Entrenamiento box cronica

Practiqué boxeo durante dos horas y me ayudó a entender un par de cosas de la vida.

Son las ocho de la mañana en la Ciudad de México, el sol se cuela por los pequeños espacios que las cortinas ceden a la luz e iluminan el cuerpo amodorrado de una mujer que duerme a mi lado, cambia de posición y me abraza. Llevo largo tiempo despierto mirando su cabello rojo. Por desgracia, mi reloj biológico identifica a los primeros aviones que empiezan a sobrevolar la Benito Juárez desde la madrugada, provocando que me despierte al primer atisbo sonoro de una turbina. A veces, me acurruco y le concedo a mi procrastinación unos minutos más. Sin embargo, en esta ocasión no lo hago. Me quedo despierto pensando en un libro de Alberto Salcedo Ramos, El Oro y la Oscuridad, una obra de periodismo narrativo que cuenta la gloria y la tragedia del boxeador colombiano Antonio Cervantes Reyes, mejor conocido como Kid Pambelé.

En la contraportada del libro puede leerse: “En cierta ocasión el escritor Gabriel García Márquez fue recibido en una reunión de colombianos en Madrid, con la siguiente exclamación: ¡Acaba de llegar el hombre más importante de Colombia! Entonces García Márquez, moviendo la cabeza de forma teatral, como buscando a alguien en el recinto respondió: ¿Dónde está Pambelé?”.

Pensaba en la locura de Pambelé, pensaba también en que Julio César Chávez fue la esperanza de México y en cómo el gobierno y el PRI (que en ese entonces eran lo mismo) lo utilizó de propaganda. Pensaba en su relación con el narco y la cocaína. Pensaba en la crónica de “Alí en la Habana” de Gay Talese; también en Little Mac, el protagonista de Punch Out!; en la ocasión en que Mike Tyson le arrancó la oreja a Evander Holyfield. Pensaba en El Santo y el Mantequilla Nápoles en La Venganza de La Llorona; en la importancia que el box tiene en México, en la primera vez que vi boxear a Manny Pacquiao. No pensé en Rocky Balboa. Pensaba en que siempre había querido boxear, aunque sea una vez, aunque no tuviera que subirme al ring, sólo quería tener la oportunidad de ponerme los guantes, golpear un saco profesional, las peras, subirme a un ring, hacer un poco de boxeo de sombra. Y por fin se había dado la oportunidad.

Clínica de Box

Ignoro completamente si el término existía antes, o es algo que se puso de moda después de la healthy wave que inició a finales de la década del 2000 y que, día a día, se consolida más en la mente de las personas. Me refiero a esa manera que tiene la publicidad, y los grandes sistemas de pensamiento neoliberal, para hacer de la salud un producto comercial. Pero lejos de ahondar en detalles ideológicos, remontémonos a los hechos. Diamond Films, la distribuidora de cine, y la agencia Gravity 3 organizaron un evento para promocionar la nueva película protagonizada por Mark Wahlberg, 22 Mile (Milla 22: El Escape). Se trataba de una “Clínica de box”, en otras palabras, un entrenamiento gratuito de dos horas para conocer los movimientos básicos del boxeo.

Quise ser el Iron Fist, tomé una clase de Kung Fu y esto fue lo que pasó

Cuando la invitación llegó a la redacción de Código Espagueti, los insignes miembros de este equipo de chambeadores, no dudaron un instante en mandarme a mí a ponerme los guantes. No porque fuera el más apto, el más ágil o un peleador consagrado, si no por mi facilidad innata de ponerme en ridículo. No es la primera vez que me atrevo a practicar algo fallidamente y lo cuento.

El sol despuntaba y la luz se colaba por la habitación. Ya eran pasadas las ocho de la mañana cuando me levanté de la cama y la mujer que estaba a mi lado me dijo.

–¿Ya vas a la clínica de box?
–Ya, es mi momento de brillar en el cuadrilátero.
–Que no te peguen muy duro, luego esos entrenamientos son bien rudos.

Traté de aparentar serenidad. Metí una playera sin mangas a mi mochila, un short y emprendí camino. No había desayunado. Así que en el camino, pensé “¿Qué comen los boxeadores mexicanos antes de entrenar?”, obviamente no son Twinkis para subir de peso y alcanzar el gramaje que les falta antes de la pelea. Tacos, la respuesta era tacos. Me repetía a mí mismo, sólo hay una forma de afrontar el reto por venir. Encontré un carrito que vendía tacos de cabeza. Pedí tres que disfruté muchísimo. Un tipo, que estaba junto a mí, platicaba con el taquero. Tenía el clásico acento norteño que todo lo hace parecer más grande e importante de lo que es en realidad. “Yo con hambre, hambre me como unos 15 de estos”, le decía al taquero. “Allá, de donde soy, esto no es nada” y tal vez sea cierto, tal vez no sean nada, pero para un boxeador retirado antes de boxear como yo, significaron mucho.

El resto del trayecto me dediqué a buscar un puesto que vendiera chicles, pero fue inútil. Me dio mucha pena llegar al entrenamiento apestando a tacos de cabeza, pero no hubo de otra. Llegué al lugar de encuentro. La gente que iba de otros medios llegó preparada, con ropa deportiva, todos parecían practicar algún deporte. En ese momento, entendí con cabalidad que se trataría de un entrenamiento integral de box, entonces me arrepentí profundamente de haber comido tacos. Pero ya era tarde, me encontraba en el tercer piso de un edificio ubicado en Chilpancingo 164. Ese lugar dentro de poco será un gimnasio de boxeo llamado Himante. Los Himantes eran los guantes que se utilizaban en la antigua Grecia para practicar el pugilismo. Un nombre poderoso, sin duda, pero de momento sólo se trataba de un piso en ciernes de convertirse en un gimnasio.

Estuvimos esperando un rato, en lo que terminaban de acondicionar el lugar. Después de aproximadamente 10 o 15 minutos, entramos. Peras, costales y un ring decoraban el lugar. También había un espejo y un reloj eléctrico que estaba estático y todo el tiempo señalaba: “3:00”.

Me cambié, dejé mis cosas y paso seguido fui a que me vendaran las manos. Mientras la venda cruzar mis dedos y mis manos, pensaba en aquella famosa escena de Kickboxer, cuando Van Damme pelea con Tong Po y se ponen vidrios en los vendajes. Sentía que en los vendajes estaba todo el poder. Siempre he escuchado decir que un mal vendaje puede definir una pelea. No sé si sea cierto. Luego nos pusieron los guantes. Me tocaron unos guantes blancos que estaban rotos y sentí que eso me daba cierto sentido de pertenencia al mundo del boxeo.

Posteriormente, nos formaron en filas e hileras para calentar. Se presentaron como el equipo del gimnasio Himante, parte de la marca 3HM y nos explicaron que el box es un deporte que activa todo tu cuerpo. A diferencia de otros clubes deportivos, en Himante se ocupan de implementar programas sociales. Trabajan, por ejemplo, con jóvenes en estado de rehabilitación y también con personas con síndrome de down.

Entonces nos presentaron a Jorge Campuzano, nuestro entrenador, quien, él mismo, confiesa en una pequeña entrevista personal: “Me inicie ya muy grande en el box a los 16 años. Llegué a pelear profesionalmente, pero me retiré muy rápido. Descubrí que a mí, lo que me gusta, es enseñar box”.

Flota como mariposa, pica como abeja

“La mayoría de mi entrenamiento se centra en boxear, sólo hago un calentamiento muy básico”. Así fue como inició la clase, con un calentamiento básico de tres minutos. Todo el entrenamiento estaba dividido en ciclos de tres minutos, entonces entendí que era para acondicionarte desde el principio a aguantar un round completo.

Cuando terminó el calentamiento, algunos ya estábamos bufando y queríamos que nos devolvieran a nuestra amada silla detrás de nuestro escritorio. Pero había que seguir, un minuto de descanso por tres minutos de ejercicio. Entonces, nos asignaron a un entrenador personal. Ángel era mi Mickey, sólo que como 50 años más joven que el último Mickey que vimos al final de Rocky III.

El primer round nos dedicamos a hacer boxeo de sombra. recto, recto, gancho, recto, avanzar. Posteriormente hicimos la misma combinación varias veces frente a un saco. Yo sólo podía pensar: “Flota como mariposa, pica como abeja”, como decía el gran Ali. A medida que cada round pasaba las combinaciones se iban volviendo más complicadas. En algún punto ya habíamos incluido ganchos y uppercuts. Cuando llegó en el momento en que Ángel me pidió que golpeará con esas combinaciones (recto, recto, gancho, upper, gancho recto o recto, gancho, recto, upper, gancho, recto, recto) y me agachara para esquivar, lo supe entonces. Los tacos se tenían que comer una hora antes del entrenamiento o, definitivamente, después. Afortunadamente no pasó nada grave y pude mantener el orden.

Cada vez, Ángel me pedía golpear con más fuerza, yo estaba bañado en sudor, ya no podía, pero sentía que algo malo estaba siendo expulsado de mí. Toda la angustia, el rencor y el odio que pudo generar una relación de antaño y que terminó, en su momento, por hacerme añicos, un verdadero knockout emocional, estaba deslizándose en cada golpe. Sentía que en lugar violentarme, todo el resentimiento estaba siendo sustituido por un estado de absoluta felicidad.

Una hora y media después, algunos ya habían desistido del entrenamiento. Sólo faltaba un round y era la pera loca. Ángel sólo me dijo “pégale continuamente, no importa que le pegues fuerte”, lo importante es no parar y atinarle. Juro que fueron los tres minutos más largos de mi vida. No bajaba la guardia y el ardor en los hombros se intensificaba cada vez más y más. Por fin, sonó la alarma, me quité los guantes y me quite las vendas.

De regreso a casa tomé el Ecoducto, mientras caminaba, tiraba ganchos al aire como queriendo que mi cuerpo memorizara el movimiento. En el trayecto pensé en lo complicado que es el boxeo y en lo poco que sabía (que sé) a pesar de que me gusta. Es como una especie de ajedrez corporal, la concentración, la posibilidad de adelantarte al movimiento del otro, asestar un knockout como un jaque mate. Me noquearon emocionalmente y un entrenamiento de box me levantó de la lona. Al final la palabra “clínica” tuvo resonancias de que tenían que ver con la curación. No hicimos sparring, nadie me pegó, sé que no soy el gran boxeador, pero algo cambió en mi ánimo con ponerme los guantes sólo una vez. Otra cosa, por lo demás cursi, estaba listo para marcar el teléfono y decirle a la muchacha del cabello rojo, que todo estaba chido, que la quería ver y que, si estaba de acuerdo, me gustaría que se quedara un par de noches más.

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