El 6 de agosto de 1945 fue un día negro para la humanidad y la ciencia.

La ciudad de Hiroshima vivía el inicio de un día como cualquier otro hace 70 años, cuando a las 8:15 de la mañana aproximadamente 100,000 habitantes de la población perecieron al instante, calcinados hasta los huesos, producto del primer ataque de una bomba atómica en contra de una población civil. Muchos más murieron en los días posteriores con terribles quemaduras. Ese día, el mundo pudo darse cuenta del enorme y terrible alcance que puede tener la ciencia y la tecnología cuando se usan para la destrucción.

Hoy la bomba atómica forma parte de la cultura popular, pero en ese momento el arma era toda una novedad debido a que su construcción se había mantenido en secreto. En el desarrollo de la bomba se usaron investigaciones científicas de personajes tan famosos como el mismísimo Albert Einstein, de quien tomaron su teoría de la relación entre masa y la energía.

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La bomba atómica de Hiroshima

Años después, Einstein envió una carta al filosofo japonés Seiei Shinohara, donde le contaba que se sentía responsable del desastre por una carta anterior que envió a Franklin Roosvelt, presidente de Estados Unidos durante la guerra, dónde le advertía del interés de Alemania por construir una bomba atómica.

“Si lo hubiese sabido, no hubiera escrito jamás esa carta. Mi pacifismo es un sentimiento instintivo, un sentimiento que me domina porque el asesinato del hombre me inspira profundo disgusto. Mi inclinación no deriva de una teoría intelectual; se funda en mi profunda aversión por toda especie de crueldad y de odio” escribió el científico.

Detrás del desarrollo de la bomba se encontraba otro científico, el físico teórico Robert Oppenheimer, quien primero se encargó del trabajo de cálculo sobre los neutrones, su enorme capacidad lo llevó a dirigir el Proyecto Manhattan, destinado al desarrollo del arma.

Oppenheimer encabezaba a un enorme grupo de científicos, todos dedicados a buscar la fisión del átomo, la mayoría de ellos eran pacifistas y de izquierda, así como exiliados judíos. Todos fueron convencidos de unirse al proyecto porque el gobierno de Estados Unidos les indicó que tenía informes que indicaban que los Nazis se encontraban cerca de fabricar una arma similar, por lo que buscaban adelantarse a los alemanes.

Hoy sabemos que el nivel de secretismo en el Proyecto Manhattan era enorme, por lo que muchos de los científicos no sabían cuál era el objetivo final del proyecto.

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Einstein y Oppenheimer

En 1942 Oppenheimer logró la primera reacción nuclear en cadena controlada, tres años después dirigió en Nuevo Méxicola exitosa prueba de Trinity, la primer bomba de plutonio. El científico indicó años después que mientras veía la explosión recordó un verso del libro hindú Bhagavad-Guitá:

“Si el esplendor de un millar de soles brillasen al unísono en el cielo, sería como el esplendor de la creación.”

En la parte final de la Segunda Guerra Mundial, comenzó un debate científico importante dentro de los miembros del Proyecto Manhattan en torno a si era necesario usar la bomba después de probar que era factible construirla. Un importante número de hombres de ciencia pensaba que sólo era necesario realizar una prueba pública para atemorizar a los japoneses y alemanes, por el contrario otro grupo –entre los que se encontraba Oppenheimer– en sintonía con los militares, argumentaban que era necesario usarla en la guerra para no dejar ninguna duda.

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Oppenheimer en su cátedra en Princeton

De forma extraña, Oppenheimer y su equipo mandaron una bomba de uranio (nunca antes probada), conocida como Little Boy, a atacar Hiroshima. Años después, cuando se le cuestionó la razón de mandar a Littler Boy y no una bomba de plutonio (como la que habían probado), sólo se limitó a decir: “No había nada que probar, solo teníamos que usarla y ya.”

A pesar de estar orgulloso de su logro científico, poco tiempo después Oppenheimer se arrepintió de lo sucedido cuando visitó al presidente Harry S. Truman, quien le indicó que ni los Nazis, ni los rusos estaban cerca de lograr desarrollar una arma similar. Sintiéndose engañado, sólo logró decir: “tengo las manos manchadas de sangre”.

En el resto de su vida Oppenheimer se ganó la vida como consultor de desarrollo nuclear en Estados Unidos y otros países, además de suplir a Einstein en su cátedra de la Universidad de Princeton.

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