Ya lo dijo Douglas Adams: no es buena idea salir de casa sin una toalla.

¿Qué traía entre las húmedas manos el inventor de la toalla cuando la creó? ¿Sabría (él o ella) lo que estaba a punto de darle al mundo o sólo se limitó a reproducir una idea que llevaba ya siglos gestándose en el Universo? Porque sí, hay que ser claros que cuando la toalla fue creada en realidad ya llevaba muchos años existiendo.

Ejemplos de esto que les digo hay muchos. Cuando los romanos crearon las toallas (como ahora las conocemos) en el siglo II, los europeos llevaban siglos secándose con unos finos pedazos de tela a los que llamaban tualia; mientras que en la India y países árabes se usaba la foutah que no sólo les servía para secarse, también la usaban para vestir y de acuerdo a su posición en el cuerpo era el nombre que recibía.

Por ejemplo, si la foutah se sujetaba al nivel de los hombros se llamaba khlal; si estaba sujeta a la cintura se llamaba chamla y se usaba, principalmente, para el trabajo en el campo. También había una foutah blanca bordada con colores vivos se usaba para recibir a las visitas.

Las toallas han sido tan, pero tan importantes en la historia de la humanidad que prácticamente nadie las notó. Así fue que hasta que a finales del siglo XIX las reglas de sanidad de Estados Unidos obligaron a los hoteles a cambiar las toallas que ofrecían a los huéspedes todos los días.

El uso de la toalla se remonta a civilizaciones muy antiguas.

Otra cosa interesante sobre las toallas es que son una constante en todos los planetas habitados en el Universo. Esto es verdad, es un hecho (casi) comprobado de que todas las culturas del cosmos tienen su propia versión de las toallas y esto se debe precisamente a su utilidad.

Sólo un ser vivo de poca imaginación podría usar la toalla únicamente para secarse el cuerpo húmedo. Se sabe que puede ser usada para cubrir la desnudez, como colcha, mantel, sombrilla, capa, calzón, turbante, vestido de gala (si es una toalla muy bonita), gabardina (si es una toalla muy usada) o bufanda. En la playa, por ejemplo, poner tu toalla sobre un asiento o espacio de arena delimita claramente tu propiedad.

El valor de las toallas es tan grande que ya es considerada por algunas de las civilizaciones más encumbradas del cosmos como una de las tres constantes del Universo, junto a los conceptos universales de caos y norte.

Esto no es poca cosa, porque el espacio sideral es muy grande; tanto que la mente humana simplemente se niega a creer “lo enorme, lo inmensa, lo pasmosamente grande que es”. Su tamaño es tan apabullante que sólo hay un consejo que se le puede dar a alguien que está dispuesto a pensar en ello: ¡NO SE ASUSTE!

La notable y distinguida La Guía del Autoestopista Galáctico (The Hitchhiker’s Guide to the Galaxy), el libro más vendido del Universo, señala con respecto a las toallas lo siguiente:

“Dice que una toalla es el objeto de mayor utilidad que puede poseer un autoestopista interestelar. En parte, tiene un gran valor práctico: uno puede envolverse en ella para calentarse mientras viaja por las lunas frías de Jaglan Beta; se puede tumbar uno en ellas en las refulgentes playas de arena marmórea de Santraginus V, mientras aspira los vapores del mar embriagador; se puede uno tapar con ella mientras duerme uno bajo las estrellas que arrojan un brillo tan purpúreo sobre el desierto de Kakrafun”.

En otro apartado, la Guía del Autoestopista Galáctico enumera las virtudes de las toallas como herramienta para la supervivencia:

“Se puede usar como vela en una balsa diminuta para navegar por lo profundo y lento del río Moth; mojada se puede emplear en la lucha cuerpo a cuerpo; envuelta alrededor de la cabeza sirve para protegerse de las emanaciones nocivas o para evitar la mirada de la Voraz Bestia Vugblatter de Traal (animal sorprendentemente estúpido, supone que si uno no puede verlo él tampoco lo ve a uno; es tonto como un cepillo, pero voraz muy voraz); se puede agitar la toalla en situaciones de peligro como señal de emergencia y, por supuesto , se puede secar uno con ella si es que aún está suficientemente limpia”.

Finalmente, también comenta sobre sus cualidades como motor de la aventura:

“Y lo que es más importante: una toalla tiene un enorme valor psicológico. Por alguna razón, si un estraj (estraj: no autoestopista) descubre que un autoestopista lleva su toalla consigo, automáticamente supondrá que también está en posesión de cepillo de dientes, toallita para lavarse la cara, jabón, lata de galletas, frasca, brújula, mapa, rollo de cordel, rociador contra los mosquitos, ropa de lluvia, traje espacial, etc. Además, el estraj prestará con mucho gusto al autoestopista cualquiera de dichos artículos o una docena más que el autoestopista haya ‘perdido’ por accidente. Lo que el estraj pensará, es que cualquier hombre que haga autoestop a todo lo largo y ancho de la galaxia, pasando calamidades, divirtiéndose en los barrios bajos, luchando contra adversidades tremendas, saliendo sano y salvo de todo ello, y sabiendo todavía dónde está su toalla, es sin duda un hombre a tener en cuenta”.

En la actualidad, la importancia de las toallas en el planeta Tierra es tal que se le dice “tirar la toalla” al hecho de darse por vencido, de no dar más, de estar derrotado; de tomar la decisión de convertirse en nada, en un ser inferior, en un papanatas sin futuro que los demás puedan humillar a su antojo.

Las toallas también tienen un gran valor como herramienta para la supervivencia.

Como objeto de valor, en la Tierra las toallas están por encima de los equipos eléctricos y el oro entre los huéspedes de hoteles en todo el mundo. El dinero que gastan los hoteles en reponer estos objetos es tan grande que, por ejemplo, en 2011 una empresa con sede en Miami patentó un chip lavable con identificación por radiofrecuencia (RFID) que se podían cocer a las toallas, para que cuando fueran robadas se activara una alarma. Hoteles de Honolulu, Manhattan y Miami que usaron este sistema ahorraron hasta 15 mil dólares en pérdidas (cada uno).

En el deporte no es diferente. En 2016 el All England Tennis Club (en donde se desarrolla el torneo de Wimbledon) reportó que sólo el 20% de las más de 6 mil toallas que usaron los jugadores fueron devueltas. En su mayoría se las llevaron para regalarlas a los amigos o meterlas en sus colecciones privadas de toallas.

En resumen, no importa si eres un árabe con turbante que sostiene enérgicamente una cimitarra en el aire, una obrera con un paliacate en la cabeza lista para sacar al país adelante o un turista tomando el sol sobre la playa; Douglas Adams, autor de Guía del Autoestopista Galáctico, tenía razón: no es buena idea salir de casa sin una toalla y por eso hoy (y todos los días honramos su memoria) y le damos gracias por el pescado.

temas