucha gente en sesiones de peyote a descubrirse a sí mismos a través de esta droga.

Richard Evans Schultes, un famoso etnobotánico, consideró al peyote como “una fábrica de alcaloides”, porque además de la mescalina, su componente principal para producir visiones y alucinaciones, contiene más de treinta sustancias, la mayor parte de ellas psicoactivas.

Hongos alucinógenos

(Juan David Osorio B.)

El boom de los hongos alucinógenos durante los años 60 se debe a diversos factores, pero sobre todo a la presencia de la sacerdotisa María Sabina, quien en Huautla de Jimenez Oaxaca, popularizó, sin quererlo del todo, el consumo de esta planta de poder. María Sabina es legendaria, porque desde muy pequeña entablo una relación estrecha con el consumo de hongos alucinógenos y decía que estos se le habían revelado en forma de un libro blanco y con luz cuando les pidió ayuda para salvar a su hermana que estaba enferma.

La propia sacerdotisa aseguraba que cuando recibió el libro blanco en el viaje:

“[…]pasé a formar parte de los Seres principales. Si aparecen, me siento junto a ellos y tomamos cerveza o aguardiente. Me entregaron la sabiduría, la palabra perfecta: el Lenguaje de Dios. El Lenguaje hace que los moribundos vuelvan a la vida. Los enfermos recuperan la salud cuando escuchan las palabras enseñadas por los niños santos. Ellos me ayudan a curar y a hablar”.

La figura de María Sabina fue dada a conocer al público estadounidense gracias R. Gordon Wasson, quien publicó un artículo en la revista Life que se llamaba “En busca del hongo mágico”. Wasson viajó muchas veces a México en busca de Sabina, y enviaba una gran cantidad de hongos para su estudio en Suiza. Ahí, Albert Hoffman, consiguió identificar los hongos mexicanos botánicamente.

En 1956, el periódico Excélsior publicó en su página editorial que Wasson había “descubierto” las propiedades de los hongos con ayuda de Hofmann. Este fue sólo el inicio. Muchos jóvenes estadounidenses entusiastas de la marihuana viajaron a Huatla en busca de hongos alucinógenos. Y es que, en México las drogas eran baratísimas.

Dice el escritor contracultural José Agustín:

“En realidad, México se hallaba en el circuito beatnik, así es que resultó normal que muchos macizos se desplazaran al sur de la frontera; no sólo contaba la atracción física y mítica del país, sino el hecho de que aquí estaban los hongos, el peyote, las semillas de la virgen y, especialmente, excelente y baratísima mariguana (en 1966 se podía comprar un kilo de dorada sin semilla por doscientos cincuenta pesos, veinte dólares, y un viaje de hongos costaba veinticinco, o sea, dos dolarucos)”.

En Huautla había principalmente tres clases de hongos conocidos como derrumbe, sanisidro y pajaritos, aunque las especies que se clasificaron en territorio mexicano fueron más: psylocibe mexicana, p. aztecorum, p. zapotecorum, p. caerulescens, p. yugenscis, p. mixeensis, p. hoogshageni, p. muliercula, o panaeolus campanulatus o sphinctrinus o stropharia cubensis; y todos aparecen en épocas de lluvia entre Oaxaca y Chiapas.

En fin, que, para 1962 –según Álvaro Estrada– biógrafo de María Sabina, los “jipis” llegaron a Huautla. Pero, lejos de seguir al pie de la letra los rituales, se dedicaron a vivir en comunas y comer hongos a deshoras. Al poco tiempo, también los jóvenes mexicanos llegaron al pueblo. Y todo era un festín de amor y paz. Hasta que, en 1966, un periodista de Excélsior escribió dos reportajes sobre Huautla de Jiménez, donde informaba de la presencia de gente viciosa, inútil, deprimente e inmoral. Al poco tiempo, otro periodista del mismo medio reportó que había una “invasión de beatniks en Oaxaca”. Incluso, el caricaturista Abel Quezada, criticó a los hippies en sus cartones.

El gobierno mexicano represor no tardó en tratar de poner las cosas en orden, por lo que, en septiembre de 1967, deportó a los jóvenes norteamericanos y encarceló a los mexicanos. Desde ese momento, los agentes de la Policía Judicial Federal se instalaron en la sierra y durante 1968 y 1969 patrullaron la zona, para arrestar a los “melenudos” que seguían subiendo cada vez, por rutas distintas.

Semillas de la Virgen

( John Eddowes)

Tal vez se trate de una droga poco conocida actualmente, pero el ololiuhqui, también conocidas como semillas de la virgen por su forma pequeña y redonda, es una droga ancestral que crece silvestre en las barrancas de los estados de Oaxaca, Morelos, México, Guerrero, Puebla, Hidalgo y Tlaxcala. Estas plantas eran utilizadas por culturas como la mexica, y su efecto era tan potente que las culturas que lo consumían la consideraban como un dios.

El mismo Wasson fue quien mandó 12 kg en los años sesenta de semillas de la virgen a Suiza para que Albert Hoffman las analizara. Los resultados fueron contundentes e impactantes para la comunidad científica. Hoffman descubrió que la sustancia activa de las semillas de la virgen era muy parecida a la del cornezuelo del centeno, el hongo que le permitió descubrir con anterioridad el LSD.

En México se popularizó su consumo durante los gruesos años 60 y, según Wasson, la forma en la que la consumían nuestros antepasados era así:

“Los indios muelen las semillas en un metate hasta que las reducen a una harina. Luego, esta harina se empapa en agua fría y después de un breve momento el líquido es pasado por un trapo colador, y se bebe.”

LSD

La ciencia confirma que consumir LSD puede producir un estado superior de consciencia
(Jonathan Zegarra)

Tal vez el ácido, junto con el éxtasis, sea la droga alucinógena más popularizada alrededor del globo. Esto se debe, entre otras cosas, por la influencia da la llamada psicodelia. Sobre su origen el mismo José Agustín nos cuenta:

“En 1938, los doctores Albert Hofmann y W. A. Kroll, de los Laboratorios Sandoz de Basilea, Suiza, investigaban los alcaloides del cornezuelo del centeno, un parásito (técnicamente se trata de la esclerosis del hongo claviceps purpurea) que ataca la espiga del centeno hasta formar unas puntas largas y oscuras que componen el cornezuelo. Estos estudios constituían una fuente de prestigio en Sandoz, ya que de ellos habían obtenido varias drogas útiles en la medicina interna, la neurología y la siquiatría. Fue así como Hofmann y Kroll descubrieron la dietilamida del ácido lisérgico; como era el vigésimo quinto compuesto que se sintetizaba de ese ácido le llamaron LSD-25”.

Existen cientos de historias famosas relacionadas con el LSD, como que Jimi Hendrix colocaba un ácido en su frente y se envolvía su cinta en la cabeza para tocar y, mientras sudaba, la droga se iba disolviendo. O los viajes de los Merry Pranksters a cargo de Ken Kesey, quien escribiera una de las novelas más emblemáticas de la época: Alguien voló sobre el nido del cuco.

También existen los experimentos más serios por parte de Timothy Leary, quien luego de probar los hongos en Cuernavaca quedó prendado de los efectos de la droga y se interesó en buscarle aplicaciones científicas. Las sesiones de Leary con sus pacientes son un clásico de la historia del LSD y muchos aseguran haber vivido un cambio espiritual luego de probarlo.

En México el consumo de todas estas drogas se extendió muy fuerte durante los años 60 entre los “jipitecas” (hippies-aztecas), de los cuales José Agustín nos ofrece todo un fresco de su forma de vida y la relación con las drogas en su libro La contracultura en México:

“Los jipitecas eran perfectamente conscientes de su rechazo al sistema y algunos de ellos también creían que podían cambiarlo a través de los alucinógenos (el lugar común: vaciar LSD en los grandes depósitos de agua de las ciudades). En tanto, había que vivir de algo. Algunos eran artistas, pintores y músicos sobre todo. Otros hacían artesanías. Unos más jipeaban a gusto con dinero que aún les daba papito. Por supuesto, había profesionistas jóvenes. Otros tenían oficios: eran mecánicos, sastres, técnicos de electrónica. O empleados. Hasta sobrecargos de aviación. Todos ejercían sus habilidades en medio de los viajes y el rocanrol”.

Pero, los sesentas no sólo fueron drogas. También fue tiempo de movimientos sociales, políticos y culturales. El más importante de ellos en México fue el movimiento del 68, si quieres conocer más del tema puedes ver aquí la cronología del 68.

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