La Casa de las Flores tiene todos los clichés de las telenovelas mexicanas… pero eso no es necesariamente malo.

Imagen promocional de La Casa de las Flores

(Netflix)

Una de las cosas que más me impactó en la vida fue cuando me di cuenta de que Grey’s Anatomy era una telenovela. Un día prendí el televisor, vi que comenzaba una nueva serie, la empecé a ver y después de un par de capítulos me dije: “¡Pasó! ¡Estoy viendo una telenovela!”

Y es que mi repulsión hacia las telenovelas había comenzado desde muy pequeño. Mi casa era una casa de intelectuales y teníamos dos cosas prohibidas: el futbol y las telenovelas. Quizá eran un par de prejuicios bastante tontos (¿qué prejuicio no lo es?) pero eran las reglas con las que me criaron: “La telenovelas y el futbol enajenan a la sociedad mexicana, por lo tanto, tú no los puedes ver” (no saben la superioridad moral en la que uno se pone cuando ignora a propósito lo que la mayoría consume. Pero ¿no es esto igual de dañino que ser un consumidor cegado por su fanatismo?, ¿no debería haber, más bien, una socialización adecuada de lo que está sucediendo?).

En el ámbito cultural, muchos intelectuales han hecho una apología del futbol. No hace falta que me expliquen que Galeano o Villoro han escrito textos en los que narran las maravillas que pasan en y alrededor de ese espectáculo deportivo. Aunque, por otro lado, el futbol también es un drama. Cuando comencé a acercarme a ver el consumo de ese espectáculo me di cuenta de varias cosas, por ejemplo, que los equipos funcionan como entidades que tienen una historia y que tienen retos, caídas, pérdidas, ganancias, celebraciones, fracasos y así mismo pasa con la historia de los jugadores (todo esto en el marco de valores como “la pasión” o “el sacrificio”). Cada partido se consume un nuevo capítulo de lo que está pasando en todas estas historias y la gente celebra o llora el desenlace (misma circunstancia que se repite cada vez que se vuelve a jugar). El caso de las telenovelas es parecido, aunque su funcionamiento social es bastante más evidente, sobre todo porque las telenovelas apelan abiertamente a la réplica de los estereotipos sociales y representan los intereses socio-culturales de una clase.

El drama mexicano

(Netflix)

Hace algunos años, México era La Meca de las telenovelas y Verónica Castro era la reina del melodrama (Rosa Salvaje fue un éxito mundial). Es por eso que no se me hizo una locura que Netflix recurriera a ella al momento de lanzar lo que podría ser uno de sus productos más abiertamente “telenovelezcos” (Luis Miguel: La Serie era una telenovela en sí, pero por lo menos se ocultaba en el velo de la “autobiografía” oficial).

La Casa de Las Flores es el epítome del drama mexicano, en media hora que dura cada uno de los 13 capítulos, los personajes se enfrentan a uno y otro retos personales y familiares que, enmarcados en el teatro de las apariencias y el “qué dirán”, hacen que el espectador vea con un franco morbo la manera en que resolverán o terminarán los muchísimos problemas que se van presentando (muy a la manera de Ana Karenina de Tolstói o de La Casa de Bernarda Alba de  García Lorca o, incluso de El Color Prohibido de Mishima, escritores que adoraban jugar con los papeles femeninos, las convenciones sociales… y el drama).

La serie es un verdadero dramón, pero uno muy entretenido. El secreto de su éxito tal vez radique en el sentido del humor de Manolo Caro, mismo que es muy específico, pues le encanta jugar con las tensiones y las situaciones que mi madre calificaría como “muy vaciadas”. Utiliza las situaciones más solemnes o dramáticas y le da un pequeño giro con acciones que contrastan y hasta terminan en pequeñas catarsis del espectador, quien se siente un poco liberado de ese juego de cargas al que está sometido en esos 30 minutos de narración. Este sentido del humor hace que el espectador este divertido permanentemente, aunque es muy raro que se dispare una carcajada (cosa que sí pasa).

Tal vez uno de sus grandes aciertos sea el gran abanico de personajes que utiliza: hombres y mujeres jóvenes, menores y de la tercera edad, madres y padres de familia, dragas, transexuales, bisexuales, señoras conservadoras de la alta sociedad, empresarios, etcétera. Aunque vale la pena observar que, si bien, Caro rompe con muchos estereotipos, ya que los tabúes morales son trastocados y las hipocresías de la alta sociedad son exhibidas, no lo son así el clasi-racismo mexicano (tema que se ve obviado en toda la serie).

(Netflix)

Los personajes femeninos fuertes son uno de sus grandes atractivos y esto se ve aderezado con los muchos statements que van disparando, algunos de ellos muestran una sociedad que ha digerido ciertos temas que en México eran impensables que pudieran ser tomados tan “a la ligera” (esto es un gran acierto porque no se termina con la retórica del regaño moralizante, sino que muestra situaciones explotables que pueden enriquecer el drama). Por otro lado, el fan-service constante para el público que gusta de los cuerpos masculinos es algo llamativo (no es que me queje, sólo digo que es algo que es imposible no notar).

Por otro lado, es interesante cómo una telenovela vuelve a ser competitiva en un mundo que se veía dominado por la oferta de dramas turcos y coreanos (sociedades que, justamente, antes eran ávidas consumidoras de dramas mexicanos). Tal vez lo más llamativo de ella no sea solamente el regreso de Verónica Castro (mujer que hace uso de sus varios dotes para la sobreactuación, que son la cereza en el pastel de varias escenas) sino el personaje de Cecilia Suárez, quien no sólo se hace entrañable por su bien logrado y muy marcado acento de mujer fresa de Polanco adicta a los calmantes, sino por la fuerza y el carácter de su personaje.

A estas alturas, parece evidente mi agrado por el “culebrón” que me acabo de echar, uno que se antoja ligero por la poca duración de cada capítulo, pero que en ese breve lapso de tiempo condensa una serie de situaciones que podrían rayar en lo ridículo (y lo sumamente entretenido).

Si les agradan los dramas “de las apariencias” (muy Desperate Housewives), esta serie les va a gustar, si no, ya me los imagino como Hal en el capítulo de Malcolm in the Middle en el que se queda picado con una telenovela mexicana.

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