George Orwell es uno de los más importantes escritores en lengua inglesa en el siglo XX, y autor de la distopía futurista que ha estremecido a millones de lectores en todo el mundo: 1984.

Nacido en 1903, la educación y la sensibilidad literaria de George Orwell aún pertenecían al siglo XIX. Era un escritor de antaño atrapado en un presente convulsionado por las Guerras Mundiales. Asiste atónito al desarrollo del fascismo, a la perversión del socialismo en Rusia y al imperialismo británico. Quizá por eso en él se conjuga la urgencia política con una intención estética irrenunciable. A raíz de todo esto nos dejó una escritura temblorosa, sagaz y cruel; pero en última instancia esperanzadora, preventiva en cierto sentido.

Un vistazo rápido a su biografía nos proyecta una imagen del escritor envuelto en un presente tortuoso y alienante que lo convulsiona. El Orwell de juventud era un policía en Birmania que no pudo soportar las vejaciones que el imperialismo exigía. El Orwell periodista dejó la pluma para unirse al ejército en defensa de Cataluña durante la Guerra Civil Española. El Orwell ensayista escribía que “el lenguaje político está diseñado para hacer que las mentiras suenen verdaderas y el asesinato, respetable”, mientras en territorio británico caían las bombas de Hitler.

Recordar a Orwell es traer a la memoria algunos de los pasajes más dolorosos de la historia reciente, pero no sólo eso. Más allá de las nostalgias por un hombre notable, releer a Orwell significa actualizar su mensaje urgente, el de un mundo en decadencia en donde las libertades y el lenguaje nos han sido arrebatados, en donde la vigilancia nos rodea de manera cotidiana y los vínculos sociales son inmediatamente interpretados como “peligrosos”. Para no olvidar su mensaje, aquí te dejamos tres libros imprescindibles de George Orwell.

1984

Ilustración de Abner Dean de 1984, Anton Raath
Ilustración de Abner Dean de 1984 (por: Anton Raath)

Escrita poco antes de la prematura muerte del autor, 1984 pertenece a la llamada trilogía distópica de ciencia ficción (complementada por Un mundo feliz de Aldous Huxley y Fahrenheit 451 de Ray Bradbury); y quizá sea la muestra más cruda y políticamente acertada de las tres.

La novela trata de la vida de Winston Smith dentro del régimen totalitario del Ingsoc (Socialismo Inglés). El control que el régimen tiene sobre sus ciudadanos es mayúsculo: conocen todos sus movimientos y se esfuerzan por promover la autocensura y la manipulación del pensamiento.

Inspirada por el régimen stalinista en la URSS, 1984 se ha convertido en una crítica salvaje a todo el Estado moderno y sus contradicciones. De manera que pone en evidencia el absurdo de un régimen construido sobre la ignorancia, que señala a un enemigo externo para disimular sus propias crueldades (¿les suena el islamismo o “el narco”?) y que promueve “entretenimientos” que limitan el pensamiento libre de los ciudadanos.

“El poder no es un medio, es un fin. No se establece una dictadura para salvaguardar una revolución, se hace una revolución con el fin de establecer una dictadura. El objetivo de la persecución es la persecución. El objetivo de la tortura es la tortura. El objetivo del poder es el poder”

Las inmensas resonancias de la novela en el Estado moderno muestran que la crítica de Orwell sobrepasa la coyuntura de la Unión Soviética. En su tiempo, 1984 era una advertencia, hoy es una realidad palpable en líneas generales. Continuamente vigilados, con un lenguaje “de liberación” robado por las élites políticas y empresariales y que ha sido completamente vaciado de sentido, y constantemente bombardeados por mensajes publicitarios y políticos que nos impelen a “pensar menos y actuar más”; es imposible no identificarnos con Winston Smith, al menos hasta cierto punto.

El final de la novela resulta particularmente doloroso y parece cargado de un mensaje desesperanzador. Pero al colocar el relato en el futuro, Orwell trata de disuadirnos de llegar a él. En cierta forma, algunos de los sucesos más crueles descritos en 1984 ya están pasando. La lectura de la novela nos coloca en una encrucijada difícil de eludir, ¿cómo le hacemos para no terminar igual, para no vivir la misma tragedia que viven los protagonistas?, ¿cómo damos vuelta al timón y nos deshacemos de los vicios del poder político actual?

Rebelión en la granja

"Cualquiera que tenga el poder será un dueño igual de cruel e inequitativo", Foto: Wikimedia Commons
“Cualquiera que tenga el poder será un dueño igual de cruel e inequitativo” (foto: Wikimedia Commons)

Una de las traiciones más palpables de Stalin y la URSS al socialismo internacional se produjo cuando firmó el pacto Ribbentrop-Mólotov con Hitler. Con ello aseguraba que no atacaría al régimen fascista alemán durante la guerra. Este pacto fue un golpe brutal para el Socialismo y particularmente para George Orwell, quien siempre se consideró “socialista-demócrata”.

Rebelión en la granja es una fábula inspirada por la locura de Stalin y la corrupción de su régimen. En líneas generales, representa lo ocurrido desde la Revolución Rusa hasta mediados de siglo; todo ello bajo la apariencia de un grupo de animales de granja que vivían bajo la opresión de su amo humano. Una vez que los animales expulsan a los humanos, los cerdos se colocan a sí mismos como una nueva élite, que termina por corromperse y torturar a sus gobernados igual o peor de como lo hacía el granjero.

La referencia a Stalin es clara, pero al ubicar el relato en una granja de animales, Orwell da un paso más allá. Su fábula rebasa la figura del propio tirano ruso y se enfrenta a toda forma de poder. Parece preguntarse, ¿qué ocurre con el Poder moderno?, ¿es siempre corruptible, siempre enloquece? La reflexión respecto al poder y a sus efectos incluso si nace de las causas más nobles enlaza esta novela con 1984.

“El humano es la única criatura que consume sin producir. Él no da leche, no da huevos, es demasiado débil como para empujar el arado, no es lo suficientemente rápido como para atrapar conejos. Y aún así es el señor de todos los animales. Él les asigna el trabajo, les regresa apenas lo mínimo indispensable para que no se mueran de hambre y el resto lo guarda para sí mismo”

En esta cita los animales se arengan unos a otros para desatar la rebelión en contra de su dueño humano. Bajo le referencia rusa, Orwell alude a la aristocracia zarista de principios de siglo XX, pero en un sentido más amplio se refiere a todos los dueños de los medios de producción. Incluso ahora, los dueños del dinero en México y el mundo no representan necesariamente una élite, no son mejores que sus trabajadores, incluso son capaces de hacer menos cosas. ¿Por qué, entonces, son los dueños?

Bandera de Animal Farm, inspirada por la bandera de la Unión Soviética, Wikimedia Commons
Bandera de Animal Farm, inspirada por la bandera de la Unión Soviética (imagen: Wikimedia Commons)

La respuesta es a la vez cruel y desalentadora. Son los dueños porque tienen el poder. De manera que cualquiera que tenga el poder será un dueño igual de cruel e inequitativo. Como sea, esta novela sugiere que mientras halla una clase dominante (digámosle “aristocracia”, “partido”, “gobierno” o “empresarios”) la desigualdad y la corrupción estarán presentes; pues el poder se solaza en sí mismo y su único objetivo es perdurar. Esta claro, entonces, que no podría perdurar si no perpetúa las desigualdades sociales.

Una vez más, Orwell pone el dedo en la llaga purulenta del Estado Moderno. ¿Cómo esperar un resultado democrático de un Estado y una cúpula empresarial que acumulan poder por el poder mismo? De manera que lo natural es esperar que un partido político pretenda mantenerse en el poder a cualquier costo, así sea mediante la represión o el miedo generado por una “guerra contra el narco”.

Con Rebelión en la granja, el autor desnuda la estructura básica del poder en el siglo XX y bajo esa mirada podemos entender el nazismo de Hitler, el socialismo de Stalin o cualquier otro estado represor contemporáneo; incluso aquellos que usan una máscara de “democracia”. Así pone sobre la mesa una cuestión que el siglo XX no resolvió: ¿cómo organizar un poder político que se mantenga sin la obsesión de perpetuarse?, ¿cómo construir un grupo dominante sin que la sociedad se construya sobre la desigualdad?

Ensayos

Big-Brother
Póster vintage: “Big Brother is Watching You”

El ensayo es quizá el género más proclive a fallar. Firmemente anclado en su tiempo, asume la tarea imposible de conmover a la humanidad que lo rodea y al mismo tiempo permanecer y convencer al futuro. Por ello, requiere de una dimensión poética, una forma de decir las cosas capaz de generar sentido para el lector presente y el que está por venir.

Los escritos ensayísticos de George Orwell conjugan su talento literario con su oficio de periodista. En ellos hace claras sus obsesiones y muestra al pensador envuelto en el oficio literario. Los temas que aparecen en sus novelas son aquí largamente comentados por el autor sin necesidad de crear un ambiente de ficción. En este rasgo está su mayor virtud y sus límites más acusados.

El Orwell ensayista es casi tan brillante como el Orwell narrador. En ambos casos su talento y su capacidad literaria son palpables. Cada uno de sus ensayos nos muestran a un Orwell más cercano a su presente, nos enseña sus reacciones más inmediatas ante los acontecimientos que lo rodean. Ahí podemos percibir su rabia, su miedo, incluso sus ilusiones más sincera.

Al mismo tiempo, vemos sus errores de juicio, sus predicciones erradas y los procesos mentales que resultaron ser desilusiones. Los ensayos pertenecen a una época anterior a las novelas comentadas. En ellos podemos ver el proceso que llevó al autor a escribir esos crudos relatos, el desaliento que lo hizo escéptico respeto al futuro y las ideas que lo llevaron a un callejón intelectual. Sin embargo, su compromiso social y su franqueza son evidentes. Se nos muestra falible, sí, pero también propositivo, intelectualmente inquieto y profundamente conmovido por los sucesos que le tocó vivir.

Pared de un complejo industrial en Donetsk, Ucrania, Wikimedia Commons
Pared de un complejo industrial en Donetsk, Ucrania, Wikimedia Commons

En el ensayo titulado El león y el unicornio: Socialismo y genio inglés se le puede reclamar a Orwell su ferviente creencia en que la incorruptibilidad y representatividad del Estado Socialista (al menos al momento de ser escrito), o la falible visión del presente que vive (junto con juicios absolutos como el de “o Inglaterra se hace Socialista o muere”); pero aún queda la estela de esperanza que siempre latió en él. Junto a su crítica a Inglaterra (a ratos cruel, aunque siempre sagaz) perdura el conmovedor cierre de su ensayo: “Creo en Inglaterra, y creo que debemos ir hacia adelante”.

La política y el idioma inglés abre como una defensa al lenguaje de raigambre decimonónica. Es decir, pretende prevenir a sus lectores contra “la corrupción del idioma”. No obstante, a la mitad Orwell nos sorprende con un giro político: el lenguaje usado mecánicamente acepta y normaliza los horrores que la política pretende disimular. En el siglo del totalitarismo, las Guerras Mundiales y la Guerra Fría, no podemos adoptar una visión ingenua del lenguaje. Siempre hay una política detrás de las expresiones que usamos. Bajo su mirada, lo “políticamente correcto” y la “diplomacia” se convierten en sumisión:

“El lenguaje político está diseñado para hacer que las mentiras suenen verdaderas y el asesinato, respetable; y para dar una apariencia de solidez a lo que no es sino puro aire”

Aunque pensado desde la posición de Inglaterra frente al Fascismo, estas advertencias resuenan con poderío frente a una realidad de desapariciones forzadas, ataques terroristas y guerras devastadoras que han dejado a su paso millones de muertos. Orwell nos previene contra las explicaciones y las justificaciones de tales atrocidades. El lenguaje que usamos diariamente, no puede permanecer sumiso ante tal persepectiva.

En otro célebre ensayo, Por qué escribo, Orwell hace un recuento de sus motivaciones infantiles para dedicarse al oficio de escritor. Al mismo tiempo, considera que toda escritura literaria tiene en su seno una dimensión eminentemente social y económica: “la opinión de que el arte no tiene nada que ver con la política es en sí misma una postura política”. Fiel a su cruel franqueza, concibe al escritor como un ser perezoso y ególatra, que al mismo tiempo está sujeto a tensiones artísticas y políticas que delinean su labor. Ante tal perspectiva, puede adoptar una postura ingenua o crítica, pero no puede escapar de asumir una posición.

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Hoy recordamos que hace 65 años falleció uno de los escritores más importantes de nuestro accidentado siglo XX. Pero más importante aún, recordamos que su mensaje político palpita aún en nuestro presente; que sus posturas frente al Estado Moderno, la censura, la autocensura y la complacencia siguen siendo materias dolorosas para una humanidad sufriente.

Mural de George Orwell en Southwold Pier, por Pure Evil, Geograph
Mural de George Orwell en Southwold Pier, por Pure Evil, Geograph

Leer a Orwell en el 2015 sigue provocando dolor y rabia. En sí mismo conforma un ejemplo de sinceridad a todo trance y de compromiso intelectual. Gracias a ello pudo legarnos una obra viva que tiene mucho qué decir ante el estado actual de las cosas. El año de 1984 ha quedado atrás, pero los fantasmas que construyen su novela siguen rondando a nuestra sociedad y deben ser señalados hoy más que nunca, con el mismo sentido de urgencia con que fue escrita.

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